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Cambio Climático, ¿qué hace Chile?

por 11 marzo, 2012

Nuestros nietos sabrán cuál fue la voz que alzaron sus abuelos en el 2012, cuando ya no hay duda razonable sobre la evidencia científica climática y aún se dispone de unos pocos años para evitar sobrepasar el punto de no retorno, que la ciencia estima ocurre alrededor de las 450 ppm de CO2 atmosférico.
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Los economistas y autoridades de gobierno generalmente se refieren a la emisión de carbono fósil a la atmósfera como una «externalidad negativa» del crecimiento económico, que es el bien común que justifica y hace necesario usar cada vez mayores cantidades de combustibles fósiles. Este razonamiento es falso y engañoso, por cuanto en la práctica resulta imposible compensar los efectos negativos del consumo de combustibles fósiles con las externalidades positivas que ofrece el crecimiento económico.

También escuchamos a los economistas decir que es imposible descarbonizar la economía sin sacrificar crecimiento económico presente, lo que no es falso, pero ignora las pérdidas de largo plazo que ocasiona hoy cada tonelada de carbono fósil quemado y tampoco considera los mayores niveles de competitividad y de rentabilidad social que se logran con una economía descarbonizada.

Chile debe enfrentar la evidencia científica y reconocer que la emisión de carbono fósil causa un daño permanente e irreversible a sus propias futuras generaciones y por lo mismo, debe actuar en consecuencia y responsabilidad para evitar que la humanidad siga profundizando el daño que ya ha puesto en marcha sobre el planeta.

Nuestros nietos sabrán cual fue la voz que alzaron sus abuelos en el 2012, cuando ya no hay duda razonable sobre la evidencia científica climática y aún se dispone de unos pocos años para evitar sobrepasar el punto de no retorno, que la ciencia estima ocurre alrededor de las 450 ppm de CO2 atmosférico.

La forma realista y simple de desincentivar la extracción, consumo y uso de combustibles fósiles en todo el mundo es aumentar en forma simultánea, progresiva e igualitaria su precio inicial al interior de todas las economías del planeta, de manera que los productos y servicios que los utilicen se hagan mas caros y menos atractivos frente a las alternativas más limpias, las cuales hoy no compiten de igual a igual con los combustibles fosíles, porque estos cuentan con el subsidio indirecto de no recibir castigo por el daño de largo plazo que causan.

Cuando quemamos un litro de petroleo o gasolina, que pesa unos 0,75 kilos y está compuesto en un 87% por carbón y en un 13% por hidrógeno, generamos 2,75 kilos de CO2; debido a la diferencia de peso atómico entre el carbono y el oxigeno que provee el aire. El CO2 es un gas inherte, incoloro e insípido, pero de potente efecto invernadero y de una larguísima residencia atmosférica, donde el 40% de estos 2,75 kg, permanecen desequilibrando el balance energético del planeta aún después de 100 años, el 30% permanece incluso después de 500 años y el resto debe esperar milenios por su turno de ser llevado de vuelta al subsuelo por la naturaleza.

El hombre está aumentando hoy la concentración de CO2 en la atmósfera a un ritmo de 2,36 partes por millón por año y lo ha hecho desde las 250 partes por millón de la era preindustrial, a los 391 ppm del año 2010; alcanzando el mayor nivel de los últimos 800.000 años y con una aceleración inicial de aumento del CO2 inédita en la historia planetaria.

Las extinciones masivas de especies en el pasado terrestre han ido acompañadas de un aumento progresivo del CO2 atmosférico, pero el aumento inicial siempre fue muy lento, por lo que existe incertidumbre científica respecto al curso  que podrían tomar esta vez los fenómenos de retroalimentación positiva del Cambio Climático. Entre estos fenómenos están el derritimiento permanente de hielos y aumento de nivel del mar, la liberación de metano en zonas boreales, el aumento de acidificación y temperatura del océano superficial con muerte de corales y sus especies dependientes o la ralentización de corrientes marinas globales por la menor formación de hielo sobre el ártico y sus implicancias sobre la cadena alimentaria.

Mientras la huella de carbono fósil en el consumo de bienes y servicios gatille un daño a nuestras futuras generaciones y el consumidor actual no pague un castigo presente por este daño, no será posible evitar un sufrimiento catastrófico para la vida en general y los humanos pobres en particular, ya que ellos son los mas expuestos.

Como Chilenos informados debemos procurar que nuestro gobierno exprese a la comunidad internacional nuestra voluntad de endosar un proyecto de impuesto al contenido de carbono de los combustibles fósiles que sea igualitario, global, progresivo y que funcione en paralelo con el actual poco eficiente tratado de Kyoto y su burocrático mercado de bonos de carbono.

Con una tasa global pareja de impuesto al carbono, cada economía deberá hacer un esfuerzo proporcional a su propia emisión per cápita y en un escenario donde la emisión per cápita de los países desarrollados es 4 veces mayor que el promedio mundial.

Nuestros nietos sabrán cuál fue la voz que alzaron sus abuelos en el 2012, cuando ya no hay duda razonable sobre la evidencia científica climática y aún se dispone de unos pocos años para evitar sobrepasar el punto de no retorno, que la ciencia estima ocurre alrededor de las 450 ppm de CO2 atmosférico.

Somos la primera generación en la historia de la humanidad que cuenta con evidencia sobre el daño que nuestra adicción por los combustíbles baratos causa al habitat terrestre, pero también somos la última generación en la evolución del hombre que podrá hacer algo, ya que sin impuesto al carbono, nuestros hijos y nietos vivirán su vida adulta después que el punto de no retorno se haya sobrepasado.

Justamente debido a que la ciencia no puede entregar un diagnóstico libre de incertidumbre, es que debemos actuar ahora. Los cambios que prevé la ciencia son irreversibles en la escala de tiempo de la civilización humana y podrían ocurrir un poco mas lento o un poco mas rápido de lo estimado, pero también podrían ocurrir mucho mas rápido, según parece indicar la aceleración del derretimiento de glaciares y de la acidificación del océano superficial de los últimos años.

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