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domingo, 22 de abril de 2018 Actualizado a las 11:52

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Malvinas: zoologías cristinistas

por 10 febrero, 2012

Malvinas: zoologías cristinistas
Es muy posible que los más jóvenes se sientan atraídos, aunque los argentinos de mayor edad recuerdan que Buenos Aires entero se lanzó a las calles en 1982 a vitorear a Galtieri, quien se dio lujo de salir a saludar desde la Casa Rosada para sentirse vitoreado por las masas. Por lo mismo llamó la atención que Cristina haya “olvidado” mencionar a Arturo Frondizi y Álvaro Alsogaray, únicos personajes públicos que se opusieron abiertamente a la aventura militar. ¿Amnesia? Difícil. Se advierte más bien un deseo, cuasi quirúrgico, por aglutinar a jóvenes tras una gesta imaginaria en un año que se ve difícil para la economía del país.

Uno de los historiadores latinoamericanos más lúcidos es sin duda el argentino Tulio Halperin Donghi. Es muy probable que el viejo profesor hubiese sentido un fuerte impulso a reescribir rápido su capítulo del libro Historia de Caudillos Argentinos (Alfaguara, 1999) tras escuchar el último discurso de la señora K. En los próximos años, diría don Tulio, esta mujer estará al lado de Güemes, Quiroga, el cura Aldao, el Chacho Peñaloza y esos innumerables caudillos del gran país del sur, cuyos decires y andanzas sobrepasan cualquier imaginación.

El haber invocado a los pájaros de las benditas islas en su arsenal argumentativo en contra de Gran Bretaña es uno de sus momentos cumbres, que, sin discusión, la hace digna de ser incluida en una futura edición de aquel memorable libro.

Sin embargo, se trató de un discurso sencillo. Claro, mucha parafernalia escénica, hartos compañeros disfrazados de chavistas y dos enormes fotos a los costados, una del Che Guevara y otra de Perón. Pero no hubo grandes anuncios. Dejó gusto a poco. Varios de los más fanáticos cristinistas comentaron estar un poco defraudados; esperaban algo más. Y es que saben que el informe Rattenbach se encuentra en internet. Para los más sensatos, llevar el berrinche nacional a la ONU es inconducente, no sólo porque el Reino Unido tiene poder de veto en el Consejo de Seguridad (lo que no es poco), sino porque la demanda sonará exótica, cuando no peligrosa, a oídos españoles (que no querrán hablar del tema por Ceuta y Melilla), a todos los europeos incluyendo rusos (que no querrán ver desmanteladas sus bases de lanzamiento espacial en la Guyana francesa) ni a los chinos, vietnamitas ni japoneses que hartos líos cruzados tienen con islas que reclaman unos y otros … en fin. Cristina brindó el mejor show que pudo para su audiencia interna.

Podría decirse que los mensajes cristinistas sonaron un poco raro a oídos extranjeros. Un breve registro de la época documenta lo que es de sobra conocido, el apoyo decidido que le prestaron a Galtieri los cubanos y los soviéticos, lo que da cuenta que este asunto fue esencialmente geopolítico y la pregunta que surge es si lo seguirá siendo. Aunque la zoología diga lo contrario, lo más probable es que sí.

Veamos. En primer lugar, Cristina buscó conmover “a todos y todas” con una presunta vocación pacifista del país; congruente con la línea de desmantelar sus FF.AA. De ahí la idea de revivir a Rattenbach. Sí, es muy posible que los más jóvenes se sientan atraídos, aunque los argentinos de mayor edad recuerdan que Buenos Aires entero se lanzó a las calles en 1982 a vitorear a Galtieri, quien se dio el lujo de saludar desde la Casa Rosada para sentirse vitoreado por las masas; hay imágenes de videos del 82 que muestran el éxtasis nacionalista. Por lo mismo llamó la atención que Cristina haya “olvidado” mencionar a Arturo Frondizi y Álvaro Alsogaray, únicos personajes públicos que se opusieron abiertamente a la aventura militar. ¿Amnesia? Difícil. Se advierte más bien un deseo, cuasi quirúrgico, por aglutinar a jóvenes tras una gesta imaginaria en un año que se ve difícil para la economía del país. Las fotos del Che y Perón y esos asistentes con boinas chavistas son algo más que un mensaje subliminal.

Podría decirse que los mensajes cristinistas sonaron un poco raro a oídos extranjeros. Un breve registro de la época documenta lo que es de sobra conocido, el apoyo decidido que le prestaron a Galtieri los cubanos y los soviéticos, lo que da cuenta que este asunto fue esencialmente geopolítico y la pregunta que surge es si lo seguirá siendo. Aunque la zoología diga lo contrario, lo más probable es que sí.

Y también es muy probable que si las partes llegaren a negociación, o diálogo, éste será político y nunca jurídico, porque la documentación histórica disponible es excesivamente larga, enrevesada y sujeta a interpretaciones.

En efecto, los títulos dan la razón a ambas partes pues dependen del concepto jurídico imperante en cada país. En la América post-Independencia se reconoció el principio uti possedeti juris (poseer lo que se había poseído) lo que deja a la documentación española como punto de partida. En cambio, para los británicos, la soberanía se ejerce con la ocupación efectiva, y estas islas, al llegar ellos allí, estaban sin población. Por lo tanto, res nullius.

Gran Bretaña fue el segundo país en tener un asentamiento estable ahí, entre 1766 y 1774, y luego las abandonó. El primero fue Francia con Antoine de Bougainville en 1763, que le dio el nombre a las islas y al primer poblado, Port Louis, pero los 150 franceses abandonaron las islas al cabo de dos años y renació la disputa entre británicos y españoles, a la cual se puso término en 1790 cuando ambos firman la Nootka Sound Convention que llevó a los españoles a reconocer la costa oeste de Canadá como británica (recordarán nuestros agudos lectores que por esta razón esa provincia se llama British Columbia) y a los británicos a reconocer las islas de la costa patagónica como española. Por lo tanto —como dice Carlos Escudé— es falaz argüir continuidad jurídica entre el estado virreinal y el estado de Buenos Ayres, ni menos derechos sucesorios sobre las Malvinas. Buenos Ayres emergió de facto sobre lo que pudo conquistar. Nada más. Muchos son los autores —y eso los chilenos lo saben muy bien— que fundamentan la ausencia total de los límites sur de Buenos Ayres. Por eso, al retirarse España en 1811, las islas quedaron sin dueños ni habitantes. Res nullius.

Algo que no quiso detallar Cristina en su pieza oratoria, quizás por un poquito de pudor, fueron los escasos y fallidos intentos de Buenos Ayres por hacerse con las islas tras 1811. Hubo uno, inmediatamente ocurrida la declaración de Independencia, cuando se mandató a un grupo de aventureros para tal efecto. El grupo estaba compuesto básicamente por franceses más un par de criollos, un pirata estadounidense, otro británico y hasta un negro jamaiquino. En 1820 mandató a un pirata estadounidense, llamado Danny Jewett, quien rápidamente las abandonó, se cambió de bando (trabajó para los británicos), después para los brasileños y luego volver a Buenos Aires, donde —dice la leyenda— se convirtió en amante de una chilena muy acaudalada que vivía allí su exilio. Luego mandataron al aventurero francés Louis Vernet y al criollo Jorge Pacheco, quienes también abandonaron muy pronto las islas.

Por lo tanto, lo que ocurrió en 1833 fue una usurpación británica no contra Argentina (que no existía en esa época) sino contra Buenos Ayres, cuya soberanía podría entenderse como legal (asunto a ser interpretado) mas sin derechos sucesorios, sino por haber llegado primero a una tierra sin dueño y sin habitantes (validando los fallidos intentos previos). El problema es que no supo ni mantener ni poblar las islas. Ante tal cuadro, ¿podrán llegar a acuerdo argentinos y británicos?

Luego, viene un larguísimo e inexplicable abandono diplomático de parte de Argentina, sin que se sepa si en ese lapso pretendía recuperarlas. Fue un olvido total hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Sería muy interesante escuchar a algún especialista en derecho internacional sobre este punto. ¿Prescriben los derechos cuando se abandona un territorio por tantas décadas? Por ejemplo, hay algunos abogados que han desarrollado el concepto de prescripción adquisitiva. ¿Aplicará eso? Suena muy raro que Argentina no haya reclamado estas islas con la gran vehemencia de Galtieri y de Cristina cuando eran potencia, a fines del siglo XIX o a inicios del XX. Muy sospechosa tan larga inactividad diplomática. Y desde luego que alguna explicación habrá al abrupto fervor del general, antes, y de la abogada, ahora.

Ahora bien, si adecuamos la política a la historia y volvemos el calendario al siglo pasado, podremos hacer y des-hacer muchas cosas dignas de la mayor entretención, aunque tantito peligrosas. Y ojo que si rebobinamos más aún en el tiempo, podría ser todo aún mucho más divertido; de partida, los argentinos devolver todo el noroeste a peruanos y bolivianos. Pero agitemos el calendario sólo brevemente, como quiere Cristina, y aceptemos como válido agitar las aguas sólo del siglo XIX en adelante, y limitémonos sólo al Cono Sur: Chile debería restablecer relaciones con la Confederación Argentina (aparte de las de Buenos Ayres) y rendirle homenaje a Carlos Lamarca, el primer embajador de ésta en Santiago y gran promotor de la amistad a ambos lados de la cordillera. Los argentinos deberían reclamar Tarija a los bolivianos y devolver varias provincias a Paraguay. Se debería admitir a la República de Mesopotamia, que Urquiza formó brevemente con las actuales provincias de Entrerríos y Corrientes (idea que por lo demás fue abortada por la diplomacia británica de entonces), Uruguay debería volver a soberanía brasileña, los chilenos rápidamente devolver Tarapacá y Antofagasta, y así jugar infinitamente con el mapa.

Total, nos entrometemos y entretenemos todos con todos, cuan adolescentes. O quizás Cristina se refirió a hacer juegos tántricos cuando insinuó, risueña, aquello de tocarnos e irnos. Simple, touch and go.

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