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El mito del euro y sus costos

por 18 marzo, 2012

Lo más realista es dar por contada la habilidad de las clases ricas para hacer funcionar a la Unión Europea primordialmente como aseguradora de sus riquezas y ambiciones. Y eso requiere del euro.
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La introducción del euro en 2002 iba a significar estabilidad, crecimiento y bienestar económico para los países participantes. Y aunque hubo resistencia, la gente, en su gran mayoría, creyó en el mito del euro. La maquinaria propagandística del Tratado de Maastricht, que creó el euro, tuvo su efecto. Nadie podía imaginarse el descalabro que ocurriría diez años más tarde. Hoy éste no afecta sólo a la periferia del euro, sino también a los países centrales como Alemania y Francia. Pese a ello, volver a las monedas de antaño no es una alternativa realista. El mito del euro es esencial para el capitalismo europeo. Los costos de mantenerlo serán enormes.

En las crisis se ven las cosas que anduvieron mal. En el caso del euro, no han sido pocas. La peor fue que no se conformó, ni lejos, una economía regional más o menos homogénea en términos productivos y sociales. Tampoco surgieron los mecanismos institucionales para encarar los persistentes desequilibrios. La tendencia predominante fue la del consumismo endeudado y la financialización de todas las actividades económicas en beneficio de bancos y fondos de inversión. Algo muy lejano a la sostenibilidad social y ecológica y a las libertades democráticas.

Lo más realista es dar por contada la habilidad de las clases ricas para hacer funcionar a la Unión Europea primordialmente como aseguradora de sus riquezas y ambiciones. Y eso requiere del euro.

El Tratado de Maastricht previó la limitación de las deudas públicas totales de una nación a un 60 porciento de PIB y su crecimiento anual a un 3 por ciento. Desde un comienzo, esta limitación era absurda. Estaba claro que algunas naciones, para lograr homogeneizarse con las de altos ingresos, necesariamente debían endeudarse por sobre esos porcentajes. Y otras debían aportarles los recursos. Fijar una regla única necesariamente significaba someter a la eurozona a una tendencia recesiva permanente, o a que cada gobierno nacional inventase la forma de burlarse de ella. Ambas cosas sucedieron. Durante 10 años el crecimiento económico ha sido pobre, el endeudamiento público gigantesco.

Precisamente este endeudamiento ha llevado al euro a su actual crisis. Y es aquí donde se combinan sus contradicciones con la economía global.

Tanto la eurozona como el capitalismo global han pasado a ser víctimas de una acumulación desmesurada de capital constituido por valores contables, imaginarios, fuertemente desvinculados de su producción real. Desde 2008 esta acumulación ha entrado en una crisis cada vez más aguda. Las razones son conocidas: cantidades estratosféricas de capital se han tornado irrecuperables. Para evitar que su acumulación se paralice, con el consiguiente derrumbe del sistema financiero mundial, los gobiernos de los EE.UU. y de la eurozona (pero también muchos otros) han recurrido a la ficción de una “socialización” del capital, a pesar de que algunos de ellos mismos ya están al borde de la bancarrota.

El mecanismo ha sido la creación de fondos especiales de estabilización y la utilización descarada del crédito público de los respectivos Bancos Centrales. En EE.UU. ha sido el Gobierno Federal, con total complicidad de la Reserva Federal, el encargado de asumir los compromisos financieros respectivos. Los 27 países de la Unión europea han creado, bajo iniciativa de la eurozona, fondos supranacionales: el  European Financial Stability Facility y su sucesor, el Mecanismo Europeo de Estabilización. En cada país de la Unión se ha desatado así una gran controversia respecto a los aportes presupuestarios a ellos, desenmascarando de paso las contradicciones entre los países que están y los que no están en la eurozona (como Gran Bretaña). Mientras tanto, las intervenciones del Banco Central Europeo para refinanciar los bonos de deuda pública de Grecia, España, Irlanda, Italia, Portugal y otros superan en varias veces lo que esos fondos jamás podrán disponer.

La regla fiscal, con la que se pretende enfrentar ahora la crisis del endeudamiento público, reproduce el pecado original de Maastricht. Y se programa un fracaso peor en el futuro. No sólo porque el Banco Central Europeo está transformando en deuda pública trillones de créditos privados irrecuperables. Sino porque, de ser efectivamente implementada, esta regla fiscal será más recesiva que la regla original. Habrá que extraer los ahorros de la población y bajar sus ingresos en el marco de poco crecimiento, o de una abierta recesión, tan sólo para tapar los huecos financieros que se han creado.

¿Qué quedará del euro en el futuro? Para creer en su pronta defunción, como lo hacen muchos, habría que imaginarse una economía europea sin mecanismos de concertación de política económica y de derecho entre los Estados que la envuelven. O sea, un mapa político de Europa muy diferente al actual. Ya sea una vuelta al pasado autoritario de guerras y graves crisis sociales, o una “vista atrás hacia el futuro”, de una unión política democráticamente flexible y pluralista, donde las ideas como la “Islandia de las mujeres” vayan madurado mucho más allá de lo que las propias dottir están planteando para su pequeño país como respuesta a la crisis actual. Ninguna de estas alternativas parece estar en debate para la Europa actual. Más bien, lo más realista es dar por contada la habilidad de las clases ricas para hacer funcionar a la Unión Europea primordialmente como aseguradora de sus riquezas y ambiciones. Y eso requiere del euro.

Esto significa que el mito del euro será vaciado definitivamente de todo su contenido político original. Se pretendía unificar a Europa bajo el signo de la convergencia de bienestar y libertad. En la crisis, lo único que ha contado es el valor del capital privado invertido en deudas públicas y privadas. Que millones de personas, especialmente los jóvenes se queden sin trabajo,  millones de jubilados con pensiones miserables y cientos de miles de enfermos sin los tratamientos requeridos, no cuenta para nada. Rescatar el capital de una minoría invertido en títulos de deuda y en especulaciones financieras, haciendo creer que con eso se protege los ahorros de toda la población, es la forma de hacer pagar a todos los descaros de unos pocos.

El negocio de las deudas públicas y privadas de la eurozona durante el decenio pasado escondió los costos del euro. La crisis actual los hace evidentes. Gigantesca la tarea política de lograr los consensos para cubrirlos. Gigantesco el desastre si no se logra.

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