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Matthei: el arma secreta

por 3 febrero, 2012

Matthei: el arma secreta
El Gobierno debe levantar a uno de los suyos para que le endose confiabilidad, credibilidad e incluso afecto a palacio. Pero en las actuales circunstancias, esos atributos tampoco puede buscarlos a cualquier precio. Piñera necesita de alguien con credenciales de lealtad, que no signifique una nueva afrenta a la UDI y que no termine de desmembrar lo que queda de RN por estos días.

Al entrar en la segunda mitad de su mandato, el Gobierno comienza su propia cuenta regresiva. A partir de este período, La Moneda enfrentará buena parte de los problemas y desafíos que ha administrado hasta la fecha —además de otros nuevos y algunos imprevistos— pero en un escenario en que el tiempo, los recursos, el poder y la influencia comienzan a jugar decisivamente en su contra.

Desde ahora en adelante, el Gobierno cuenta los días para atrás. Lo que prima es lo que resta de su mandato y el escaso margen de tiempo y maniobra que las elecciones de éste y del próximo año le van dejando a los inquilinos de palacio para abrochar un legado comprensible para la opinión pública. Y la necesidad de consolidar una plataforma política medianamente competitiva para el sector político que representa.

Los desafíos que restan, por lo tanto, no son de gestión, de planilla Excel, ni de política pública (que es vital y necesaria), sino de conducción política. Se viene un período en que el Gobierno debe convencer a su propia coalición y al electorado que aún lo respalda de que lo que viene es mejor que lo que fue. Esta es la forma de mantener un mínimo de cohesión que les permita mantener a raya la tentación de la dispersión y desmarque, que sólo irá en aumento con el paso de los días.

Sus números crecen (va al alza en popularidad e iguala al otrora imbatible Laurence) y desde su cargo en Trabajo ha hecho, con mejores resultados y con más talento, lo que en un inicio pretendió ser parte del sello del Gobierno: la acción política contraintuitiva, lejos de lo que sería la agenda estándar de un gobierno de derecha.

No se trata de una carrera que se ganará sorpresivamente ni por arte de magia. No habrá una inversión riesgosa que rinda frutos millonarios de la noche a la mañana. Se requerirá de optimización de los activos que el Gobierno tiene entre sus filas con tal de minimizar el efecto de sus pasivos, que hasta la fecha son los que priman en la evaluación de la opinión pública y que son el eje de las críticas intestinas que se hacen, cada vez con menos discreción y decoro, en el seno de su propio grupo de apoyo.

En suma, el Gobierno debe levantar a uno de los suyos para que le endose confiabilidad, credibilidad e incluso afecto a palacio. Pero en las actuales circunstancias, esos atributos tampoco puede buscarlos a cualquier precio. Piñera necesita de alguien con credenciales de lealtad, que no signifique una nueva afrenta a la UDI y que no termine de desmembrar lo que queda de RN por estos días. Allamand no quiere, porque cosecha bien ahí donde está, es más Estado que Gobierno y podría encabezar las arengas de un año potencialmente conflictivo en el frente norte.

Golborne sigue con buena salud, pero su perfil independiente se tensaría demasiado en un puesto con responsabilidad política, habida cuenta que se presume que su soporte político está entregado fundamentalmente a la UDI en general y a Jovino Novoa en particular. Carolina Schmidt carece de experiencia política para una tarea como la que se avecina y tampoco ha podido morderse la lengua en materias en las que, por su perfil y su cargo, se ha visto conminada a polemizar con el primer mandatario.

Pero ahí no se agota la lista. Piñera tiene en su gabinete, aún, un arma secreta: la Ministra del Trabajo, Evelyn Matthei. La otrora dupla femenina en la mítica patrulla juvenil de RN, la que, tras el “KiotoGate”, se mudó a la UDI y que, una vez electo Piñera, se convirtió en la primera en poner el pecho a las balas y las manos al fuego por el primer mandatario.

Hoy Matthei tiene mucho a su favor. Sus números crecen (va al alza en popularidad e iguala al otrora imbatible Laurence) y desde su cargo en Trabajo ha hecho, con mejores resultados y con más talento, lo que en un inicio pretendió ser parte del sello del Gobierno: la acción política contraintuitiva, lejos de lo que sería la agenda estándar de un gobierno de derecha.

Evelyn ha estado con trabajadores, con las nanas, con los ahorrantes de las AFP. Lo ha hecho sonriendo, pero hablando claro y fuerte. Todo ello, sin una gran agenda de trasformaciones y sin necesidad de polemizar ni incomodar a La Moneda. Es mujer (algo que electoralmente es clave por estos días) y tiene esa vinculación filial con las Fuerzas Armadas que, por extraño que parezca, tienen un rinconcito en el corazón y el inconsciente colectivo de esta otrora capitanía general de larga y angosta geografía (Allamand y Bachelet podrán dar testimonio de ese efecto).

Además, dado que ha copado el espacio de quién poco se espera y por tanto más se agradece, los números que hoy se ven de Matthei probablemente estén sustentados por evaluaciones cualitativas positivas también, lo que hace suponer que su ascenso no es flor de un día, sino una nueva plataforma de vinculación con una opinión pública que se ha sorprendido gratamente de su desenvolvimiento en una cartera que toca los más sensible de la vida de las personas: el trabajo y su relación con el capital.

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