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Tere Marinovic: la desigualdad sí es un problema

por 2 abril, 2012

Es una estupidez pensar, o incluso querer, igualarnos todos en todo. Ni la naturaleza lo permite, ni tampoco se pretende acabar con la inconmensurable diversidad humana, aquella que ha permitido el desarrollo de buenas ideas, emprendimientos e innovaciones. La desigualdad que es problemática tiene relación con persistentes diferencias escandalosas entre personas, que otorgan libertades para vivir totalmente distintas, y lo que es más grave, que perpetúan privilegios y miserias en distintos grupos.
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Esto de que la desigualdad es un problema no es una canción pegajosa que en algún momento —y por desgracia para Teresa Marinovic— empezó a ser tarareada cada vez más en las calles y en las radios. No es tampoco una idea loca que por rebeldía o ideología de izquierda aparece de vez en cuando: aspirar a sociedades con más igualdad representa una de las claves del ideario moderno occidental, presente con fuerza política desde la Revolución Francesa, y en amplia conexión con los proyectos de democracia y de desarrollo contemporáneos.

Antes del Libertad, Igualdad y Fraternidad, Rousseau se ocupó de investigar el origen de la desigualdad entre los hombres. Uno de sus argumentos centrales estriba en que, al comparar al hombre en una situación ficticia de estado natural (en condición salvaje, en ausencia de gobiernos, leyes e instituciones) con el hombre en estado doméstico (o actual), se ve cómo el progreso, alentado por la capacidad de perfeccionarse, y por las constantes comparaciones entre las personas —en busca de mayor estima pública—, ha devenido en derechos de propiedad, formas de organización y de orden social que permiten diferencias abismantes en modos de vida, haciendo que muchas diferencias pasen por naturales, cuando en verdad son obra sólo de la costumbre y de los diversos tipos de vida que llevan los hombres en sociedad. Según Rousseau, la desigualdad natural aumenta en la especie humana por la desigualdad de educación.

Es una estupidez pensar, o incluso querer, igualarnos todos en todo. Ni la naturaleza lo permite, ni tampoco se pretende acabar con la inconmensurable diversidad humana, aquella que ha permitido el desarrollo de buenas ideas, emprendimientos e innovaciones. La desigualdad que es problemática tiene relación con persistentes diferencias escandalosas entre personas, que otorgan libertades para vivir totalmente distintas, y lo que es más grave, que perpetúan privilegios y miserias en distintos grupos.

Con esto no se manifiesta un determinismo natural, ni una tendencia invariable, ni tampoco el anhelo de volver a un estado salvaje, sino sólo que determinados modos de desarrollo y convivencia que ordenan nuestro espacio social, y que muchas veces se respaldan a través de leyes, de instituciones y de autoridades, permite que ciertas diferencias se naturalicen, pareciendo inevitables o irreversibles, o bien se morigeren, reduciendo diferencias o arbitrariedades. Esto depende del modelo de sociedad que caracteriza a cada país.

Es una estupidez pensar, o incluso querer, igualarnos todos en todo. Ni la naturaleza lo permite, ni tampoco se pretende acabar con la inconmensurable diversidad humana, aquella que ha permitido el desarrollo de buenas ideas, emprendimientos e innovaciones. La desigualdad que es problemática tiene relación con persistentes diferencias escandalosas entre personas, que otorgan libertades para vivir totalmente distintas, y lo que es más grave, que perpetúan privilegios y miserias en distintos grupos, haciendo que unos casi aseguren una vida afortunada sin tener necesariamente mérito, mientras otros deban prepararse para circunstancias aciagas, aunque estén dispuestos a esforzarse y luchar hasta el último día de sus vidas (o “ejercer positivamente su libertad”, como diría Marinovic). Esta desigualdad es la que afecta a nuestro país. Esta desigualdad sí es un problema.

La desigualdad a veces es interpretada como inequidad, aunque ello implica un criterio de exigibilidad distinto. Inequidad alude a una desproporción, donde cada uno recibe lo que debiera recibir. Tiene una connotación normativa, pregunta por lo justo o injusto de lo que se recibe respecto de lo que se merece. El problema es que estamos lejos de encontrar un consenso para fijar qué es lo justo que merece recibir cada persona, más aún en sociedades como la nuestra, donde el criterio de mercado no admite opiniones sobre la fijación de salarios. ¿Es equitativo que casi el 80% de los trabajadores obtenga menos de $350.000? (Encuesta ENETS, 2011) ¿Esto se debe sólo a “malas regulaciones del Estado”? Basta con observar cuánta polémica ha generado por años en el debate nacional la posibilidad de un “ingreso ético”, que efectivamente permita subsistencia y desarrollo de una familia, para entender que la aplicación de un criterio de justicia en las desigualdades implica una fuerte cesión de las ganancias por parte de los más privilegiados, quizás más de lo que la sociedad chilena estaría dispuesta actualmente a asumir.

La histórica desigualdad que nos caracteriza incluso no necesita ser refrendada con estadísticas para que se reconozca como un fenómeno convincentemente grave y dañino: dificulta el crecimiento económico, desaprovecha las potencialidades y talentos de las personas del grupo más pobre, dificulta la participación, aumenta el riesgo de que los peor ubicados sean menos considerados en la toma de decisiones públicas (al tener una incidencia política menor), genera conflictos que atentan contra la paz social, alienta prejuicios y distancias sociales entre los dos extremos de la sociedad, facilitando discriminaciones semánticas y estereotipos sociales (Cuico v/s Flaite), y permite la coexistencia de modos de vida radicalmente distintos bajo un mismo país, con distinta infraestructura, distinta calidad de servicios y distintas necesidades, haciendo que para más de la mitad de Chile, el desarrollo, la calidad de vida y las oportunidades sean temas tan alejados de la vida cotidiana como la diferencia en tamaño entre la gran torre de la Costanera y una mediagua.

La desigualdad sí importa. No es normal, ni aceptable, ni equitativo ni igualitario que existan todavía 30 mil familias en campamentos, que los jóvenes de menos ingresos obtengan siempre menos puntaje en la PSU, que el 5% más rico de la población genere ingresos autónomos 830 veces mayores que el 5% más pobre (medido en ingresos autónomos) y que las mujeres reciban sostenidamente menos ingresos que los hombres frente a un mismo trabajo. No hay democracia que no se resienta ni poder que no se desequilibre con ese panorama. La desigualdad sí es un problema.

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