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CEP: el invierno interminable del Gobierno

por 30 diciembre 2011

CEP: el invierno interminable del Gobierno
La idea de consolidar el voto duro ha fracasado como estrategia. La razón es sencilla: durante el 2011 Chile se ha ido alejando progresivamente de los ejes que identifican a la derecha más pura. Ante la pregunta “¿con cuál posición política más se identifica usted?” la respuesta arrojó un 14%, el índice más bajo de este sector a lo largo de 21 años de democracia. Quienes creyeron que endureciendo el discurso recuperaban la base histórica de apoyo no leyeron esta transformación estructural del panorama político chileno.

Los analistas políticos tienen una teoría: cuando comienza la primavera el ánimo de la ciudadanía cambia para mejor y con ello mejoran las cifras de aprobación a los gobiernos. El caso chileno, según la encuesta CEP conocida ayer, desmiente la tesis. En un verdadero jueves negro para La Moneda, la administración de Sebastián Piñera tocó fondo y exhibió una paupérrima adhesión de 23%, puntos menos de lo que había obtenido en la misma medición de mediados de año.

Según Adimark el gobierno había logrado quebrar la tendencia a la baja –que registró agosto de 2011 como el peor mes- estabilizándose al alza en torno a los 35 puntos de aprobación. La CEP contradice esa versión, generando un desacuerdo evidente que debe tener a los asesores de Palacio buscando desesperadamente una explicación. Cuando los ánimos internos parecían recomponerse, la CEP de noviembre/diciembre es un balde de vidrio molido sobre las expectativas del oficialismo.

Salta a la vista el rechazo a todo tipo de institución que encarne algún tipo de autoridad, verticalidad, jerarquía o tradicionalismo. Cae la confianza en las FF.AA. y Carabineros. Caen los diarios, la televisión y los medios de comunicación. Sigue la caída libre de la Iglesia Católica y ahora también la Evangélica. Caen la municipalidades y obviamente el gobierno central. Caen los Tribunales y el Ministerio Público. Caen incluso los sindicatos. Caen, por supuesto, el Congreso, los Partidos Políticos y la Empresa Privada. Esto no puede ser casualidad.

Ofrezco dos interpretaciones.

Primero, la idea de consolidar el voto duro ha fracasado como estrategia. La razón es sencilla: durante el 2011 Chile se ha ido alejando progresivamente de los ejes que identifican a la derecha más pura. Ante la pregunta “¿con cuál posición política más se identifica usted?” la respuesta arrojó un 14%, el índice más bajo de este sector a lo largo de 21 años de democracia. Quienes creyeron que endureciendo el discurso recuperaban la base histórica de apoyo no leyeron esta transformación estructural del panorama político chileno. Es probable incluso que el homenaje a Krassnoff (realizado en el corazón del trabajo de campo de la CEP) haya salpicado a una administración que ha hecho poco para distanciarse de sus símbolos del pasado y ha sido negligente en la configuración de una derecha moderna capaz de capturar el centro. Los avances evidentes (postnatal extendido, eliminación 7% jubilados, salario familiar) todavía no han sido capitalizados.

Segundo, que salta a la vista el rechazo a todo tipo de institución que encarne algún tipo de autoridad, verticalidad, jerarquía o tradicionalismo. Cae la confianza en las FF.AA. y Carabineros. Caen los diarios, la televisión y los medios de comunicación. Sigue la caída libre de la Iglesia Católica y ahora también la Evangélica. Caen la municipalidades y obviamente el gobierno central. Caen los Tribunales y el Ministerio Público. Caen incluso los sindicatos. Caen, por supuesto, el Congreso, los Partidos Políticos y la Empresa Privada. Esto no puede ser casualidad. Todas estas instituciones encarnan algún tipo de poder –militar, moral, político, burocrático, social, económico- contra el cual hay motivos para justificar un sentimiento de rebelión. Piñera es la víctima más visible, pero este fenómeno es mucho más complejo y expresa la vigorosidad de un país distinto que crece incómodo al amparo de reglas del juego gravemente deslegitimadas.

En cierto sentido, las dos interpretaciones están relacionadas. Es precisamente la derecha la que auspicia el fortalecimiento de instituciones que históricamente en Chile han reflejado distribuciones muy asimétricas del poder disponible. Su sostén cultural se confunde con el mismo grupo que abusa de sus posiciones de privilegio y se resiste a emparejar la cancha. Por eso se hacen tan atractivos los liderazgos que amenazan el statu quo y parecen correr por fuera de las estructuras tradicionales.

Esta es también la razón por la cual el libreto del gobierno de Piñera debe sufrir alteraciones significativas. Las reformas políticas y tributarias pendientes son una oportunidad, pero también un laberinto. Si Piñera descansa en la centroizquierda para profundizar la democracia y la equidad encontrará fuertes resistencias en la derecha conservadora que hegemoniza su sector. ¿Podrá enfrentarlos con éxito, sabiendo que tampoco recibirá cariño alguno desde la oposición?

El escenario de crisis económica internacional, vaya paradoja, podría servir de respiro. La popularidad de Bachelet es testimonio de que los chilenos premian a los gobiernos que protegen a los grupos más vulnerables frente a las convulsiones del mercado. Por lo mismo el Presidente ha moderado las expectativas respecto del futuro: sabe que los adversarios externos contribuyen a la unidad interna. En cualquier caso, este se está transformando para Piñera y sus colaboradores en un invierno implacable que se resiste a terminar.

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