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La propuesta económica del libro del Presidente Lagos

por 4 enero, 2012

Escapa a su análisis que el curso que ha seguido la economía chilena está muy asociada a las decisiones de inversión altamente concentradas y que la política pública dentro de cuyos marcos operan está fuertemente influida por los actores empresariales que tienen libre acceso a las autoridades mediante el financiamiento de la política y los múltiples medios informales de influencia.
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El diagnóstico de la economía chilena que se hace en el libro “El Chile que se viene. Ideas miradas, perspectivas y sueños para el 2030” editado por el ex Presidente Ricardo Lagos y el economista Oscar Landerretche, es ampliamente positivo y de lo que se trata es simplemente de complementar lo obrado, poniendo énfasis en el desarrollo del capital humano. En el mismo sentido, señala el coeditor que “la economía, con todo y sus vaivenes, se encuentra bastante sana, culminando un período prolongado de expansión y progreso. (p. 365) No radican, según Landerretche, nuestros problemas en la economía, sino en nuestro “bajo desarrollo político y social” (p. 365) Más aún, el principal problema que enfrentamos “es que el paso hacia una nueva fase parece no poder tolerar un nuevo desbalance, opuesto al anterior”.

No hay ni asomo a una revisión crítica de lo que se ha realizado. No existe una relación entre los problemas sociales que enfrenta el país y la “excelente salud” económica que presuntamente disfrutamos. No parece ser necesario, según Landerretche, cuestionarse la forma en que se cedieron las pertenencias mineras de Codelco al capital extranjero que ha remesado utilidades equivalentes a rentabilidades en torno al 80% de sus patrimonios en los últimos años. No cabe preguntarse respecto de los problemas que presentó la modalidad específica de concesiones de Obras Públicas, más allá de su importante contribución al desarrollo de la infraestructura. El Transantiago, cabe señalar ¿no debería poner un signo de interrogación al respecto? No cabría preguntarse respecto de las causas de que no se haya avanzado en dirección a un modelo exportador que agregue más valor, que incorpore más conocimiento y donde hoy el cobre representa un 60% de las exportaciones y en torno al 20% del PIB. No cabe preguntarse sobre la relación entre el modelo económico y la fuerte reprimarización de la economía. No es acaso necesario preguntarse por la relación que existe entre el modelo económico y la desigualdad. Nada de esto aparece en la reflexión respecto del Chile que viene en el 2030.

Escapa a su análisis que el curso que ha seguido la economía chilena está muy asociada a las decisiones de inversión altamente concentradas y que la política pública dentro de cuyos marcos operan está fuertemente influida por los actores empresariales que tienen libre acceso a las autoridades mediante el financiamiento de la política y los múltiples medios informales de influencia.

Para representar el problema que a su juicio enfrenta el país, Landerretche recurre “a una construcción teórica clásica de la economía del desarrollo conocida como la curva de Kutznets (1955) (constatación estadística que establece que el proceso de desarrollo tendría la forma de una U invertida). Los países de menor nivel de ingreso tendían a ser países relativamente equitativos en su distribución del ingreso, a medida que subían de nivel de ingreso estos irían empeorando en equidad, para luego retornar a niveles de distribución del ingreso equitativos cuando llegaban a ser países ricos” (p. 366). Esto se debería a que “mientras las fases tempranas del proceso de desarrollo se debían a la acumulación de capital y la inversión en activos fijos, en la segunda fase se debían principalmente a la acumulación de capital humano, talento y competencias”.

El problema básico de la curva invertida de Kuznets es que es una “constatación estadística” cuyo fundamento original son datos limitados de un pequeño grupo de países. La incorporación de otros países, en particular los asiáticos y algunos países de AL, deja en evidencia que la hipótesis básica no se sostiene. Asociado a la curva invertida de Kuznets, Landerretche propone otro concepto para dar cuenta de la situación en que se encuentra el país: “la trampa de los ingresos medios”. Eichengreen, Park y Shin (2011) autores del estudio de referencia muestran según Landerretche, cómo países que se acercan a los $ 17.000 per cápita de ingreso suelen sufrir una severa desaceleración en sus tasas de crecimiento promedio del orden del 2%” (p. 367). No deja de llamar la atención que el propio Eichengreen, en un comentario posterior señalara que no existe una ley de hierro de dicha desaceleración.

¿Pero entonces, cuál es el hilo de la argumentación y en qué dirección apunta?

Basado en la curva invertida de Kuznets, Landerretche busca sostener que los límites que encontró la política de la Concertación correspondían simplemente a una fase ineludible y propia del camino al desarrollo. El que Chile continúe siendo un solar de la desigualdad correspondía a un derrotero inevitable. No corresponde por tanto una reflexión autocrítica de por qué tras 22 años de democracia Chile sigue siendo un país tan desigual. Al mismo tiempo, el camino económico seguido, caracterizado por “la inversión en capital con el objeto de explotar recursos naturales” (p. 369) fue básicamente correcto. Más aún, la crítica respecto de que la Concertación blindó la decisión política frente al movimiento social e incluso buscó (o al menos no fomentó) la organización y la movilización social no debe ser objeto de autocrítica pues en ese momento del desarrollo “el valor político central es el orden” (p. 369).

Desde su punto de vista, la segunda fase del desarrollo, en que se incrementa la desigualdad (países que el autor denomina “commoditistas”… requieren algún tipo de sistema político autoritario o semiautoritario… un modelo de democracia restringida… como habría sido el modelo político chileno de la transición a la democracia (p. 370).

¿Cómo continúa el análisis?

Repentinamente, en la tercera fase de desarrollo que sería en la cual se encontraría el país según Landerretche, nos encontramos con “niveles de ingresos medios y elevados niveles de desigualdad… se empieza a agotar el mecanismo de crecimiento de la productividad al que estaban acostumbrados… la sociedad empieza a percibir que necesita transitar hacia una fase en la cual se requiere desarrollar otros sectores productivos y talentos” (p. 370).

En el mundo neoclásico de Landerretche no existen actores que operando bajo ciertas condiciones y estructurando mayorías políticas determinan el curso de la historia de los países. El decurso histórico sigue por el contrario, un sendero inmodificable que, parafraseando al Marx del Capital, tiene lugar a espaldas de los actores políticos y sociales. En este punto, Landerretche confluye con las perspectivas tecnocráticas y las visiones que consideran que la historia marcha sobre la base no de la lucha democrática sino sobre la base de los grandes acuerdos. Mientras las élites tecnocráticas definen lo que viene y lo que corresponde hacer, la política de los consensos le asegura sustento político.

En este contexto, conceptual, se explica lo inocua de la propuesta de Landerretche desde el punto de vista de las transformaciones que requiere el país. El problema principal que enfrentamos es encontrar un diseño institucional que fomente la aparición de nuevos sectores económicos (p.372).

Poco dice respecto de los eventuales déficits de una política económica que no tiene como referente un proyecto país ni una estrategia de desarrollo. No es extraño en este contexto, que Landerretche considere falaz el debate entre Estado y Mercado y que en su análisis no jueguen un rol relevante ni el concepto de grupo económico ni los mecanismos que inciden en la política pública. De esa forma escapa a su análisis que el curso que ha seguido la economía chilena está muy asociada a las decisiones de inversión altamente concentradas y que la política pública dentro de cuyos marcos operan está fuertemente influida por los actores empresariales que tienen libre acceso a las autoridades mediante el financiamiento de la política y los múltiples medios informales de influencia. Para el autor los problema son el déficit de recursos humanos, el analfabetismo funcional (¿tiene algo que ver el predominio del lucro en el sistema educacional; o la baja carga tributaria que reduce la capacidad de financiamiento del Estado); generar empleos de calidad (hay poca reflexión sobre los condicionamientos del actual estilo de crecimiento sobre la calidad del empleo y nada dice sobre la importancia para el desarrollo del surgimiento de un nuevo movimiento sindical y una expansión geométrica de la negociación colectiva). Son valiosas las reflexiones del ex – Presidente respecto de la necesidad de “que la política económica coloque en el centro de sus preocupaciones la construcción de (ese) capital social” (p. 36). También lo son las de Hojman en relación con la necesidad de contar con una política industrial activa. No obstante, un modelo basado en el capital humano y una política industrial agresiva requiere poner en el centro de la reflexión temas tan diversos como el subsidio implícito de que gozan las actividades intensivas en el uso de recursos naturales, el uso prácticamente gratuito de los recursos naturales en el sector minero, en el sector energético, en las telecomunicaciones, en la piscicultura y la pesca para sólo nombrar algunos. Implica una reflexión seria respecto de lo que queremos de las universidades, no sólo como centros de docencia superior sino como lugares privilegiados de investigación científica y tecnológica. Implica preguntarse respecto a cómo es posible que un país con la vocación minera que tiene carezca de un número suficiente de geólogos para abastecer la actividad en ese sector. Implica también, como ha mostrado la experiencia brasileña y de varios países asiáticos, preguntarse respecto del rol activo que el Estado e incluso las empresas públicas deben jugar en este esfuerzo.

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