La biblioteca de mi padre - El Mostrador

martes, 24 de abril de 2018 Actualizado a las 15:27

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La biblioteca de mi padre

por 28 febrero, 2012

Tenía once, doce años y nada me interesaba más que explorar la biblioteca de mi padre. Abría un libro al azar y lo comenzaba a leer y si me enganchaba podía continuar por horas. Todo muy diferente de estos tiempos en que llego a los libros después de leer múltiples reseñas y escuchar las recomendaciones de amigos en quienes confío. Son tantos los libros y no quisiera perder mi tiempo con algo que no me va a gustar. Quizás he ganado en el porcentaje de libros leídos que admiro, pero he perdido un poco de la capacidad para la sorpresa de mis inicios.

Los escritores inventamos nuestra biografía intelectual y nos creamos un linaje en la que solo están las cumbres. Mencionamos entre nuestros mentores a Borges, Vargas Llosa, Coetzee, Bolaño, Woolf, Lispector, y nos olvidamos de esos otros libros menores o populares que leímos y que quizás nos influyen de una manera más profunda que los grandes. Todavía recuerdo con claridad el sacudón que fue para mí leer Ficciones a los catorce años, ese momento fundacional en que me dije que si eso era la literatura entonces quería ser escritor; a esa misma edad me deslumbraron Cien años de soledad y Lolita, que descubrí de casualidad en la biblioteca de un tío en Santa Cruz; sin embargo, reconozco que hoy no sería el que soy sin esos otros libros que leí en un momento en que mi capacidad para absorber lo que caía en mis manos estaba en su punto máximo.

En la biblioteca de mi padre encontré los libros de Erich von Däniken. Este reduccionista suizo defendía la idea de que los extraterrestres habían estado aquí antes que nosotros y eran los verdaderos creadores de nuestras principales civilizaciones, responsables tanto las líneas de Nazca como de las pirámides egipcias y las estatuas de la isla de Pascua. Leía y veía las fotos que apoyaban las teorías y no sé si me lo creía todo pero al menos estaba dispuesto a dejarme maravillar y no descartarlas. Con los años se ha demostrado que von Däniken falseó muchas cosas -por ejemplo, contrató a un alfarero para que hiciera vasos de cerámica mostrando imágenes de platillos voladores, y presentó esos vasos como si hubieran sido descubiertos durante excavaciones arqueológicas- y que sus ideas eran un refrito de El retorno de los brujos, un libro muy popular en los años sesenta que exploraba entre otras cosas la conexión entre el nazismo y el ocultismo y sostenía que los primeros astronautas en la tierra fueron visitantes extraterrestres. No he vuelto a leer a von Däniken, pero hoy me asombro ante la capacidad de la literatura para imponer sus ficciones a la realidad: algunos críticos de El retorno de los brujos señalan que el libro le debe mucho a algunos cuentos de Lovecraft, con lo se puede concluir que mis padres y yo, al leer a von Däniken y creer en sus teorías, éramos lovecraftianos sin saberlo. Y ni qué decir de un par de generaciones en los años sesenta y setenta.

A mi papá también le gustaban los best-sellers de ese entonces: leía a Sidney Sheldon y a Irving Wallace con placer. Yo me saltaba las páginas buscando las escenas seudoeróticas, que eran muchas (en esa misma época, gracias a otro tío, descubrí las memorias verdaderamente pornográficas de Xaviera Hollander y me olvidé de Sheldon y Wallace). Las novelas policíacas eran otra cosa: había estantes enteros dedicados a Agatha Christie y Erle Stanley Gardner. Podía leerme novelas enteras de la Christie en un solo día, tomar notas para descubrir quién era el asesino antes que el detective Hercules Poirot, y eso preocupaba a mi madre. Decía que me crearían una mente morbosa. Para contrarrestar la influencia nociva de Asesinato en el Orient-Express y El misterioso caso de Styles, me compró las obras completas de Shakespeare, que leí entusiasmado: el autor de El mercader de Venecia era más morboso que la Christie.

Había otros libros en esa biblioteca. Política e historia bolivianas, y también literatura clásica. Pero de esos no me acuerdo tanto como de von Däniken y Agatha Christie. Debe ser por algo.

(La Tercera, 25 de febrero 2012)

Tenía once, doce años y nada me interesaba más que explorar la biblioteca de mi padre. Abría un libro al azar y lo comenzaba a leer y si me enganchaba podía continuar por horas. Todo muy diferente de estos tiempos en que llego a los libros después de leer múltiples reseñas y escuchar las recomendaciones de amigos en quienes confío. Son tantos los libros y no quisiera perder mi tiempo con algo que no me va a gustar. Quizás he ganado en el porcentaje de libros leídos que admiro, pero he perdido un poco de la capacidad para la sorpresa de mis inicios.

Los escritores inventamos nuestra biografía intelectual y nos creamos un linaje en la que solo están las cumbres. Mencionamos entre nuestros mentores a Borges, Vargas Llosa, Coetzee, Woolf, Lispector, y nos olvidamos de esos otros libros menores o populares que leímos y que quizás nos influyen de una manera más profunda que los grandes. Todavía recuerdo con claridad el sacudón que fue para mí leer Ficciones a los catorce años, ese momento fundacional en que me dije que si eso era la literatura entonces quería ser escritor; a esa misma edad me deslumbraron Cien años de soledad y Lolita, que descubrí de casualidad en la biblioteca de un tío en Santa Cruz; sin embargo, reconozco que hoy no sería el que soy sin esos otros libros que leí en un momento en que mi capacidad para absorber lo que leía y veía y escuchaba estaba en su punto máximo.

En la biblioteca de mi padre había un lugar central para Erich von Däniken. Este reduccionista suizo defendía la idea de que los extraterrestres habían estado aquí antes que nosotros y eran los verdaderos creadores de nuestras principales civilizaciones, responsables tanto las líneas de Nazca como de las pirámides egipcias y las estatuas de la isla de Pascua. Leía y veía las fotos que apoyaban las teorías y no sé si me lo creía todo pero al menos estaba dispuesto a dejarme maravillar y no descartarlas. Con los años se ha demostrado que von Däniken falseó muchas cosas -por ejemplo, contrató a un alfarero para que hiciera vasos de cerámica mostrando imágenes de platillos voladores, y presentó esos vasos como si hubieran sido descubiertos durante excavaciones arqueológicas- y que sus ideas eran un refrito de El retorno de los brujos, un libro muy popular en los años sesenta que exploraba entre otras cosas la conexión entre el nazismo y el ocultismo y sostenía que los primeros astronautas en la tierra fueron visitantes extraterrestres. No he vuelto a leer a von Däniken, pero hoy me asombro ante la capacidad de la literatura para imponer sus ficciones a la realidad: algunos críticos de El retorno de los brujos señalan que el libro le debe mucho a algunos cuentos de Lovecraft, con lo se puede concluir que mis padres y yo, al leer a von Däniken y creer en sus teorías, éramos lovecraftianos sin saberlo. Y ni qué decir de un par de generaciones en los años sesenta y setenta.

A mi papá también le gustaban los best-sellers de ese entonces: leía a Sidney Sheldon y a Irving Wallace con placer. A mí no me interesaban mucho; me saltaba las páginas buscando las escenas seudoeróticas, que eran muchas (en esa misma época, gracias a otro tío, descubrí las memorias verdaderamente pornográficas de Xaviera Hollander y me olvidé de Sheldon y Wallace). Las novelas policíacas eran otra cosa: en mi casa había estantes enteros dedicados a Agatha Christie y Erle Stanley Gardner. Podía leerme novelas enteras de la Christie en un solo día, tomar notas para descubrir quién era el asesino antes que el detective Hercules Poirot, y eso preocupaba a mi madre. Decía que me crearían una mente morbosa. Para contrarrestar la influencia nociva de Asesinato en el Orient-Express y El misterioso caso de Styles, me compró las obras completas de Shakespeare, que leí entusiasmado: el autor de El mercader de Venecia era más morboso que la Christie.

Había otros libros en esa biblioteca. Política e historia bolivianas, y también literatura clásica. Pero de esos no me acuerdo tanto como de von Däniken y Agatha Christie. Debe ser por algo.

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