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A propósito de la defensa del medio ambiente

por 2 febrero, 2012

No se trata, pues, de la “sacralización” de la Naturaleza, ni tampoco de la satisfacción de necesidades meramente estéticas (conservación de la biodiversidad o del paisaje) o incluso éticas (preservación del planeta para las generaciones futuras), sino lisa y llanamente del aseguramiento de la pervivencia del ser humano sobre la faz de la tierra.
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Algunos sectores se muestran alarmados por el mecanismo ideado para la designación de los jueces de los futuros tribunales ambientales en el proyecto de ley, recientemente aprobado, que crea dichos tribunales, según se desprende de opiniones vertidas por algunos medios, que nos parecen altamente preocupantes, por cuanto trasuntan una postura abiertamente contraria a tomar en serio la protección del medio ambiente. Lo que concretamente temen esos sectores es que, mediante las cautelas que adopta la ley para la designación de los jueces de los referidos tribunales, se pueda favorecer el nombramiento de personas provenientes de sectores ambientalistas “militantes” o extremos, con grave peligro para el crecimiento económico y el progreso, y el supuesto bienestar general que traerían aparejado.

Tal manera de pensar es paradigmática de una burda simplificación de lo que realmente está en juego bajo la etiqueta de la “protección del medio ambiente”, puesto que olvida que el medio ambiente no es digno de protección en sí mismo, sino en la medida en que, más que el entorno en que se desenvuelve la vida humana, constituye la condición de posibilidad de su existencia.  No se trata, pues, de la “sacralización” de la Naturaleza, ni tampoco de la satisfacción de necesidades meramente estéticas (conservación de la biodiversidad o del paisaje) o incluso éticas (preservación del planeta para las generaciones futuras), sino lisa y llanamente del aseguramiento de la pervivencia del ser humano sobre la faz de la tierra, la que, tal como ha señalado el sociólogo alemán Ulrich Beck, se encuentra en grave riesgo a consecuencia de la propia acción humana en pos de la modernidad, esto es, del desarrollo y del progreso: el incesante afán de crear y acrecentar la riqueza ha resultado en la causación de graves riegos para la vida y la salud de las personas, hasta el punto de poner en riesgo la continuidad de la especie humana.

No se trata, pues, de la “sacralización” de la Naturaleza, ni tampoco de la satisfacción de necesidades meramente estéticas (conservación de la biodiversidad o del paisaje) o incluso éticas (preservación del planeta para las generaciones futuras), sino lisa y llanamente del aseguramiento de la pervivencia del ser humano sobre la faz de la tierra.

Por mencionar uno solo de los graves peligros a que estamos expuestos, no ya desde el nacimiento, sino desde el momento mismo de la concepción, piénsese en la contaminación del aire, del agua y del suelo, y con ello de toda la cadena alimentaria, de manera que por el solo hecho de respirar y alimentarnos ingerimos enormes cantidades de sustancias contaminantes que literalmente nos envenenan día a día, como lo muestra de manera muy documentada el excelente libro Notre poison quotidien [El veneno nuestro de cada día] de la autora Marie-Monique Robin, especialista francesa en cuestiones medioambientales. Ello explica el exorbitante aumento que, a partir de la segunda mitad del siglo XX, han tenido enfermedades degenerativas, crónicas e incurables como el cáncer, la diabetes, la enfermedad de Parkinson o el mal Alzheimer, así como graves perturbaciones endocrinas y reproductivas, entre las cuales se cuentan la obesidad, las malformaciones congénitas, la infertilidad (especialmente masculina, debido a una drástica disminución de la cantidad de espermios), y la paulatina feminización de la especie a consecuencia de múltiples compuestos químicos con efecto estrogénico, utilizados en la industria del plástico (tales como los ftalatos y el bisfenol A), en la fabricación de productos de higiene personal (champú, desodorantes) y especialmente en la agricultura, como los plaguicidas organoclorados (cuyo principal exponente es el DDT, otrora símbolo del progreso), que no obstante haber sido prohibidos a nivel mundial, se hallan presentes en los alimentos que consumimos, debido a que persisten durante varias décadas en el medio ambiente (de ahí su denominación de “contaminantes orgánicos persistentes”), lo que favorece su acumulación en organismos vegetales y animales, antes de ser consumidos por el hombre, que sufre así con mayor intensidad sus deletéreos efectos.

Estas graves consecuencias ya habían sido anunciadas por científicos visionarios, que marcaron todo un hito en la defensa del medio ambiente, como la bióloga norteamericana Rachel Carson, autora del libro Silent spring [La primavera silenciosa], título que alude a la desaparición de diversas especies de aves canoras, a causa de la aplicación masiva de DDT en la década de los 50, lo que le valió una encarnizada persecución por parte de la poderosa industria agroquímica. Lo que ella dejó en claro es que la extinción de cualquier especie animal constituye una señal de alerta que debe ser tomada muy en serio, puesto que los humanos estamos hechos de la misma materia prima que los demás seres vivos, aunque los efectos tomen más tiempo en manifestarse. Tesis que, por lo demás, ha sido plenamente corroborada por infinidad de estudios con animales de laboratorio que han anticipado con absoluta certeza lo que después se ha observado en los humanos.

El cuadro descrito se vuelve aún más siniestro si se tiene en cuenta que hasta ahora se sabe muy poco acerca de los efectos que produce sobre la salud humana la interacción de los diversos compuestos químicos empleados masivamente en la producción de alimentos y otros artículos de uso diario, puesto que la reglamentación de los mismos, incluso en los países más avanzados en la materia, se basa en estudios sobre los efectos que ocasiona cada sustancia por separado, lo que no guarda relación alguna con la contaminación real a que estamos expuestos, dado que, por una parte, los productos agrícolas son tratados simultáneamente con distintos tipos de plaguicidas (insecticidas, herbicidas, fungicidas, rodenticidas, etc.); como lo demuestra el estudio de residuos de plaguicidas realizado por el SAG el año 2007, que detectó hasta siete compuestos diferentes en el caso del pimentón y la uva de mesa, hasta seis en manzanas y  duraznos, hasta cuatro en frutillas y tomates, y hasta tres en lechugas y espinacas, muchos de los cuales se encuentran prohibidos a nivel internacional, y que sobrepasaban largamente los límites permitidos por la reglamentación interna. Y por la otra, porque en cada una de las tres comidas diarias, las personas consumimos al mismo tiempo distintos alimentos, frescos o procesados, de manera que junto con los nutrientes ingerimos diariamente un verdadero cóctel de sustancias tóxicas, cuyos efectos sinérgicos desconocemos absolutamente.

Por más que quiera hacer oídos sordos a esta innegable verdad, el discurso desarrollista no puede ignorar los altísimos costos sociales ­–¡y económicos!– que implica privilegiar sistemáticamente la economía y los valores materiales por sobre la vida humana (lo que me trae a la memoria la tristemente célebre bomba de neutrones de la época Reagan), olvidando de paso que, dado el carácter insidioso y “democrático” de la contaminación ambiental, que ataca a todo el mundo, independientemente de su condición social, de poco sirve la riqueza cuando se ha perdido definitivamente la salud o la vida, pues, como dice el adagio “una mortaja no tiene bolsillos”.

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