jueves, 18 de octubre de 2018 Actualizado a las 09:55

Autor Imagen

La respuesta de Cristián Boza

Es muy probable que la creencia de fondo que anima a Cristián Boza sea la causa de varios de los problemas que nos aquejan en Chile hoy: evitar el control ciudadano en temas de interés público, dejándole la política urbana, energética y de derechos humanos a los expertos y a los técnicos.
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

Hace pocos días se dio una calurosa polémica en el diario El Mercurio motivada por una columna de Cristián Warnken, “Los gigantes egoístas”. El autor puso el dedo en la llaga, valientemente, al denunciar con todas sus letras la falta de sentido público de proyectos como el mall de Castro, el Costanera Center y “la presuntuosa y disruptiva casa central de una universidad privada frente a la tradicional y arquitectónicamente noble Facultad de Derecho de la U. de Chile”. Estaba hablando, por supuesto, de aquella impúdica mole desescalada que puede verse desde Plaza Italia: la Universidad San Sebastián.

El presidente del Colegio de Arquitectos, Luis Eduardo Bresciani, en una carta al director aplaudió la columna de Warnken, pues va “al fondo del asunto sobre nuestra histórica incapacidad nacional de conjugar emprendimiento y bien común cuando está en juego la calidad de vida de los habitantes de nuestras ciudades”. El arquitecto Cristián Boza, responsable del edificio de la San Sebastián, salió a defender su proyecto con una carta rotundamente falaz.

En su carta, Boza descalifica la validez de los conocimientos de arquitectura y urbanismo que posee Warnken para juzgar la obra, los mismos que Bresciani apoya como una importante invitación a la reflexión. Si siguiéramos el razonamiento de Boza, el debate sobre asuntos de interés público estaría restringido a los profesionales expertos y a los académicos en sus respectivas materias. Sin embargo, la arquitectura y el urbanismo, ya que influyen directamente en la vida de todas las personas que habitan un mismo espacio (una ciudad, un pueblo, un poblado), han de someterse a la opinión y crítica de todos a quienes afectan.

Es muy probable que la creencia de fondo que anima a Cristián Boza sea la causa de varios de los problemas que nos aquejan en Chile hoy: evitar el control ciudadano en temas de interés público, dejándole la política urbana, energética y de derechos humanos a los expertos y a los técnicos.

Es muy probable que la creencia de fondo que anima a Cristián Boza sea la causa de varios de los problemas que nos aquejan en Chile hoy: evitar el control ciudadano en temas de interés público, dejándole la política urbana, energética y de derechos humanos a los expertos y a los técnicos. La libertad que algunos profesan no puede consistir únicamente en que se permitan hacer los proyectos que queramos, sin interferencia del Estado o de terceros; la libertad también implica la posibilidad de participar o de decir algo acerca de los proyectos que nos afectan.

Pero hay más. Dice Boza: “El presidente del Colegio de Arquitectos, no debería manifestar sus acuerdos o desacuerdos, respecto de un edificio diseñado por un miembro de la orden, y lo más curioso aún, sin conocerlo. El principal gesto de este edificio es justamente la gran "loggia" transparente que celebra la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, localizada enfrente. Dicha "loggia" acristalada tiene 11 pisos de altura y desde su interior, mediante una gran gradería, los más de 3 mil alumnos pueden apreciar la obra de Martínez, configurando un diálogo recíproco entre ambos edificios y produciendo un gran episodio urbano que remarca el acceso al Barrio Bellavista”.

¿Por qué Bresciani, incluso en tanto que presidente del Colegio de Arquitectos, no debería manifestar su desacuerdo? ¿Sólo porque Cristián Boza es parte de dicho colegio? ¿Necesita Bresciani, por otra parte, conocer el edificio “por dentro” para denunciar que éste es un símbolo del actual ego empresarial y profesional? Nada de esto se encuentra justificado.

Boza, de manera muy creativa, dice que su obra celebra (sic) la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile. La manera en que da vuelta la tortilla reposa en la manida expresión “diálogo”. Este diálogo, a su juicio muy benigno, produce “un gran episodio urbano que remarca el acceso al Barrio Bellavista”. La pregunta obvia es por qué se trata de un gran episodio urbano y no un horrible contraste que delata, antes que nada, el egoísmo prepotente de sacar el máximo provecho de cada metro cuadrado que autorizó para construir —en mala hora— la Municipalidad de Recoleta.

¿Una vista espléndida que honra a la Universidad de Chile para algo más de tres mil alumnos? Dicho así, nada impediría que este inaudito observatorio hubiese sido aun más grotesco con tal de enaltecer a la Escuela de Derecho, descontando por cierto el modo en que el edificio aplastó a la bella iglesia que está a su costado derecho.

Los lectores de la carta que registraron sus comentarios estuvieron —cosa rara en un blog— todos de acuerdo. Dice Raimundo del Real: “La lectura de la carta de Boza me trae el recuerdo de un artículo que leí hace algún tiempo sobre la "traición de los arquitectos", referida a aquellos profesionales que están más preocupados de generar negocios en lugar de contribuir a hacer verdaderamente ciudad”. Dice Juan Aninat: “El edificio en cuestión ahoga la Escuela de Leyes de la Universidad de Chile. Es cosa de abrir los ojos. Por favor, señor Boza”.

Constituimos una comunidad de iguales con derecho a participar en las decisiones que nos afectan a nosotros y a generaciones venideras, participación que debe ser abierta, no cerrada únicamente a los técnicos y a los expertos. Sin embargo, al participar, debemos dar razones de nuestros dichos, razones que deben cumplir con un estándar mínimo de justificación, algo que, como se ha visto, Cristián Boza ha estado lejos de hacer.

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV