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¿Cuánto vale un ser humano?

por 28 diciembre 2011

Quienes hoy trafican con seres humanos –aunque sea en su etapa de embrión– serán tenidos mañana al mismo nivel que los mercaderes de esclavos de hace dos siglos. Mejor sería, en cualquier caso, no repetir errores del pasado.

Hace poco más de doscientos años en Chile se podía comprar un ser humano. Dentro de poco se podrá de nuevo. No hay que asombrarse, aunque los tiempos cambien aún no hay nada nuevo bajo el sol. No es que vaya a regresar a la esclavitud que existió legalmente en nuestro país y que todavía existe en otros lugares de manera más o menos oculta, sino que viene algo que lleva la degradación de la persona a niveles todavía más bajos.

Se trata de comprar un ser humano hecho por encargo. Es algo que ya se puede hacer algunos países. Se pueden comprar los espermios en un banco (eligiendo el productor según las características deseadas), lo mismo un óvulo. Por una módica suma, un técnico los junta en un laboratorio y para no tener que pasar por el incómodo proceso del embarazo se puede arrendar un útero surrogante. ¿Cuánto cuesta todo eso? No lo sé. ¿A quién pertenece el nuevo ser humano? ¿Bajo qué título? Es complejo, pero las partes de las que se hace la nueva persona –y el proceso para producirla– son del que paga por ellos. ¿Se puede comprar un ser humano? Después de doscientos años, parece que sí.

No digo esto por exagerar, sino porque una universidad acaba de anunciar que ha formado un centro para implementar este tipo de procesos en Chile. Claro, no llegaremos a los extremos que nos mostró Huxley en el Mundo feliz, al menos no por ahora. Pero aun así es interesante comprender cuáles son los principios y visión del hombre que fundamentan este tipo de iniciativas.

Principios no son lo mismo que justificaciones: siempre hay justificaciones para todo. La visión de fondo y sus implicancias son algo distinto. En los lugares dónde se manipulan embriones humanos siempre se apela al dolor de quienes no pueden tener hijos, a la salud humana, a la ciencia. Cosas muy válidas, pero que son intenciones y no fundamentos. Y las intenciones no son un cheque en blanco, no si se entiende que el fin no justifica cualquier medio y que el ser humano no puede ser tomado como un objeto o bien de consumo. Este error ya se ha cometido en la historia de Occidente y con razón nos avergonzamos de ello.

Es que el ser humano es algo muy especial. Nadie tiene derecho a un ser humano, ni siquiera quienes quisieran un hijo y no pueden tenerlo. Porque el ser humano es sujeto (de derechos), no objeto para ser derecho de otros. El ser humano es, como decía un filósofo que vivió en carne propia los horrores del siglo XX, un don.

Aunque no sea evidente, el daño más grave en esto es para quien trata a otros seres humanos como objetos. Decía Frederick Douglass en su Narrativa de un esclavo americano que la esclavitud degrada más al negrero que al esclavo; aquel se hace más inhumano que su humana mercancía. Quienes hoy trafican con seres humanos –aunque sea en su etapa de embrión– serán tenidos mañana al mismo nivel que los mercaderes de esclavos de hace dos siglos. Mejor sería, en cualquier caso, no repetir errores del pasado.

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