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Estudiantes ochenteros

por 21 diciembre 2011

Estudiantes ochenteros
La gran mayoría de los más importantes dirigentes estudiantiles de la generación de los ochenta se perdieron en la noche de los tiempos. Un conjunto de voluntades decidieron que esa generación se frustrara política y mayoritariamente. Que pereciera aplastada entre la generación que la precedía y la que llegó en aviones a reclamar su lugar en la reconstrucción democrática.

Entre los muy  escasos bienes existenciales que atesoro con verdadero orgullo y genuina nostalgia, está mi pertenencia al movimiento estudiantil de los años ochenta. Una experiencia colectiva que  mirada en retrospectiva tuvo ribetes de rebeldía generacional, compromiso colectivo, generosidad  y coraje impresionantes y aleccionadores. Además de una dosis no menor de locura suicida.

Nunca lo pensé antes ni creo haberlo calculado entonces. Pero ahora que repaso mentalmente esa experiencia, y la contrasto a la luz del notable  y admirable desempeño  del movimiento estudiantil actual, concluyo que  había que estar poseído por una pasión irreflexiva muy intensa, imparable y carente de todo cálculo personal, para haber tenido el atrevimiento de encarar  a una dictadura que no te daba tregua, que te perseguía sin pausa y siempre que podía castigaba brutalmente la  audacia de quienes se atrevían a desafiarla  abiertamente con la cárcel, la tortura y hasta con la muerte.

Teníamos miedo y mucho. Nos sobrecogía todo el tiempo un temor intenso que se acrecentaba  cuando había noticias de que alguien cercano resultaba capturado, y sacábamos cuentas de cuando seria nuestro propio turno de aullar de dolor.  Pero afortunadamente nuestros motivos y razones siempre fueron más poderosas y acuciantes  que la defensa de la integridad de nuestros propios pellejos.  Como me dijo una vez Sandra, una militante comunista estudiante de pedagogía de escasos 20 años,  que se caracterizaba por su valentía y arrojo: “Aquí somos yo o la dictadura y no hay  espacio para ambos en mi país”. Así es que no me queda más remedio que  hacer lo que mi conciencia me dicta y correr todos los riesgos que sean necesarios.

En verdad, nunca pusimos verdaderamente en jaque a la dictadura,  aunque en nuestro entusiasmo quisimos creer que podríamos hacerlo. Debíamos haber sabido  que los estudiantes organizados por si solos nunca derrocan dictaduras. Hoy habría también que recordar que tampoco pueden lograr por si mismos transformar el orden social imperante, y eso es algo que saben perfectamente los defensores del stato quo.

La CNI no nos perdía  pisadas y nos presionaba con celo.  Más de alguna vez supimos de algún activista estudiantil que hablaba, se vestía y actuaba como nosotros, y hasta pasaba nuestras pellejerías cotidianas de estudiantes venidos de otras regiones, pero que en realidad resultó ser un oficial de las FF.AA. en comisión de servicio,  cuyo trabajo consistía en actuar para nosotros y espiarnos. De modo que todo aquel que decidía meterse en este entuerto sabía de antemano a lo que se exponía y por eso, nunca fue más verdadero eso de que la política  es sin llorar. Aunque recuerdo que lloramos muchas veces, solos o acompañados y por muy diferentes razones.

En la Universidad Católica de Valparaíso (UCV), donde transcurre mi  pequeña historia personal, y aunque pueda sonar increíble,  ya a fines de los años 70 empezamos a organizarnos bajo total sigilo. En 1981 hicimos  nuestra primera aparición pública en el frontis de la Universidad, y en 1982 nuestra primera protesta propiamente tal, la que se trató  de eso que llamábamos “cuchareos” en el casino,  en que golpeábamos nuestras bandejas  en protesta por la mala calidad de los almuerzos. Por supuesto,  aquello no era más que el  pretexto con que nos proponíamos  comenzar a escalar nuestra rebeldía  anti  dictatorial hasta cotas más altas, masivas y ofensivas. Puesto  que hay que reconocer, para ser objetivos,  que el almuerzo que se nos daba no era en verdad tan malo como pretendíamos,  pero si poco abundante. Más todavía si debíamos compartirlo entre dos o hasta tres comensales, pues muchos de nosotros  éramos eso que un viejo profesor llamaba “pobres de solemnidad” y no era raro que comiéramos solo de  de lunes a viernes, gracias al mismo casino en que escenificamos nuestras primeros aprontes subversivos.

No pasó mucho tiempo para que pasáramos de los inocentes cuchareos a las marchas multitudinarias, a los violentos enfrentamientos con carabineros,   a las  piedras y hasta a las tomas de recintos universitarios. El 23 de octubre de 1983, en medio de los peores  años de plomo, tuvimos la infinita audacia de organizar las primeras elecciones democráticas de una federación estudiantil universitaria bajo dictadura. Todas las fuerzas políticas con presencia en el movimiento nos pusimos de acuerdo para que nuestro abanderado fuera Manuel Tobar, un estudiante de derecho de militancia en la JDC. Detrás de Manuel estuvimos todos: comunistas, socialistas y hasta miristas y obtuvimos una victoria resonante frente a la lista que levantó la derecha pinochetista, la que se vio obligada a competir.

El ejemplo de la FEUC-V cundió a lo largo de todo Chile, de modo que en corto tiempo, y siempre sobre la base de la convergencia opositora más amplia, otras federaciones estudiantiles realizaron también elecciones democráticas. Así llegamos a 1984 en que se realizó en Viña del Mar, teniendo a la FEUC-V como ente organizador y anfitrión, el Congreso Fundacional de la CONFECH, al que concurrieron 12 federaciones y un total de casi 400 delegados. El evento  tuvo lugar en el Campus Sausalito de Viña del Mar, y transcurrió por dos días con sus noches rodeado de un impresionante contingente de carabineros y personal de la CNI. Estos últimos, entre los que debió estar Carlos Herrera Jiménez, asesino de Tucapel  Jiménez y del carpintero Alegría, y  a la sazón jefe de la CNI  en Viña del Mar, trataban de atemorizarnos exhibiéndonos sus armas, sus amenazadores anteojos oscuros y sus infaltables y renegridos bigotes.

Como queda dicho, pese a nuestras diferencias, las distintas expresiones políticas del movimiento estudiantil tendían a actuar unitariamente. Por aquellos tiempos, todos comprendíamos la necesidad imperiosa de subordinar las diferencias políticas al propósito común, y quienes se tentaban con las tesis del camino propio, por lo general eran castigados electoralmente. Y hasta aislados. De modo que aunque pocos  quieran recordarlo, fue en el seno del movimiento estudiantil donde en verdad se fraguó y experimentó la unidad amplia opositora que terminó por derrotar a la dictadura.

Aunque por razones tácticas agitábamos reivindicaciones de carácter gremial, nuestro movimiento fue de principio a fin una experiencia estrictamente política,   y  nunca tratamos siquiera de ocultarlo. Pedíamos el fin de los rectores militares delegados, democracia, libertad y autonomía para las universidades, y como era obvio, teníamos todos muy claro que nada de aquello sería posible en dictadura. Del mismo modo en que el movimiento estudiantil de hoy no se hace ilusiones de que sus demandas puedan hacerse efectivas bajo el imperio del actual estado de cosas, tanto en materia política-institucional como en relación al actual modelo económico.

Tomamos prestadas conceptos y frases del Manifiesto de Córdova -Argentina-  de 1918,  del Mayo Francés y del propio movimiento reformista  chileno de fines de los sesenta, pero en verdad no estábamos muy interesados en teorizar sobre lo que hacíamos y pretendíamos. Solo queríamos actuar y eso lo hacíamos con una fe ciega  y una voluntad inquebrantable.

El movimiento estudiantil de esos años alcanzó notoriedad pública, tal y cual como ocurre hoy con la CONFECH recargada.  Los noticiarios y los medios de comunicación en general se ocuparon bastante de nosotros, de un modo tal que las elecciones universitarias, que eran una excepción absoluta a la regla de un país donde todo se imponía por la fuerza,  llegaron a ser noticia nacional. Llegamos a movilizar a decenas de miles de jóvenes y  a  subvertir el orden público de manera sistemática y escandalosa. En los ochenta, al igual que hoy, los estudiantes movilizados fuimos tratados como un problema  de orden público, un colectivo al que había que disciplinar a punta de represión para impedir que su ejemplo cundiera entre otros estamentos de la sociedad chilena. Por lo mismo, es seguro que la dictadura nunca consideró al movimiento estudiantil como una auténtica amenaza, como una fuerza provista de genuino  potencial desestabilizador. Y en eso, la dictadura  no andaba descaminada.

En verdad, nunca pusimos verdaderamente en jaque a la dictadura,  aunque en nuestro entusiasmo quisimos creer que podríamos hacerlo. Debíamos haber sabido  que los estudiantes organizados por si solos nunca derrocan dictaduras. Hoy habría también que recordar que tampoco  pueden lograr por si mismos transformar el orden social imperante, y eso es algo que saben perfectamente los defensores del stato quo. Por eso es que juegan la carta del  desgaste de una movilización que necesariamente tendrá que tener un término, puesto que al final solo se sostiene en el sacrificio personal y familiar de los propios estudiantes.

Para derrocar dictaduras y reformar sociedades hace falta el concurso de un conjunto de fuerzas políticas y sociales mucho más amplia.   Esa fue  una lección bien aprendida

El movimiento estudiantil en todo tiempo y lugar posee una debilidad intrínseca e insuperable, representada por el carácter estrictamente temporal y transitorio de la condición misma de estudiante, la cual comienza y se agota inexorablemente en un cierto plazo.  Fue lo que nos ocurrió a los ochenteros y les seguirá pasando a todos quienes tomen esas banderas. Pienso que  nosotros  reflexionamos muy poco sobre esta obviedad, y algo semejante ocurre con las nuevas generaciones, las que se resisten a verse a sí mismas jugando roles distintos a la  de líderes estudiantiles, por ejemplo, en el campo de la política pura y dura.

En todos esos años de hierro, juro que nunca jamás oí mencionar a algún dirigente nada sobre lo que se proponía hacer para cuando volviera la democracia. Nunca supe de alguien que se propusiera ser ministro, parlamentario, seremi de   cualquier cosa o siquiera concejal. No había  espacio ninguno para los proyectos o aspiraciones personales, sobre la base de una especie de sub texto que mandaba que  nuestra lucha se coronaba con el fin del régimen militar. Lo que vendría después lo imaginábamos de manera difusa, y casi tendíamos a creer que ya no sería nuestro problema, sino el de otros, quizás de nuestros dirigentes políticos. Craso error.

Luego reconquistamos la democracia y empezó una transición marcada por el miedo y por el cálculo. La democracia reconquistada devoró a sus hijos y los sacó de escena, por necesidad de la propia lógica que llegó a imperar y que formó parte de un diseño en el cual el movimiento social salía sobrando. Y el movimiento estudiantil paso al olvido, hasta ahora.

De este período habría  mucho paño que contar. Muchos de nosotros juramos que lo dimos todo en la lucha anti dictatorial, pero no sería  en verdad para tanto, o no al menos como quisiéramos imaginarlo. Algunos logramos terminar la Universidad y nos reciclamos profesional y políticamente, y eso no fue poca cosa. En contraste, fueron muchos más los que quedaron en el camino y nunca llegaron a graduarse.  Eso sin contar los que en medio del proceso se radicalizaron y  decidieron “partir a la montaña”, perdiendo no solo sus estudios, sino además la vida.

La gran mayoría de los más importantes dirigentes estudiantiles de la  generación de los ochenta se  perdieron en la noche de los tiempos. Un conjunto de voluntades decidieron que esa generación se frustrara política y mayoritariamente. Que  pereciera aplastada entre la generación que la precedía y la que llegó en aviones a reclamar su lugar en la reconstrucción democrática.

Da para pensar toda esta historia mal contada. ¿No es cierto,  muchachas  y muchachos de la CONFECH?

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