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Siria: la ambición de Rusia y Qatar

por 9 febrero, 2012

Siria: la ambición de Rusia y Qatar
El sábado 4 de febrero, Rusia y China ejercieron nuevamente su derecho a veto en el Consejo de Seguridad y rechazaron el Plan de Transición a la Democracia Siria, elaborado por la Liga Árabe y redactado por Francia e Inglaterra. En su negativa, las razones económicas son más relevantes que las políticas. Así, la sostenida negativa de ambas naciones a intervenir el régimen de Damasco es la respuesta estratégica contra la competencia desleal —ejercida por el grupo de amigos de Libia— en el mercado del petróleo. Si por cinco meses reclamaron la articulación de la Liga Árabe como única instancia observadora válida, ahora que es controlada por Qatar, no admitirán de modo alguno una reforma política y menos la destitución de Al Assad.

El gobierno de Bashar al Assad en Siria ha transformado la represión a la primavera árabe en su mayor lucha nacionalista. Día tras día, conduce la crisis política interna con ira sobre los ciudadanos y con el control absoluto del único partido político: el nacional y militarizado Baat. Por cada anuncio de posible sanción de la ONU o de la Unión Europea, respondió intensificando la violencia de estado. Por cada invasión verbal o injerencia de los conspiradores —aquellos que solicitan la intervención humanitaria o militar del país—, ajustició a civiles y prometió cambios al sistema político, que fueron tan efímeros como insignificantes. Así, se nos devela el verdadero tirano de Damasco: el águila bicéfala, que a pesar de su formación liberal y de su modelo económico ideado en el London School of Economics, no permitirá que el derecho a la democracia y a las libertades individuales limiten su joven dinastía aleuita construida a lo largo de cuatro décadas.

Hoy Siria está fracturada. Durante un año su territorio se ha erigido, progresivamente, en el paradigma de la inmunidad penal a la violación de los derechos humanos. En la persistencia de este régimen de excepción jurídica, Rusia, China y Qatar han sido factores determinantes. Mientras al alero de los movimientos sociales de Oriente y del Golfo Pérsico, países como Egipto, Barein, Tunez y Yemen derrocaron las dictaduras e intentan construir la democracia islámica, Siria sigue siendo el statu quo. Más grave aún, su situación es comparable con el caso de Libia y la doctrina de la responsabilidad internacional de proteger. Sólo en virtud de esta tesis se puede extender la jurisdicción de la Corte Penal Internacional a estados que no reconocen el Estatuto de Roma, previo mandato del Consejo de Seguridad de la ONU, y ante situaciones de graves violaciones sistemáticas a los derechos fundamentales. Luego cabe preguntarse, ¿por qué los argumentos de legitimidad que se esgrimieron para intervenir en Trípoli no se aplican a Siria? ¿Y por qué no se persigue penalmente a Bashar Al Assad como se hizo con Muammar Al Gadafi?

Hoy Siria está fracturada. Durante un año su territorio se ha erigido, progresivamente, en el paradigma de la inmunidad penal a la violación de los derechos humanos. En la persistencia de ese régimen de excepción jurídica Rusia, China y Qatar han sido factores determinantes.

El sábado 4 de febrero recién pasado, Rusia y China ejercieron por segunda vez su derecho a veto en el Consejo de Seguridad y rechazaron por completo el Plan de Transición a la Democracia en Siria, propuesto por la Liga Árabe y redactado por Francia e Inglaterra. En su negativa, las razones económicas son más relevantes que las políticas. Así, la sostenida oposición de ambas naciones a intervenir el régimen de Damasco es la respuesta estratégica contra la competencia desleal —ejercida por el grupo de amigos de Libia— en el mercado del petróleo. Si por cinco meses reclamaron la articulación de la Liga Árabe como única instancia observadora válida, ahora que es controlada por Qatar, no admitirán de modo alguno una reforma política, y menos la destitución de Al Assad como mecanismo de paz y democracia para el pueblo sirio.

Desde que estalló el conflicto, Rusia y China han mantenido relaciones militares y comerciales sin interrupciones con la nación árabe. Claramente, el gobierno de Moscú no volverá a caer en el síndrome libio, aislada de fortuna fósil y de mar. El tráfico legal de armas, el otorgamiento de préstamos bancarios, y el ensayo de ejercicios de enlace con misiles y tanques rusos en los batallones del tirano, son parte de la diplomacia. Por el contrario, China, escueta y prudente, mantiene el argumento de que cada pueblo es soberano y de que los sirios son tan autónomos que han profesionalizado la revolución. Desde los canales de Youtube, hasta las marchas con niños y ancianos portando letreros y panfletos en distintos idiomas, son una muestra elocuente de que el pueblo es, a pesar de la represión, soberano. Sin duda, para estas remozadas repúblicas sobrevivientes del comunismo, la alianza con Al Assad y su control privilegiado del Mar Caspio, anima, por lo menos, a proyectar la construcción de un rentable oleoducto intercontinental. Qué menos para Damasco que tiene seis mil años de existencia y una historia de imperio.

Desde el otro flanco del tablero, Qatar, en su rol de adversario de las dictaduras, ha sido decisivo en la primavera árabe. El Sheikh, Hamad Al Thani, es considerado el mejor amigo de Occidente en esta “oleada democratizadora”, y el mediador que bien podría haber compartido con Lawrence de Arabia. Aunque, paradójicamente, en su país no existen libertades ni derechos políticos. Ahí ocho de cada diez habitantes es de origen noble y ostentan el título de ser uno de los países con menor desigualdad. Por eso, es la riqueza de la familia real la llave que abre todas las puertas, desde la presidencia de la Asamblea General de la ONU, el grupo de amigos de Libia, la OMC, el control del mercado del agua y la energía de países mediterráneos, hasta el Rally Dakar y la compra de bonos de deuda de Estados Unidos. Tanta sospecha despierta la multiplicidad de poder y ambición de Qatar, que el dictador sirio ha denunciado que la conspiración (Al Mu’amarah) contra su gobierno, no es occidental; es persa y sunita, siendo dirigidos los hilos de su destino desde la lujosa Doha.

Las ambiciones de Rusia, China y Qatar —entre otras naciones—, sólo agudizan la violencia entre Al Assad y el bloque opositor, compuesto por fuerzas como el Ejército de Liberación y el Consejo Nacional de Siria. La latencia del conflicto no sólo afecta el mercado del petróleo y el orden geopolítico de la zona del Magreb, sino al nuevo sistema de justicia penal internacional. Esta fragilidad de los derechos humanos en el marco de la ONU exige un cambio de paradigma que incluya a Medio Oriente, todavía más si los mínimos éticos que integran el ius belli son quebrantados. En efecto, la muerte de medio millar de niños, víctimas de operaciones dirigidas contra camiones de la Media Luna Roja, por uno y otro bando, incluyendo el fusilamiento de personal de la diplomacia humanitaria, son actos deleznables de una guerra que aún no se declara. En total, los muertos se calculan en más de cinco mil personas y no es tolerable que se espere la figura del genocidio para fijar una doctrina.

El futuro de Siria es incierto. Las meras sanciones de retiro de credenciales diplomáticas o la designación de persona non grata a algunos de sus embajadores son medidas insuficientes. Es posible que Al Assad se arriesgue a un magnicidio si no cumple con la promesa de una nueva Constitución y una ley de amnistía general, pero es más probable que la Liga Árabe termine imponiéndose con una nueva carta de navegación que la haga más autónoma de las irresoluciones de la ONU.

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