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El acelerado ritmo del caso La Polar

por 15 febrero, 2012

El acelerado ritmo del caso La Polar
Nuestra sociedad ha cambiado, ya no se toleran los eufemismos y, menos aún, la impunidad. Ello, porque el abuso es grosero, son demasiadas las víctimas y cuantiosos sus perjuicios, no sólo económicos, sino que también de índole moral.
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El día de ayer tanto los abogados que asistimos como el resto de la opinión pública fuimos testigos de una nueva audiencia en el caso La Polar. Ello generó mucha expectativa para todas las partes, especialmente en lo que dice relación con la formalización de un nuevo imputado: Iván Dinamarca.

Tras cinco horas de exposiciones, la mayoría de ellas destinadas a la formalización del imputado Dinamarca, escuchamos por parte de la defensa de éste lo que ya venimos oyendo desde hace muchos meses, a través de la prensa y en los tribunales de Justicia: ninguno de los imputados conocía de las repactaciones unilaterales y, menos aún, ninguno de ellos reconoce los delitos por los que fueron formalizados.

El fin no era otra cosa más que el lucro personal. De ahí entonces la importancia de lo que se conoció ayer con la participación de Dinamarca, ya que se llegó a un nivel tal de sofisticación y perfeccionamiento que las repactaciones se hacían apretando sólo una tecla, echando a correr un sistema y así se completaba el resto de la operación.

Ello, sin duda, resulta inverosímil. Desde el año 2006, altos ejecutivos de la anterior administración utilizaron en la mayoría de los casos y con una precisión casi exacta –propia de conspicuos ingenieros comerciales– a deudores morosos para montar una verdadera maquinaria delictual. Las repactaciones unilaterales en sí no constituyen un ilícito penal, pero está en el campo de un ilícito civil. De ahí entonces la importancia de lo que se vivió en esta audiencia. Porque estas repactaciones son la piedra angular, el núcleo duro, el instrumento que les permitió a estos ex ejecutivos cometer los delitos que hoy conocemos y que constituye el mayor escándalo financiero de los últimos años en Chile.

La mecánica utilizada no es difícil de entender. Se trataba de “maquillar” a estos deudores morosos como clientes “sanos” y con ello se lograba evitar provisionar recursos, atendida la real morosidad de la cartera. De esta forma, se falsearon balances, estados financieros y se engañó al mercado y autoridades. El fin no era otra cosa más que el lucro personal.

De ahí entonces la importancia de lo que se conoció ayer con la participación de Dinamarca, ya que se llegó a un nivel tal de sofisticación y perfeccionamiento que las repactaciones se hacían apretando sólo una tecla, echando a correr un sistema y así se completaba el resto de la operación.

El ritmo del curso de la investigación es rápido y en ello el Ministerio Público y los querellantes no hemos escatimado en aportar diligencias y antecedentes para fortalecerla y llegar a la verdad. Estos crímenes financieros merecen la aplicación de las sanciones más severas que contempla nuestra legislación, porque resulta impresentable que este caso como tantos otros quede simplemente en el olvido.

Nuestra sociedad ha cambiado, ya no se toleran los eufemismos y, menos aún, la impunidad. Ello porque el abuso es grosero, son demasiadas las víctimas y cuantiosos sus perjuicios, no sólo económicos sino que también de índole moral. Recordemos que los accionistas minoritarios son cerca de 10.000 personas cuyo pecado fue sólo uno: confiar en el sistema y no especular fríamente como se ha dicho. Sostener que esos son los riesgos de invertir en la bolsa equivaldría a decir –en el caso La Polar– a que era mejor jugar a la ruleta en un casino. Eso es otra cosa.

Lo que sigue de ahora en adelante son más formalizaciones y un verdadero desfile de personas a declarar ante los fiscales. No sólo ex ejecutivos, ex directores, sino que también ejecutivos de las clasificadoras de riesgo, auditoras externas y corredoras de bolsa. Así lo ha señalado el Ministerio Público, así lo hemos pedido algunos querellantes, y así lo esperamos todos los chilenos.

La necesidad, como sociedad y como país, que un caso tan emblemático como este llegue a la verdad “caiga quien caiga”, es un imperativo moral y creo que hoy contamos con las herramientas necesarias para ello. Existen las garantías, tribunales independientes y un órgano persecutor serio y objetivo. El resto, depende de cada una de las partes: abogados y sus representados. Pero, lo más importante, es lo que viene después: la internalización colectiva de la lección aprendida y la certeza de que esto efectivamente nunca más vuelva a ocurrir.

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