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Dictadura con periodo semi fascista

por 11 enero, 2012

Dictadura con periodo semi fascista
Es más preciso llamarla dictadura a secas y recordar que tuvo un período semi fascista entre 1974 a 1980. Es la época del exterminio del adversario, del terrorismo de Estado incluso fuera de las fronteras de Chile, de la tentación de partido único en las secretarías de la juventud de Coloma, Chadwick, Longueira, de los gremios con Novoa, el copamiento de los municipios y Universidades por los gremialistas de Jaime Guzmán. Todo bajo la estética totalitaria de las marchas con antorchas como en Chacarrillas y una abierta crítica a la democracia moderna.
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El insulto a la verdad de calificar con neutralidad la dictadura como un mero “régimen” que perpetra el Ministerio de Educación piñerista, nos obliga a precisar que fue una dictadura a secas. No sólo de militares, también de civiles de extrema derecha política, ultraconservadora, corporativista y neoliberal en lo económico. De hecho, hubo militares disidentes de sus prácticas políticas y económicas. Por tanto, es más preciso llamarla dictadura a secas y recordar que tuvo un período semi fascista entre 1974 a 1980. Es la época del exterminio del adversario, del terrorismo de Estado incluso fuera de las fronteras de Chile, de la tentación de partido único en las secretarías de la juventud  de Coloma, Chadwick, Longueira, de  los gremios, con Novoa,  el copamiento de los municipios y Universidades  por los gremialistas de Jaime Guzmán. Todo bajo la estética totalitaria de las marchas con antorchas — como en Chacarrillas —  y una abierta crítica a la democracia moderna, con la revista Realidad llamando a un modelo excluyente, protegido y tutelado.

Aunque en Chile y en América se clausurara el debate sobre el carácter de la dictadura de Pinochet con el mínimo común denominador de O’Donell a M. A. Garretón, según el cual fue un régimen “original” por su espíritu refundacional neoliberal (capitalismo autoritario chilensis versus dictaduras burocráticas desarrollistas dominantes en América Latina), los debates europeos sobre los regímenes fascistas aún persisten. Así, para analizar a los fascistas nos invitan a observar los claros contenidos de “compromiso autoritario” de la refundación que emprendió la dictadura de Pinochet, cuyas herencias hasta hoy perduran.

Como sugiere Gentile, los fascismos usan un modo político de “cesarismo totalitario”, que desprecia la democracia liberal y busca formas de democracia directa con el pueblo, como lo hizo Pinochet al aprobar su Constitución autoritaria en un plebiscito sin garantías el año 1980.

Como sugiere Gentile, los fascismos usan un modo político de “cesarismo totalitario”, que desprecia la democracia liberal y busca formas de democracia directa con el pueblo, como lo hizo Pinochet al aprobar su Constitución autoritaria en un plebiscito sin garantías el año 1980. Allí está la clave del régimen: represión brutal, fundamentalismo (neoliberal), movilización y una estructura que “trasciende” y “regenera a Chile” desde la visión de ultraderecha, la Constitución de 1980.

Abundan las similitudes entre las dictaduras de Franco y la chilena, siendo la principal la hegemonización de la derecha por grupos reaccionarios anti democracia liberal, pero hay tres grandes diferencias: a) Franco se impuso en una Europa donde el fascismo era, junto al comunismo, la ideología e idea de nuevo consenso dominante en tiempos de crisis, mientras Pinochet adoptó un modelo fundacional de extrema derecha en un continente con dictaduras de distinto signo, bajo el predominio norteamericano en esta área durante la Guerra Fría; b) el rol disidente de la Iglesia (en el caso chileno, se opuso mayoritariamente a la dictadura por su tradición social-reformista, los soplos del Concilio Vaticano II y la postura del Papa Pablo VI); c) el desenlace de continuidad política que significó la paradójica derrota de Pinochet en el plebiscito, pero la instauración de una democracia parcial, trabada, con el dictador de Jefe del Ejército, y con una Constitución semi autoritaria.

Joseph Sánchez recuerda, a propósito de la dictadura de Salazar en Portugal (un caso de gobierno para-fascista), el afán de colocar a la “presidencia” por sobre la sociedad en la legalidad de dicho régimen, para-fascista como el chileno: “El presidente no dependerá del Gobierno o de la aprobación de ningún otro órgano soberano”.

El politólogo chileno Carlos Huneeus acierta en destacar el fuerte rasgo presidencialista de la dictadura de Pinochet, y la inteligencia de su principal ideólogo, Jaime Guzmán, de buscar una Constitución autoritaria en el período 1977–1980 al observar el rápido desmontaje de la institucionalidad franquista en España. El propio Pinochet, humillado, se queja en sus memorias de los desaires que sufrió al asistir al juramento del rey Juan Carlos y el nulo reconocimiento del nuevo monarca a Franco, su legado y familia.

Son algunas notas para no olvidar y evitar que reescriban la historia los civiles que no sólo apoyaron la dictadura, sino que  coquetearon con el totalitarismo de inspiración fascista.

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