miércoles, 17 de octubre de 2018 Actualizado a las 18:25

Autor Imagen

2012, ¿el año de los secundarios?

por 11 marzo, 2012

Para la clase política, el movimiento secundario es una incógnita. Se enfrenta a un segmento etario con menos complejos y responsabilidades. Sus costos de oportunidad de perder un semestre o un año son mucho menores que en el caso de los universitarios. La posibilidad de coerción mediante sus familias ha demostrado no ser exitosa. Solo juega en contra su dispersión, su falta de conducción, su enorme heterogeneidad. Si logran un relato común como el 2006, pueden transformarse en un tremendo dolor de cabeza para cualquier autoridad.
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

El 2011 será recordado como el año del despertar del movimiento social. Meses de movilizaciones que despertaron a un país de la apatía política, que lograron poner en la agenda y en las conversaciones de la calle, temas como reforma tributaria, lucro, desmunicipalización, reformas políticas, política energética, derechos civiles; que pusieron en jaque a una clase política incapaz de dar respuesta a las demandas ciudadanas bajo los actuales marcos institucionales, y que llevó al gobierno, a tener los índices de popularidad más bajos que se tenga memoria en nuestra zigzagueante historia política.

Los principales rostros y liderazgos de este movimiento social fueron sin duda los dirigentes universitarios. Fueron ellos los interlocutores de una sociedad que salió masivamente a las calles. Para el gobierno y la clase política en general, el que varios de ellos fuesen parte de orgánicas políticas formales, les permitía establecer un campo de negociación política no sujeta a la incertidumbre que significaba un movimiento social con altos grados de autonomía.

En este escenario, los grandes derrotados y olvidados en las ecuaciones políticas fueron los estudiantes secundarios. Y si bien, el movimiento “pingüino” del 2011 no logró la masividad del 2006, las movilizaciones en las calles y las tomas de liceos y colegios, fueron un ingrediente siempre presente en el conflicto estudiantil del año pasado. Altos grados de autonomía política, una no siempre clara plataforma programática, mayor dispersión en sus vocerías y liderazgos, fueron factores que pesaron a la hora de ser considerados, por otros actores, como interlocutores relevantes del conflicto. En esto, el gobierno fue inteligente. Supo aprovechar la figuración de los dirigentes universitarios para focalizar el conflicto, ninguneando al movimiento secundario y reduciéndolo a un problema de marginales, de adolescentes violentos, finalmente, a un problema entre los alcaldes y los colegios en toma. En esto, y hay que decirlo, los universitarios también fueron cómplices por omisión o acción.

Para la clase política, el movimiento secundario es una incógnita. Se enfrenta a un segmento etario con menos complejos y responsabilidades. Sus costos de oportunidad de perder un semestre o un año son mucho menores que los de los universitarios. La posibilidad de coerción mediante sus familias ha demostrado no ser exitosa. Sólo juega en contra su dispersión, su falta de conducción, su enorme heterogeneidad. Si logran un relato común como el 2006, pueden transformarse en un tremendo dolor de cabeza para cualquier autoridad.

Los costos de las movilizaciones para los secundarios fueron altos. Cientos de dirigentes con matrículas canceladas y expulsados de sus colegios y liceos. Se estima que 250.000 alumnos repitieron el 2011, un 7% de la matricula total. Si se considera la tasa de repitencia del 2010 como una tasa de “año normal”, 5,8% de la matricula total (el 2009 fue de 5,7%), se puede inferir que cerca de 43 mil estudiantes reprobaron producto de las movilizaciones estudiantiles, cifra cercana a los 50 mil alumnos que según el MINEDUC se negaron a inscribirse en el plan “salvemos el año escolar”. Estamos hablando de 50 mil jóvenes y adolescentes, que conscientemente asumieron el costo de repitencia como parte de la movilización que desplegaron. Una verdadera lección para algunas generaciones, más acostumbradas a asegurar su futuro antes que pelear por sus derechos. Justicia hacía un grafiti en un liceo a fines de noviembre: “algunos pasan de curso, otros pasan a la historia”.

Pero sin saberlo, quizás, los estudiantes secundarios tendrán una oportunidad única el 2012. Este año, en octubre, son las elecciones municipales, elecciones de renovación (supuestamente) de las/los concejales y alcaldes. Los colegios y liceos, al tener principalmente una incumbencia local, administrativa y territorialmente, son parte fundamental del quehacer de un municipio. Evidentemente en un año de elecciones municipales, con campañas desplegadas fuertemente a partir de mediados de año, el tener un conflicto a nivel de colegios y liceos, con marchas y tomas, generará una efervescencia local que obligará a los actores locales, pero también a los actores políticos nacionales, a pronunciarse con mayor diligencia que en años “normales”. A diferencia del 2011, donde la estrategia fue el desgaste, acá la clase política juega a contrarreloj.

¿Qué alcalde que va a la re-elección le gustaría tener a los colegios y liceos de su comuna tomados? Difícil dilema para un alcalde-candidato, ¿qué es mejor, mano dura o mano blanda con estos jóvenes? Seguramente, para muchas de las fuerzas políticas que participarán en las próximas elecciones, no sería grato encontrar sus caravanas de campaña con una marcha de pingüinos en las principales avenidas de su comuna. No son los partidos políticos, precisamente, fuente de devoción entre los jóvenes y adolescentes de nuestro país. O un problema práctico, ¿dónde se realizarían las elecciones si los principales recintos de votación, colegios y liceos, estuviesen tomados? Sin duda, para una clase política que ha hecho de las elecciones su leitmotiv, una situación de marchas, protestas, revueltas juveniles, no son una buena fotografía para un momento de lo que se trata es precisamente lo contrario, de vender una imagen de estabilidad, paz social y líderes que resolverán los problemas de la gente.

Para la clase política, el movimiento secundario es una incógnita. Se enfrenta a un segmento etario con menos complejos y responsabilidades. Sus costos de oportunidad de perder un semestre o un año son mucho menores que en el caso de los universitarios. La posibilidad de coerción mediante sus familias ha demostrado no ser exitosa. Sólo juega en contra su dispersión, su falta de conducción, su enorme heterogeneidad. Si logran un relato común como el 2006, pueden transformarse en un tremendo dolor de cabeza para cualquier autoridad.

Los movimientos sociales también están sujetos a ciclos. Sus períodos de alza no son permanentes. Necesariamente después de un año duro y álgido, viene un periodo de reflujo. Pero este 2012 puede ser el año de los secundarios, el año para llevar al gobierno y a la clase política a la mesa de negociaciones, el de impulsar una auténtica agenda de transformaciones de la educación pública. El 2006 y el 2011, pingüinos y universitarios respectivamente, demostraron que a una clase política anquilosada y conservadora, solo se la lleva a negociar cuando la ciudadanía expresa activamente sus demandas. Que no sea en vano tantos sacrificios. Secundarios, ahora es cuando.

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV