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Consejo de la Cultura y representación de los artistas

por 3 febrero, 2012

A los consejeros no siempre se les respeta y diría que no siempre se hacen respetar. Pienso en el último concurso de proyectos del Consejo del Libro y la Lectura. En las bases hay exigencias que perjudican evidentemente a los escritores. Consulté a los consejeros “representantes de los escritores” y concluí que no se dieron cuenta en qué momento aprobaron esas bases. ¿Desidia, obsecuencia, les dio lo mismo, algo peor?
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No es propiamente un debate, pero que se haga una encuesta para saber “Qué se espera del Consejo de la Cultura en 2012” es un buen síntoma de preocupación. Lo hizo El Mercurio, consultando a nueve personas del ámbito cultural. Quiero detenerme solo en dos respuestas específicas, sin que esto implique desdeñar las otras siete. Me refiero a los planteamientos de Arturo Infante y de Agustín Squella, quienes llaman la atención sobre dos aspectos que, si fueran comprendidos a cabalidad y llevados a la práctica, evitarían volver siempre a cero cada vez que se abordan estos temas.

Arturo Infante, actual Presidente de la Cámara del Libro, pide sencillamente implementar la Política Nacional del Libro y la Lectura, documento que el Consejo Nacional del Libro y la Lectura aprobó después de sucesivos esfuerzos de diversas gestiones: “Un documento de 16 páginas —entregado en el año 2006 en la Tercera Convención de la Cultura organizada por el Consejo, y que aún puede descargarse desde su página web— consensuado por el directorio del Consejo del Libro y todos los actores de la cadena del libro. Dicho documento entrega pautas para una solución integral que permita potenciar el hábito lector, aumentar la comprensión lectora y desarrollar la industria editorial”.

A los consejeros no siempre se les respeta y diría que no siempre se hacen respetar. Pienso en el último concurso de proyectos del Consejo del Libro y la Lectura. En las bases hay exigencias que perjudican evidentemente a los escritores. Consulté a los consejeros “representantes de los escritores” y concluí que no se dieron cuenta en qué momento aprobaron esas bases. ¿Desidia, obsecuencia, les dio lo mismo, algo peor?

Así es, tal como lo relata Infante: “Ya la rueda está inventada”. Y se dejó de lado. ¿Por qué el Consejo ha renunciado a su propia Política? ¿dónde quedó la continuidad de las políticas culturales aprobadas por los consejeros y consejeras? En esta línea, manifiesto mi acuerdo con la advertencia que hace el abogado y ensayista Agustín Squella cuando llama a “no caer en la tentación de promover un Ministerio de Cultura —la figura más estatista, autoritaria y peligrosa que puede adoptar el Estado para cumplir sus deberes con la cultura— e impulsar un mayor rendimiento de los Consejos Regionales de Cultura, a fin de que colaboren más y mejor a un desarrollo cultural equitativo y armónico desde el punto de vista territorial, y mejorar la coordinación entre el CNCA y los consejos y fondos sectoriales del libro, la música y el audiovisual, y asimismo, con la Dibam y el Consejo de Monumentos Nacionales, coordinaciones que dependen antes de la voluntad de quienes dirigen que de nuevas leyes sobre la materia”.

Me siento representado en ambas respuestas y no podría decirlo mejor. Sí, deseo agregar algo sobre el ministro y los consejeros.

El ministro de Cultura no tiene ministerio. Ostenta ese rango, porque preside el Consejo Nacional y los consejos sectoriales; esto le permite -en buena hora- asistir al gabinete de ministros y representar el tema con ese status en el extranjero. En otras palabras, se debe a esos consejos. Es indiscutible que el ministro debe ser de confianza de quien lo nombra, pero también le debe lealtad a los consejos y debe transmitir hacia el Gobierno lo que esos consejos deciden. O sea, el ministro podría ser portador de un acuerdo que no le guste al gobierno de turno, ni a sus colegas de gabinete (en administraciones anteriores el Consejo propuso cambios respecto del IVA al libro y se chocó con los ministros de Hacienda).

Valga recordar que los consejos no se renuevan completos cuando hay cambio de Gobierno, para darle así continuidad a sus políticas con visión de Estado y no de Gobierno. Sin embargo, si los consejeros —al menos los que tienen representación de la sociedad civil— no ejercen su rol de representación de los intereses de sus comunidades de origen y mantienen actitudes obsecuentes con la “autoridad” no elegida; es inevitable la tentación del ministro de manejar los consejos como si tuviera ministerio (y terminan, en algunos casos, representando un papel de un autoritarismo patético).

A los consejeros no siempre se les respeta y diría que no siempre se hacen respetar. Pienso en el último concurso de proyectos del Consejo del Libro y la Lectura. En las bases hay exigencias que perjudican evidentemente a los escritores. Consulté a los consejeros “representantes de los escritores” y concluí que no se dieron cuenta en qué momento aprobaron esas bases. ¿Desidia, obsecuencia, les dio lo mismo, algo peor?

Aquello es preocupante porque hoy, cuando bien se valora más la diferencia que la indiferencia, toda representación de la sociedad civil tiene un gran valor e implica responsabilidades. Es una conquista de la recuperación de la democracia para profundizar la democracia; y siento que muchas veces esos espacios de representación son desperdiciados por las organizaciones y por quienes son elegidos o nominados por ellas. Con pesar lo hemos visto en otros casos donde la sociedad civil tiene la posibilidad de opinar, como en el Consejo Nacional de Educación donde se cambió el término “dictadura” por “régimen militar” de los textos escolares de primero a sexto año básico. Se hizo bajo las narices de integrantes de ese Consejo que, sabemos, no lo habrían aprobado si hubiesen estado en una actitud vigilante. Por tanto, espero que el Consejo de la Cultura en el 2012 haga lo que tiene que hacer: llevar adelante las políticas que ya tiene aprobada —como la del Libro y la Lectura— y que sus consejeros representen a quienes deben representar. Con toda razón la Unión Nacional de Artistas ha planteado que el CNCA debe responder por sus actuaciones ante la ciudadanía. También estoy de acuerdo con eso.

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