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Los buenos de siempre

por 28 diciembre 2011

Las redes sociales han hecho costumbre discutir las cosas sobre la base de consignas y simplificarlas al punto de que diferencias evidentes parecen detalles irrelevantes. Maniatar a un hombre y ponerlo de boca en el suelo es una violación a los derechos humanos: si el que lo hizo es un ladrón que quiere desvalijar una casa o un hombre que se defiende de haber encontrado a un extraño en la suya, es algo secundario.

La semana pasada el Partido Comunista envió condolencias a Corea del Norte por la muerte de Kim Jong Il, el mismo que mandó a matar a un ex jefe de finanzas del Partido Trabajador porque su política monetaria le pareció equivocada y cuya biografía cuenta que no defecaba (asumo que para minimizar la huella de carbono). Unos días antes, la Fundación Jaime Guzmán hizo algo equivalente a lo del partido Comunista al rendirle homenaje a Jaime Guzmán, el ‘ideólogo de la Dictadura’ según título honorífico concedido por la izquierda.

Y justo en medio, los buenos de siempre condenan una cosa y la otra desde una superioridad moral que merece todo mi respeto, porque esa capacidad de dejar caer juicios morales sobre todo lo que pasa por delante menos sobre sí mismo, es una habilidad que envidio.

Y es que las redes sociales han hecho costumbre discutir las cosas sobre la base de consignas y simplificarlas al punto de que diferencias evidentes parecen detalles irrelevantes. Maniatar a un hombre y ponerlo de boca en el suelo es una violación a los derechos humanos: si el que lo hizo es un ladrón que quiere desvalijar una casa o un hombre que se defiende de haber encontrado a un extraño en la suya, es algo secundario. Lo que importa es la materialidad de la acción y hacer otro tipo de consideraciones es -de acuerdo al estrito criterio moral de estos individuos- una manifestación imperdonable de relativismo moral.

Las redes sociales han hecho costumbre discutir las cosas sobre la base de consignas y simplificarlas al punto de que diferencias evidentes parecen detalles irrelevantes. Maniatar a un hombre y ponerlo de boca en el suelo es una violación a los derechos humanos: si el que lo hizo es un ladrón que quiere desvalijar una casa o un hombre que se defiende de haber encontrado a un extraño en la suya, es algo secundario.

Por eso, el Dictador que entregó el poder y en cuyo Gobierno se redactó una constitución democrática (más o menos perfecta, pero democrática), no se distingue para nada del Camarada que no tuvo opositores políticos porque todos ellos murieron.

Y no hay que asombrarse, porque ya es moda hacer condenas universales sin mayores precisiones. Condenas que se hacen en el teclado y a distancia, sobre cuestiones que ninguna incidencia práctica tienen sobre la propia vida, pero que sirven para ofrecer garantías absolutas sobre la probidad del que las hace. Es el patrón de conducta de los buenos de siempre, esos que se llaman defensores de los derechos humanos para distinguirse de personas como yo.

Lo paradójico es que cuando se trata del binominal o del mecanismo de reemplazo de los senadores, no hay uno sólo de estos puritanos -custodios del derecho de las personas- que condene a los que pasan a llevar la institucionalidad, el orden y la moral. En esos momentos, la relevancia de la acción pasa a ser secundaria y lo que de hecho ocurrió importa poco en comparación con el fin que supuestamente lo justifica.

Los buenos de siempre piensan en la acción humana como si ella fuera una foto. Las circunstancias que la rodean, el fin que tiene, la intención que movió al agente, son complejidades que no caben en 140 caracteres, y por eso su discurso público se reduce siempre a una toma de  posición más visceral que racional y sobre todo, ultra sentimental.

Los buenos de siempre son los que piensan en el Gobierno de Pinochet como un gran efecto sin causa; los que no tienen reparo en negarle a algunos el derecho a defensa y los que dictan sentencia contra otros mucho antes de que hayan sido sometidos a juicio.

Y no relativizo… más bien cuestiono a los absolutistas de lo relativo; a esos que pasan por alto cualquier matiz a la hora de evaluar las cosas; a los que tienen siempre la razón; a los que dicen ‘nunca más’ con los ojos en blanco mientras piden perdón por cosas que hicieron otros; esos mismos que no dudan en tachar de tonto o de malo al que no piensa como ellos.

En algún momento los buenos de siempre fueron mayoritariamente democratacristianos, pero claramente el mal es contagioso porque hoy se los puede encontrar en el Partido Socialista, en el PPD, en RN y la UDI, entre los pseudoliberales y quién sabe si con un poco de esfuerzo no se da con uno de ellos también en el Partido Comunista. Como sea, es un grupo que no quiero integrar.

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