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El Estado, ¿natural o artificial? una oportunidad para la creatividad política

por 5 marzo, 2012

Mientras algunos han llegado a decir que el Estado es connatural a la existencia de toda sociedad humana temporal —idea que suele ser asociada al pensamiento clásico—, están quienes sostienen que el mismo Estado no es más que una creación humana, aludiendo directa o indirectamente a la "hipótesis" del "contrato social".
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Auge y reiteración de los movimientos sociales. Bullado desarraigo respecto de las instituciones. Creciente desprestigio de los partidos políticos y de quienes hacen de la política formal su profesión. Ausencia de auténtico liderazgo político. Y etc. Porque ciertamente son muchas las razones que explican el hecho que se discutan, cada vez con más frecuencia, diferentes aspectos centrales del orden social.  El verano no fue la excepción, pudiendo observarse muchos analistas y académicos copando las secciones de cartas al Director con disquisciones de esta índole. Entre los muchos temas que han sido objeto de debate, hay uno que poco se ha comentado, y que merece ser tomado en cuenta por su importancia para la vida de todos nosotros: el carácter natural (necesario) o artificial (creación humana) del Estado.

Al respecto, y tal como sucede con una amplia gama de temas discutidos en la agenda pública, suelen observarse dos posiciones antagónicas, que parecen irreconciliables. Pues mientras algunos han llegado a decir que el Estado es connatural a la existencia de toda sociedad humana temporal —idea que suele ser asociada al pensamiento clásico—, están quienes sostienen que el mismo Estado no es más que una creación humana, aludiendo directa o indirectamente a la "hipótesis" del "contrato social".

Mientras algunos han llegado a decir que el Estado es connatural a la existencia de toda sociedad humana temporal —idea que suele ser asociada al pensamiento clásico— , están quienes sostienen que el mismo Estado no es más que una creación humana, aludiendo directa o indirectamente a la "hipótesis" del "contrato social".

Aunque extendida tan ampliamente como pueda imaginarse, no se requiere ser un teórico político para sospechar de la verosimilitud del "contrato social". Salvo el caso de Adán, aportado por la misma fe católica que muchos contractualistas tildan a priori de irracional, no existe noticia alguna de hombre que no viva en conjunto a otros semejantes, al menos en sus orígenes. Porque el modo en que se genera una nueva vida es eminentemente social, y basta considerar la generalidad de las realidades humanas para tomar conciencia de que la inviolable dignidad de cada persona no es la de un individuo autónomo o autosuficiente, que viva con total independencia de los demás.

Si a ello se agrega que toda comunidad humana, y particularmente la política, necesita de una autoridad —una razón excluyente en palabras de John Finnis— que permita tomar decisiones y hacer realidad la existencia de propósitos compartidos, considerando los siempre múltiples cursos de acción posible y la diversidad y complejidad de los bienes e intereses en juego, la balanza pareciera inclinarse en favor de aquellos que consideran al Estado como una realidad necesaria e indisolublemente asociada a la vida humana.

Sin embargo, el pensamiento clásico se caracteriza por su realismo metodológico, en virtud del cual se reconoce que son variadas, y no solamente una, las formas concretas que la sociedad política ha adquirido a lo largo del tiempo. Basta recordar la Polis griega, la civitas romana, el imperio, el reino, el propio estado nacional moderno, etc. La sola observación de la historia permite comprender que el Estado, existiendo realmente, es tan sólo una de las modalidades que ha adoptado la relación política de las comunidades, y no la única. Lo que el pensamiento clásico no duda en reconocer como connatural a la vida humana, entre muchas otras cosas, son la socibialidad natural de cada persona, la consiguiente interdependencia relativa entre los seres humanos, y la existencia misma de la sociedad política. Pero ésta, pese a ser natural en su origen, es artificial en su concreción, tal como muestra el devenir de los pueblos y sociedades.

Ello abre un inmenso margen de pensamiento y acción para la creatividad política, especialmente en momentos de desafección como el presente, y ciertamente los movimientos críticos del sistema pueden plantear razonable y legítimamente, previo esfuerzo y rigor intelectual, alternativas distintas de relación política a los paradigmas de organización actualmente imperantes. Lo deseable, eso sí, es que lo hagan desde una perspectiva colaborativa, que busque hacer realidad una actividad política sustentada en función de buscar el bien del hombre en sociedad, y no en la mera lucha del poder por el poder. Nada menos deseable que una crítica que caiga, en las ideas, hechos o actitudes, en los mismos vicios que se dice querer combatir.

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