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Educación: la homofobia nuestra de cada día

por 27 marzo, 2012

Educación: la homofobia nuestra de cada día
Si en este país la clase política no ve la violencia simbólica de nuestro sistema escolar que favorece la lógica darwiniana por sobre la democrática, menos verá la lógica homofóbica ─tan darwiniana y violenta como la otra─ que comprende la superioridad de la heterosexualidad por sobre la homosexualidad, la bisexualidad o la transexualidad ya presente en el sistema educativo. Si en este país la clase política apenas puede hablar de aborto, menos podrá hablar de orientación sexual libre y digna.
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La tragedia de Daniel Zamudio debe hacer reflexionar a la ciudadanía chilena respecto a la calidad de su democracia y su educación.

Desde hace algunos años en todo el mundo la ciudadanía ─el movimiento ciudadano─ se ha revitalizado respecto a una clase política anquilosada en una parafernalia organizacional y en un modus operandi interesado en mantener cuotas de poder o granjerías mezquinas. En todas partes se ha sentido que la clase política no responde a las expectativas y a la conciencia que la ciudadanía tiene respecto a su propio devenir democrático.

Sin embargo, en esto debemos ser claros. No son sólo los temas de la desregulación del lobby empresarial, la desigualdad en la distribución de la riqueza, las mega colusiones empresariales, la Constitución autoritaria pro neoliberalismo o la mala calidad de la clase política post dictadura, no son solo esos graves temas, digo, los que deben hacer pensar a la ciudadanía chilena respecto a la calidad de su propia democracia.

También es la calidad de ciudadanos que se da en su sistema educativo. Tanto para aquellos que tienen éxito en este particular sistema educativo, como para los que fracasan.

La evidencia internacional demuestra que se trata de hostigamiento, entre otros, contra los estudiantes homosexuales o que son vistos como homosexuales, porque no responden a los cánones típicos del “macho” o la “señorita” (por ejemplo, jóvenes que no gustan del fútbol o señoritas que gustan de jugar al fútbol).

Calidad de la educación no significa mejor puntaje en la prueba SIMCE o en la prueba PSU. Mejorar la calidad de la educación no significa agregar un nuevo SIMCE en segundo básico para que el sistema se estrese ─en la “sana competición”─ ya en los primeros niveles de enseñanza. Mejorar la calidad de la educación no significa disminuir las horas en Historia, Filosofía, Arte o Educación Tecnológica para aumentar las horas de entrenamiento en razonamiento lógico-matemático o comprensión lectora.

Más grave aún. Mejorar la calidad de la educación no significa pauperizar el sistema público de enseñanza a favor de la administración gerencial-privada del sistema particular subvencionado.

Cualquier democracia con un sistema educativo sano posee una fuerte y robusta educación pública que asegura, no sólo sujetos con conocimientos mínimos curriculares, sino sobre todo, con valores republicanos, laicos y actualizados al devenir de los tiempos, que no es otra cosa que el devenir de la propia conciencia ciudadana.

Una democracia robusta y sana es una democracia con un sistema educativo público potente y de calidad. No hay otra receta. La simbiosis entre democracia y educación es tan antigua como el descubrimiento del fuego.

Ahora bien, luego de perseguir y castigar a los culpables en la tragedia de Daniel Zamudio ¿qué más vamos a hacer? Vamos a pujar por la Ley Antidiscriminación. Llamaremos a esa ley, sin duda, la “Ley Zamudio”. Muy bien. Pero qué más. ¿Vamos a entregar a este sistema educativo la responsabilidad de formar a los futuros ciudadanos en el respeto de las orientaciones sexuales?

No es sólo cuestión de respeto de orientaciones sexuales lo que percibimos en la tragedia de Daniel Zamudio. Es también eso, no se puede negar. Pero es sobre todo lo que hay detrás de la negación de ese respeto. Es la perversa conciencia que pueden poseer algunos individuos al considerarse superiores a otros a causa ─en este caso─ de su heterosexualidad. La conciencia de “macho” es homologable a la conciencia de pureza y de superioridad racial, cultural, y moral.

Por ello, la pregunta respecto a quién vamos entregar la responsabilidad en la formación de futuros ciudadanos respetuosos de las orientaciones sexuales, se vuelve más aguda, cuando descubrimos que nuestro sistema educativo chileno es uno igual de perverso ─cualquier descripción lo podría mostrar rápidamente─ que crea, performativamente y por osmosis, la conciencia de que en nuestro país existen ciudadanos de primera categoría y de segunda o tercera categoría: “el que tiene” y “el que no tiene”.

El que tiene “ganará” siempre en el SIMCE y en la PSU. Se domesticará o adquirirá conciencia de winner. Hablo de este sistema. Y el que no, o se las ingenia o deserta de la espiral sistémica de nuestro modelo educativo, como desertores eran los criminales que atacaron sin miramientos a Daniel Zamudio. En nuestro país es la familia la que tendrá que preocuparse de la educación moral y ciudadana de las nuevas generaciones: la escuela no está para eso. Está para producir rendimiento.

Ahí el problema. Es la misma escuela, el mismo uniforme escolar, la misma insignia que se usa en la chaqueta, los mismos útiles escolares, en fin, es el sistema escolar mismo que, de suyo, corroe la posibilidad de una conciencia democrática sana.

No es una exageración. La violencia simbólica de nuestro sistema escolar es aquello con lo que todos los días convivimos, más aún, cuando correlacionamos los resultados de las pruebas estandarizadas con el ingreso económico familiar.

Pero no es sólo el sistema el violento. Es también lo que pasa en su interior.

Según el último “Dictionnaire de la violence” (PUF, 2011), la homofobia no sólo revela un aspecto psicológico de miedo o aversión contra los homosexuales y la homosexualidad. La homofobia es también un sistema que establece una jerarquización social, cultural y política de la orientación sexual que sugiere la inferioridad de la homosexualidad respecto a la heterosexualidad.

De acuerdo a la última “Encuesta Nacional de Violencia Escolar” del Ministerio del Interior realizada el año 2009 sabemos que aumentó significativamente la proporción de estudiantes que se declaran víctimas de hostigamiento permanente y discriminación, este aumento, en relación a la encuesta anterior realizada el año 2007. Pasamos de un 11,0% a un preocupante 14,5% (N=47.273, estudiantes de las tres dependencias administrativas).

Sin duda son cifras preocupantes, pero más inquietante aún es comprobar que donde más aumentó la proporción de estudiantes que se declaran víctimas de hostigamiento permanente y discriminación, fue en nuestra alicaída Escuela Pública Municipal: aumentó de un 12,2% a un preocupante 17,2%. En los establecimientos Particulares Subvencionados aumentó de 10,3% a 13,0%; y en los Particulares Pagados de un 8,1% a un 10,0%.

Sin embargo, a pesar de que sabemos que existe discriminación y hostigamiento en el sistema escolar chileno, a pesar de que sabemos que esa discriminación va en aumento preocupantemente, no sabemos de qué tipo de discriminación se trata. Las cifras oficiales de la Encuesta del Ministerio del Interior no nos aportan datos finos.

La evidencia internacional demuestra que se trata de hostigamiento, entre otros, contra los estudiantes homosexuales o que son vistos como homosexuales, porque no responden a los cánones típicos del “macho” o la “señorita” (por ejemplo, jóvenes que no gustan del fútbol o señoritas que gustan de jugar al fútbol). Es lo que se conoce como “bullying homofóbico”, donde homofobia es fundamentalmente una categoría que interpreta a quienes se sienten superiores socialmente por su heterosexualidad.

Si en este país la clase política no ve la violencia simbólica de nuestro sistema escolar que favorece la lógica darwiniana por sobre la democrática, menos verá la lógica homofóbica ─tan darwiniana y violenta como la otra─ que comprende la superioridad de la heterosexualidad por sobre la homosexualidad, la bisexualidad o la transexualidad ya presente en el sistema educativo.

Si en este país la clase política apenas puede hablar de aborto, menos podrá hablar de orientación sexual libre y digna.

Qué decir en los colegios… Vade retro! Satanás!

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