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El Che y el Principito: ¿Fraternidad en Cuba?

por 20 marzo, 2012

Aunque suene naif, parece que no ya no son los barbudos del Granma, sino que las imágenes de la fraternidad universal quienes quieren subvertir el orden de Cuba.
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Cerca del Capitolio de La Habana, en un barrio donde circulan los Ford 1942 y la gente se moviliza en triciclos hacia la colina, se encuentra un parque algo descuidado, pero pletórico de la vida bullangera de los cubanos: "Parque de la Fraternidad". Un poco más allá comienza la Avenida Salvador Allende hacia la Plaza la Revolución. Hay un modesto museo de trenes. Hacia el mar y el malecón, los portales semiderruidos muestran el viejo esplendor de La Habana. En el bar Florida, la casa del Daiquiri, decenas de “gringos” y europeos se toman la foto con la estatua de Hemingway que parece tomarse un buen ron ad eternum. Un trío canta sones. La calle Empedrado se ve más cuidada, las tiendas oficiales tratan de mostrar modernidad en sus escaparates semi vacíos, mientras la gente se acerca a ofrecer comida en sus casas (los “paradores” aceptados) o alojamiento. Más allá, la ciudad luce renovada, con el plan de restauración que ha contado con el apoyo de España y sus Comunidades (de la gallega a la valenciana); hostales, restaurantes, galerías y libreros en las remozadas áreas de  la Catedral, la Plaza principal y el convento de San Francisco. Regateo con un librero un libro sobre Bartolomé de las Casas escrito en inglés de 1863, la novela Paradiso de Lezama Lima (el escritor gay fiel a la Revolución, que murió en el olvido), y unos viejos cancioneros de la Nueva Trova. Traté de auscultar sus opiniones sobre la coyuntura cubana a los dos cultos viejos libreros (cháchara política, a la chilena). No dan bola, prefieren hablar de Martí y de Antonio Maceo, el héroe negro —como ellos— que luchó por la Independencia en el siglo XIX. Son más martianos que marxistas.

"Lo esencial es invisible a los ojos", se lee en murales de La Habana Vieja, en una esquina detrás del Teatro Nacional, donde la remodelación del casco urbano no llega y la ciudad parece arrasada por un huracán. Al otro costado, hacia el Malecón y la Plaza principal, cerca de la Bodeguita del Medio, otras manos anónimas pintaron al niño rubio de Saint Exupery con su amabilidad y llamado a "crear lazos". El resto de la ciudad sigue pintada por los carteles militantes y militarizados, incluyendo la conocida leyenda de "Patria o Muerte", adornada por un tanque apuntando al norte.

En las calles se habla poco de los Castros o los cubanos cuidan sus palabras en exceso, al menos a la impresión superficial de un visitante primerizo a la Isla, pero sí cantan al Che y en parte a Silvio Rodríguez; los cantores más viejos, sobre los cincuenta. Dos muchachos veinteañeros que se ganan sus buenos dólares cantando boleros a lo Luis Miguel, dicen no saber cantar a Silvio Rodríguez. ¿Verdad o sarcasmos de los muchachos? Nos sentimos desfasados; pensábamos que Playa Girón y Óleo a una mujer con Sombrero eran parte del paisaje, pero no: se oye más reggaetón (sobre todo al grupo estrella, Los Desiguales), los sones y el bolero, así como a la vital Celia Cruz, la ignorada salsera que murió en su exilio en Miami. "Es que queremos que se abracen los primos divididos por la política", me dice un vendedor de búhos tallados en cacho de toros. Otro, se atreve a despotricar, y reclama que “fue un error de los compañeros no dejarla visitar a su madre cuando se moría”. Doña Celia no existe en las guías oficiales sobre la historia y la cultura cubana. Sí están los escritores afines, los trovadores, la gran danzadora Alicia Alonso, los músicos románticos que se descubrieron con el boom de Buena Vista Social Club.

Aunque suene naif, parece que ya no son los barbudos del Granma, sino que las imágenes de la fraternidad universal quienes quieren subvertir el orden de Cuba.

Los jóvenes se ven ajenos a la épica de la Revolución, aunque expresan al unísono la crítica al embargo y a USA, pero a su vez deslizan su molestia porque no pueden acceder a internet (vale cinco dólares la media hora sólo en los hoteles), la vida doble entre quienes ganan en pesos cubanos con un acceso racionalizado a pocos bienes, y los que acceden a los empleos vinculados al turismo, obteniendo CUCs (moneda oficial para extranjeros en paridad con el dólar) con lo cual pueden comprar otros bienes en los mercados para turistas.

Caminando por los claroscuros del país “real”

En el pequeño Barrio Chino la mesera engaña: "Venga aquí que este local no es del Gobierno y tenemos un auténtico chef chino, no como la vecina que es funcionaria del Estado y tiene a un mulato”.

En la calle Empedrado, un cubano nos reconoce por chilenos, y se larga a cantar canciones revolucionarias. Al rato, empieza con los boleros y su prima Yola nos vende por diez dólares su CD con un repertorio en el que solo se canta al amor: “Fui bailarina del Tropicana”, nos dice con bella nostalgia.

Tomamos con mi mujer un taxi viejo, y el chofer relata entre risas: "Le competí al Cadillac 1952 de Fidel, pero llegue segundo…él es el caballo cubano, y no se le puede ganar, chico”. Los cubanos mantienen los viejos vehículos impecables, como maestros innovadores en la precariedad y en el embargo. Como dice un chileno agradecido que estudió en Santiago de Cuba: “Ellos hacen el camino práctico, buscan lo simple en la adversidad, la luz que va adelante y saben vivir bien con poco". El taxista confiesa que le costó mil dólares restaurar su Buick 54 que “lo encontré lleno de pastizales abandonado en el campo, y ahora me da dinero bien para que no falte nada en mi hogar, su casa”.

Un vendedor de fotografías viejas recita a Neruda, a la Mistral, incluso a Óscar Castro. Luego les pregunto a unos niños que saltan en una plaza, y me hablan de Lautaro, de la cordillera, de los mapuches y conocen también a Neruda. La cultura se respira en el país de mejor comprensión de lectura y manejo del lenguaje (junto a Uruguay) en los test que pasan en América Latina instituciones independientes de Europa. La educación y la seguridad son bienes sociales notables, irrefutables. Por una calle apenas iluminada, donde se caen pedazos del Ministerio de la Pequeña Industria a pasos de la Bodeguita del Medio, un "compañero" dice: "Somos pobres, pero aquí no le robará nadie, camine tranquilo”.

Más allá, en las afueras del Hotel Inglés, un tipo distorsionado, me grita: "Deje a su esposa en el
hotel, yo le tengo putas baratas", y luego en el Teatro Nacional, dos señores que dicen trabajar con el sindicato, nos ofrecen a mitad de precio las entradas para la presentación en flamenco del
fantasma de la ópera. Rechazamos el semi robo a las arcas públicas y se escabullen en las sombras. Son síntomas de decadencia casi inevitables en una sociedad con dos mundos, con dos mercados, con sistemas salariales en las antípodas.

Lo más contrastante fue Varadero y una visita a sus cercanías. La playa es notable, de una belleza única y con facilidades para las hordas de turistas centro-europeos que en este tiempo atiborran sus arenas: rusos, checos, polacos, eslovacos, búlgaros. Renta de autos estatal, tours, buceo, restaurantes, shows de salsa, desfile de vehículos para sentirse en los años cuarenta. Dos días paradisíacos, pero dos mañanas sin ducha y sin café en el Hotel Deveauville: "Falló el encargado de mantención, chico", nos explicó una cubana mulata con su mejor sonrisa.

En las afueras de la zona turística conocimos un Consultorio familiar que funciona a las mil maravillas. Cada uno atiende a 200 familias. La gente habla satisfecha del sistema, pero un señor pronto empezó, al ver que éramos chilenos, a defender el “milagro económico de Pinochet”. Nos irritamos, le explicamos los datos macros (crecimiento 3% en dictadura, 6% en democracia) y le detallamos el desastre en salud que dejó la dictadura, los copagos de remedios y la falta de seguro a enfermedades catastróficas… y el cubano pinochetista se entregó: “Ya chico, que aquí entendemos rápido, lo que pasa es que Chile se ve tan fuerte en lo económico”.

La carretera de La Habana a Varadero es impecable, demasiado esplendorosa y bien pintada. Entonces, si el Ché viajó en motocicleta, nosotros nos arrendamos un auto estatal y en vez de enfilar a La Habana, nos metimos por una carretera interior para conocer el país “real”, que nos pareció de una pobreza casi “irreal”: cruzamos por Perico y llegamos a Colón en medio de ciudades devastadas por el colapso económico, con las industrias cerradas. Recordamos Muevan las Industrias de los Prisioneros cuando un muchacho, estudiante de ingeniería y trabajador part time en los hoteles, relató la precariedad de su familia, ex trabajadores de ingenios azucareros cerrados en los últimos años. El mismo joven, sin embargo, agradece que “la universidad es de buen nivel y enteramente gratis”.

En Colón la crisis económica es evidente. Sólo se movilizan en triciclos y carretas a caballo, como si fuera un mundo Amish comunista. Hay basura, calles de tierra, y literalmente, todos los  edificios están derruidos, como si la mística revolucionaria no hubiera existido nunca, aquella del trabajo voluntario y el construir un futuro; el desgano, el abandono y la precariedad sin excusas. En Colón se entiende por qué Raúl Castro quiere emprender algunos cambios económicos, pero sin democratización ni apertura al multipartidismo, como lo reiteró hace poco: "No aceptaremos en suelo cubano partidos pagados por el Imperialismo". El bloqueo sigue animando el combustible de revolución y nacionalismo que es parte de Cuba, en su propio amor a Martí y a los héroes de la Independencia. Pero en Colón se nos acerca gente y dice su rabia: “No tenemos miedo, ya ni siquiera funcionan los comités de defensa de la Revolución”.

La silenciosa apertura y construcción de esfera pública de opinión

No hay apertura explícita, pero si distensión; se oyen críticas y se observa una mayor tolerancia a la oposición, tras la lucha de las Damas de Blanco por liberar a los presos políticos, la presión de Europa y los buenos oficios de la Iglesia Católica, con la cual el Gobierno mantiene buenas relaciones, y ahora espera la visita de un segundo Papa: Benedicto XVI. Se han liberado a la mayoría de los presos de conciencia, muchos cubanos que firmaron el llamado Documento Varela en favor de una transición Democrática. La Comisión de Derechos Humanos tolerada en la Isla, reconoce como positivo la liberación de presos políticos, aunque en sus informes se indica que han aumentado las detenciones preventivas de disidentes por algunas horas en comparación al año anterior (de 300 a 500 casos mensuales).

Sin embargo, se nota algo de deliberación, crítica y construcción de espacio público, en una suerte de perestroika caribeña. Nada en el híper oficialista Granma (los Castros, Chávez, campañas, porque USA libere a cinco cubanos acusados de espionaje… y béisbol, mucho béisbol). Sin embargo, en los otros dos medios llama la atención las cartas al lector con abiertas críticas a los burócratas insensibles que no solucionan problemas en viviendas o servicios. Así se queja la columnista Alina Perera en lo que llama “La peligrosa tentación del churro” (Juventud Rebelde, 19 de febrero). El diario juvenil incluye también una entrevista a la Contralora que habla de la corrupción. Por su parte, en el periódico Tribuna de La Habana se queja contra “los irresponsables administradores del Agro Mercado que no retiran la basura”, generando focos de contaminación por dengue. Estos espacios tienen mayor impacto que la actividad de las afamadas bloggeras disidentes como Yoani Sánchez —a quien en estos días no se le dejó por enésima vez salir de Cuba a recibir un premio—, debido a las altas restricciones al internet, bien escasísimo.

Los puentes entre oficialistas críticos y disidentes moderados

Regina Cayola, bloggera notable –quien se presenta como una ex miembro de la contrainteligencia del propio Gobierno cubano– se ríe que de las miles de visitas a su blog, casi todas son del extranjero: “Tengo apenas 600 de la isla, y me imagino que la mayoría de mis ex colegas de los servicios de seguridad”. Esta semana escribió de las reflexiones de Chomsky sobre la manipulación. Ella viene de la izquierda y se hartó del régimen, pero desea un cambio pacífico: “Me alegro que los hijos de muchos revolucionarios y miembros del Partido Comunista promuevan la apertura y ocupen espacios cada vez más abiertos para producir debates sobre el futuro de la isla. El grupo "estado de sats" (el silencio de un actor previo a su actuación), se ha atrevido a producir debates en lugares públicos de economía, política, transformaciones necesarias”….Es la voz de los que no son de la vieja guardia revolucionaria ni de las familias burguesas en su diáspora en Miami. Regina es casada con el afamado escritor Rafael Alcides, con quien compartimos lazos con la ciudad de Logroño en España, quien se alegró del Premio Cervantes a Parra, y cuenta anécdotas de las censuras contra él y Neruda realizadas en los años 60s del siglo XX. Fue fundador de la Unión de Artistas y Escritores de Cuba, que luego devino en comisariato político de corte estalinista. "Parra, al igual que Alan Ginzberg, se enamoró y se perdió unos meses en los pueblos de la Sierra, no precisamente recorriendo los senderos del Che y Cienfuegos”, dice con ironía, negándose a confesar el secreto de la musa de Nicanor: "Estamos viejos, pero aún vivos", ríe.

Alcides en su Memorias del Porvenir —uno de los tres textos que le publicaron en España y no se editan en Cuba (“me vino a ver el ministro de Cultura, pero no imprimen mis libros”)— hace un relato de la desilusión de quienes fueron protagonistas de la Revolución y luego se volvieron críticos, sin por ello desear el capitalismo salvaje: "lo nuestro era en favor de una revolución humanista y moderna, donde hubiera libertad". Él y su esposa reconocen los logros en dar servicios sociales, educación y salud, a todos. "Es la base desde lo que debe construirse lo nuevo", dicen. Pero deploran la falta de oportunidades, la represión o "invisibilidad" de aquello que no es adicto al castrismo.

La fraternidad es el sueño doloroso de Rafael Alcides, que lo verbaliza con toda el alma en una Carta Pública a la llegada de un nuevo año, y que es el epílogo de sus Memorias del Porvenir:

Acuérdate que en Cuba están presos por hablar, por haberse atrevido a decir lo que piensan, cubanos que no pusieron bombas, ni planearon atentados… excepto en el manejo de una propaganda para pedir una transición pacífica hacia la democracia… Acuérdate que Fidel lleva cincuenta años hablando con los medios extranjeros… Y acuérdate de los cautivos pertenecientes a los que en otros países se llamaría “oposición”… acuérdate, 2009, de los cubanos que quisieron salir y ver el mundo, comprobar personalmente que la Tierra es redonda”… No queremos turrones, ni vinos, ni fuegos artificiales… queremos la alegría del reencuentro, tan esperado, tan soñado. Queremos bien unidos, como se estaría en un haz, en un puño o en una gavilla, ser, existir allí de nuevo, padres e hijos, hermanos y hermanas, como si el tiempo no hubiera pasado.

Los Cayula-Alcíades, como miles y miles de personas educadas, son un verdadero “centro político” que podría aportar a reconciliar la Isla y lograr la síntesis de revolución y democracia, como ancho espacio intermedio entre la dialéctica de sordos entre “gusanos (exilio de línea dura pro embargo)” y castristas.

Ellos no difieren en el fondo de muchos que están en el régimen, como un amigo periodista que me pide anonimato (es contradictorio su temor de quien es parte de los que detentan el poder y el monopolio del papel impreso), y reiteran la misma música: la única alternativa es no volver atrás, mantener los logros sociales, pero salir de la crisis económica y avanzar a la democracia con gradualidad, sin que los de Miami arrasen y persigan a quienes han crecido con la Revolución, ni los arrojen de las casas que usan”. Son muchos; critican, pero valoran la vida tranquila, sin
violencia, sin narcos, barata (aunque modesta), potencia deportiva mundial (el pequeño gigante de diez millones que se encara frente a los 300 millones de USA)... es el país construido por sus padres que tuvieron educación a diferencia de sus abuelos, peones y obreros de la vieja Cuba de Batista, de latifundio y empresarios que reprimían los sindicatos.

La visión crítica-valorativa desde la izquierda

Sectores de la izquierda, que creen en el sueño socialista, no pueden soslayar la difícil situación en lo económico, lo político y lo cotidiano. El sociólogo Carlos Figueroa Ibarra, radicado en Puebla y prolífero autor de libros sobre la izquierda latinoamericana, en sus escritos que titula Rebelión, relata así la llegada del nuevo año en su popular barrio de estibadores de La Habana:

Año nuevo en La Habana. Momentos después de las doce de la noche del 31 de diciembre de 2011 y luego de abrazar a mis seres queridos, he salido al portal de la vetusta casa que habita mi familia política en el barrio de Luyanó. La gente del barrio también ha salido a los portales y balcones de las casas decrépitas que recuerdan una belleza ya ida. Algunos tiran cubetadas de agua hacia la calle para espantar a los malos espíritus y para que el año nuevo sea propicio. La música de salsa retumba en todo el vecindario, mientras es posible escuchar los 21 cañonazos con los cuales se saluda al nuevo año desde la Fortaleza de La Cabaña.

Luego relata cómo dos jovencitas, seguidas por la vecindad, dan vuelta a la manzana con una maleta, esperando que en el 2012 sí les salga en viaje a USA. Figueroa reconoce los “errores de conducción de la dirigencia cubana que explican estas limitaciones económicas”, aunque luego embiste, “pero me parece un análisis ideologizado, soslayar que esas dificultades proceden sustancialmente del bloqueo terrible al que ha sido sometida la isla desde Washington”. Sin embargo, en sus columnas reconoce que Raúl Castro impone aperturas que plantearon economistas y dirigentes del PC que fueron hace 17 años defenestrados. El balance del camino chino (liberalismo económico, pero sin sindicatos fuertes y sin democracia), es complejo: “De todos modos hoy en Cuba el reino de la necesidad se está imponiendo. Miles y miles de cubanos se están registrando como cuentapropistas y miles también se están dando de baja porque no hay materias primas accesibles o porque simplemente sucumben a las leyes del mercado y no tienen éxito en sus microempresas”.

Los partidarios de la Revolución quisieran un cambio político, pero temen la llegada del poder de la derecha de Miami. No hay construcción de diálogo y el Gobierno pierde la opción de hacer cambios con los movimientos internos en una transición o apertura gradual. Figueroa es lapidario:

En Cuba ciertamente existe un régimen férreo. Se observa lo que alguna vez dijo San Ignacio de Loyola “En fortaleza asediada cualquier disidencia es traición”. Por ello, pese a las opiniones críticas de algunos lectores, la prensa cubana repite básicamente las verdades oficiales. No existe una democracia multipartidaria. El nivel de consenso hacia el régimen probablemente haya bajado después del derrumbe soviético que acrecentó las privaciones. Pero la oposición al régimen en Cuba es minúscula, oportunista en muchos de sus integrantes y además está infiltrada por la seguridad del Estado.

Incomodidad en la izquierda, la cual con sinceridad quiere mantener el país donde la utopía de un modelo alternativo al capitalismo ha sido posible, donde son universales derechos humanos sociales básicos, pero donde la precariedad y la mano “férrea” ahogan la propia utopía. El sueño perdura: “El Che imaginó al hombre nuevo en una Cuba en el que coexistía el capitalismo con el socialismo real. Se esperaba que este último con todos sus vicios ganara la batalla. Hoy Cuba es una isla que sigue buscando una sociedad justa contra un planeta neoliberalizado y lleno de infamias”.

¿Es naif hablar de Fraternidad en Cuba?

Cuatro días en Cuba, una mirada superficial, sin duda. Domingo en la mañana, recorremos el barrio nuevo, hasta la Marina Hemingway. El hotel en su nombre es un moderno hospital para extranjeros. De regreso, conocemos Miramar y el ensanche de los años 1950. Una ciudad
bien organizada, que tuvo (tiene) una clase media importante. A boca de jarro nos encontramos  con la famosa marcha de todos los domingos de las Damas de Blanco. Se las tolera. Nadie les hace muestras vivas de apoyo ni tocan las bocinas, pero tampoco nadie las maltrata. Es la Iglesia Santa Rita, "abogada de los imposible", reza el cartel. Nos bajamos a mirarlas.  En la Plaza frente a la Iglesia, con árboles majestuosas de escenario, una mujer negra, —“Berta, nuestra nueva líder”, nos explican— da cuenta de las actividades de la agrupación en toda la Isla, fustiga a quienes quieren instrumentalizar su lucha, denuncia arrestos preventivos, pero cuenta una historia que no es trivial y habla de la apertura y la ansia de dialogo que quieren la mayoría de los cubanos. Una historia que nos vuelve al Parque de la Fraternidad: en un pueblo un policía amenazó de muerte a un disidente, ellas se quejaron a los superiores y a la Justicia, y el policía fue sancionado. ¡Esa es otra victoria democrática¡

Al tomar nuestra ruta hacia el centro nos detuvo un policía, sentimos miedo, pero nada: de manera impecable nos pregunta “¿de qué país nos visita?”, y luego educa advirtiendo que giramos en un bandejón a la izquierda lo “que está prohibido en la Isla”. Nos reímos y nos deja pasar: “Pensábamos que en la Isla se podía ir a la izquierda”.

Algo ocurre en Cuba, un estado profundo de "sats". En un bar de jazz en el Vedado, se agolpan los gringos ("Obama liberó los viajes especiales de iglesias y universidades, y hay operadores que nos traen", confiesan): en una pared está el Che, el legendario grupo cubano Irakere, más allá Louis Armstrong, y nuevamente, una mano invisible (no la del capitalismo) puso esa imagen del Principito que le dice al zorro “quiero ser tu amigo”. Aunque suene naif, parece que ya no son los barbudos del Granma, sino que las imágenes de la fraternidad universal quienes quieren subvertir el orden de Cuba.

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