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Václav Havel

por 30 diciembre 2011

Por su experiencia en regímenes totalitarios que solo creían en el “cambio de las estructuras” y por su conocimiento de las llamadas democracias liberales que solo ven en el “bienestar material” la realización de lo justo, es que Havel estaba convencido que cualquier renovación política de verdad y duradera, comenzaba primero por una renovación moral y personal.

Por su experiencia en regímenes totalitarios que solo creían en el “cambio de las estructuras” y por su conocimiento de las llamadas democracias liberales que solo ven en el “bienestar material” la realización de lo justo, es que Havel estaba convencido que cualquier renovación política de verdad y duradera, comenzaba primero por una renovación moral y personal.

Como se puede constatar en innumerables oportunidades, los mejores políticos tienden ser aquellos que se “encontraron” con el poder, más que los buscadores profesionales del mismo.

En esa línea, el recientemente fallecido Václav Havel, debe ser uno de los pocos casos de un intelectual y artista que llega a la cima del poder político en la historia reciente.

Varias veces encarcelado por el régimen comunista de su país, en el año 1989 lo encontramos preso una vez más. Sin embargo,  en pocos meses y encabezando la llamada “Revolución de Terciopelo” este presidiario llegó a convertirse en el primer presidente postcomunista de Checoslovaquia.

Son pocos los políticos actuales que pueden decir que derrocaron a un régimen dictatorial con medios pacíficos, que gobernaron sus países en democracia por más de 10 años y que terminaron su ejercicio del poder convertidos en referentes de la acción política a nivel internacional.

Revisando su extraordinaria vida pública, es que podemos sacar de ella varias lecciones. La primera y más importante, es que cuando hablamos de política, necesariamente hablamos de valores, de principios y no simplemente de administrar el poder eficazmente.

“… creo que sería una buena cosa que los políticos estuvieran más comprometidos emocionalmente, no solo con su propia suerte en política sino con el destino del mundo”.

También y a pesar de la muchas veces deprimente realidad del ejercicio del poder y la cosa pública, Havel nos recuerda que resulta más necesario que nunca mantener el empeño y la ilusión por hacer en política, simplemente lo correcto.

“No tiene razón el que afirma que soy un soñador que quiere transformar el infierno en paraíso. Poca gente tiene tan pocas ilusiones como yo. Sólo siento la obligación de comprometerme con las cosas que considero buenas y justas. Si de vez en cuando logro realmente cambiar algo, mejorarlo, o si no logro cambiar absolutamente nada, eso, naturalmente, no lo sé. Admito ambas posibilidades. Hay una sola cosa que no admito: que por principio no tenga ningún sentido intentar conseguir cosas buenas”.

A raíz de estas convicciones y por su experiencia en regímenes totalitarios que solo creían en el “cambio de las estructuras” y por su conocimiento de las llamadas democracias liberales que solo ven en el “bienestar material” la realización de lo justo, es que Havel estaba convencido que cualquier renovación política de verdad y duradera, comenzaba primero por una renovación moral y personal, criticando duramente aquellos “países llenos de consignas, pero sin ninguna creencia”.

Después de su experiencia de más de 10 años como Presidente, primero de Checoslovaquia y después de la República Checa, es que podía afirmar, con la autoridad de quien no solo piensa, estudia o medita la política, sino que la aplica día a día que  “… la tarea principal de la generación de políticos contemporáneos no está en gustar a la opinión pública, por sus decisiones o sonrisas televisadas, con vistas a una posible victoria electoral para mantenerse en el centro del poder, hasta el final de sus días; sino que esa tarea es algo fundamentalmente distinto: se trataría de adoptar la corresponsabilidad por las largas perspectivas del mundo en que vivimos, así como tratar de ser un ejemplo de corresponsabilidad para todos los que nos observan permanentemente”.

“Los políticos tienen la obligación de atreverse a pensar con audacia, no temer la adversidad de la mayoría, y, espiritualizar sus actos ….  Deben explicar, una y otra vez a la opinión pública y a los colegas, que la política, en nuestros tiempos, es algo distinto y algo más que un mero reflejo de intereses de grupo, algo más que una respuesta a los deseos de uno u otro lobby. La política es, a todas luces, el servicio a la comunidad; es la moral puesta en práctica”.

Quien lo escucha podría afirmar que estamos en presencia de un ingenuo, de alguien que no es capaz de percibir lo profundo e intrincado de las redes de poder que rigen muchas veces la cosa pública de los países. Sin embargo, son pocos los políticos actuales que pueden decir que derrocaron a un régimen dictatorial con medios pacíficos, que gobernaron sus países en democracia por más de 10 años y que terminaron su ejercicio del poder convertidos en referentes de la acción política a nivel internacional.

Por eso, es que sus palabras tienen el valor de ser el testimonio de alguien que ya realizó todo el camino del poder y que se encuentra de regreso, y que durante ese largo trayecto, ha vuelto a descubrir que las primeras verdades de la política eran en realidad las definitivas.

“No pienso que el político que emprenda ese camino arriesgado, no tenga la esperanza de sobrevivir políticamente. Es un error que parte de la premisa de que el ciudadano es tonto y que la condición del éxito político consiste en acomodarse a su tontería. No es así. En cada persona dormita esa conciencia, yace algo divino. Y por ello hay que apostar”.

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