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Por qué un general quiere legalizar las drogas

por 13 abril, 2012

El debate viene para quedarse y obliga a salir de los esloganes y buscar salidas intermedias, pragmáticas y enfoques integrales (el soporte espiritual y comunitario para controlar la angustia y la ansiedad, epidemia de los tiempos). El análisis comparado, la evaluación de los costos y beneficios, los estudios científicos, la diferenciación, la experiencia acotada, la corresponsabilidad de los grandes consumidores (USA y Europa), parecen ser coordenadas obvias.
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El derechista presidente de Guatemala, general Otto Pérez Molina, ha propuesto que EE.UU. legalice parcialmente las drogas y se haga cargo de su problema psico-social (la adicción), sacando a Centro América de la violencia del narco tráfico. El Gobierno de Obama reclama. El presidente izquierdista de El Salvador, Mauricio Funes, se desdice de su declaración con Pérez y hace lobby contra la idea de abordar el debate en los foros internacionales (propuesto, entre otros, por los ex presidentes Oscar Arias, Ricardo Lagos y el mismísimo mexicano Fox). El General sigue impertérrito ante las advertencias gringas; él sabe de guerras.

Petén (Guatemala), Yucatán (México): Los Jinetes de la Muerte galopan, sobrevuelan las selvas con sus helicópteros, asustan con sus caravanas de autos polarizados, posan sus aviones en aeropuertos militares y carreteras silenciosas, manejan una flota de lanchas rápidas por el Golfo de México hacia USA. Un grupo de narcos va a saldar deudas con otro finquero en las planicies ganaderas del Petén, no lo encuentran, pero deciden matar a treinta campesinos, y escribir con la sangre de una de sus víctimas un mensaje al “deudor”. Es la guerra de los Zetas, desertores de los grandes carteles del Golfo, de Tijuana a Sinaloa, de Acapulco a Guadalajara,  los “sargentos” que han crecido como hongos tras los huracanes en el trópico.

Corrompen  por persuasión o amenaza todo; policías, jueces, políticos, migraciones, aduanas, medios de comunicación…Si no se les obedece, terminas cortado en trozos y arrojado al portal de la Gobernación de Cobán (Alta Verapaz), como un joven fiscal que no “quiso ayudar”.

El debate viene para quedarse y obliga a salir de los esloganes y buscar salidas intermedias, pragmáticas y enfoques integrales (el soporte espiritual y comunitario para controlar la angustia y la ansiedad, epidemia de los tiempos). El análisis comparado, la evaluación de los costos y beneficios, los estudios científicos, la diferenciación, la experiencia acotada, la corresponsabilidad de los grandes consumidores (USA y Europa), parecen ser coordenadas obvias.

Los rumores decían que Turcios aportaba a las campañas de todos los principales candidatos, por lo cual era un intocable ante los poderes guatemaltecos, hasta que cometió el error de ir un fin de semana a las paradisíacas playas de la vecina Belice, donde fue capturado por agentes de la DEA.  Es el  magnate de planta palma africana por miles de hectáreas, contra la opinión de líderes indígenas (mayas quebchíes) y ecologistas por suplantar la selva tropical y la milpa (cultivo del maíz) por un monocultivo invasivo.

En Yucatán, como el Petén, las élites que no han entrado al “negocio”, junto al sector hotelero, buscan mantener la paz y evitar la fuga de turistas de Tikal, Cancún o Tulún; no quieren la decadencia de Acapulco, donde las mafias se matan en las calles y extorsionan barrio por barrio, negocio por negocio. Se declaró el Estado de Sitio en las postrimerías del gobierno de Álvaro Colom. Militares y policías cuidan con un retén la principal carretera. Se desclasifica un video de los narcos haciendo una exposición de caballos finos en el recinto militar de Cobán. En la calle se cuenta un chiste: “Se construye la mega carretera de la Franja Transversal del Norte para que los aviones y helicópteros de los narcos tengan la ruta más fácil”.

Policías chilenos, uruguayos, costarricenses, que trabajan en la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala, CICIG, han aportado a detener y mandar a prisión a ex presidentes (Portillo), jefes de la policía y ex ministros de Gobernación, incluyendo a algunos grandes narcos que al meterse en otros negocios ilegales (casinos, trata de blancas, extorsiones, sicariato, constructoras para proyectos públicos inexistentes coludidos con parlamentarios). Capturar narcos no es tarea de la CICIG, pero el Ministerio Público ha debido pedir apoyo ante la extraña “ineptitud” de la policía local para actuar en casos emblemáticos.

Guatemala padece de siete mil asesinatos. El temor llevó al poder al ex general Otto Pérez del Partido Patriota, prometiendo mano dura y políticas sociales, al estilo Uribe en Colombia. El general perdió en la zona indígenas, donde los datos de asesinatos son un cuarto de la zona ladina (Guatemala y sus alrededores al sur oriente), y donde se recela por el genocidio de 200 mil personas en la llamada “guerra Interna” de las dictaduras militares, tras el derrocamiento de Arbenz (1954) y el advenimiento de la democracia en 1985. El obispo Gerardi estableció en 1998 la “verdad” —el 90% de las muertes fueron masacres del Ejército—, y luego fue asesinado a pocos   días de entregar su informe. El General Pérez fue un teniente combatiente en la zona Ichil del Kiché, donde la violencia contra campesinos, indígenas y la Iglesia Católica inspirada en la Teología de la Liberación, fue especialmente cruel. Sus actuaciones posteriores le dieron espacio político: fue de los oficiales jóvenes que se enfrentaron al dictador Ríos Montt, pidiendo apertura; representó al Ejército en los Acuerdos de Paz de 1996; y su actual Gobierno realizó ya una reforma tributaria (resistida por los grandes grupos), ha puesto en algunos cargos profesionales con credenciales democráticas, y no ha presionado a la Justicia guatemalteca que tiene con arresto domiciliario al propio Ríos Montt y acaba de condenar a un grupo de militares kaibiles (la elite anti guerrillera) por masacres en que mataron a todos los h ombres ( 200 adultos y niños) de sendas aldeas mayas: es el General que demanda ahora un debate sin tapujos al espinudo tema de las drogas y se enfrenta al propio EE.UU. que en los 80 (Reagan) financió la guerra sucia en Centro América y promocionó ciertas iglesias tele evangelistas contra el liberacionismo católico.

La guerra inútil, el nuevo Vietnam

Mientras los americanos levantan el muro contra la inmigración ilegal y la ultra derecha busca endurecer las leyes contra los latinos, el negocio de armas hacia el sur crece, el consumo de droga aumenta, calculándose que el 90% de la cocaína circula desde Colombia (Perú y Bolivia) hacia USA vía Centro América y México. A metros del Imperio, Ciudad Juárez y Tijuana son las ciudades más violentas del mundo, junto a Kabul, Bagdag, Caracas (en promedio cien muertes cada cien mil habitantes al año), y las ciudades del área norte de Centro América Guatemala, San Pedro Sula y Tegucigalpa en Honduras, San Salvador (esta última con una temporal baja de sus datos debido a la mediación de la Iglesia Católica para una tregua entre las maras que se disputan el poder en los barrios salvadoreños)

El PRI  volverá al poder en México tras el fracaso del Presidente Calderón del PAN, quien priorizó una guerra frontal con las mafias, que se cobra la vida de 50 mil personas en el quinquenio.

La cocaína alimentó a las FARC y los paramilitares en Colombia. El siquiatra Carlos Ignacio Retrepo, en su libro El fruto prohibido, abogó por la legalización parcial, recordando que era ínfima la población con realidad extraviada, pero atroces las consecuencias sociales. Luego fue el comisionado para la paz de Álvaro Uribe, a cargo de conversaciones y programas  para desmovilizar paras, guerrilleros y mafias urbanas.

Los partidarios de la legalización apelan a lo inútil de la guerra a las drogas, como inefectivo fue el prohibicionismo al alcohol en los años treinta del siglo XX, el que convirtió las ciudades norteamericanos en un tiroteo entre mafias, corrupción policial e institucional. Guerra inútil que tuvo sus repercusiones en Chile. En los campamentos mineros de la Braden Coper, como Sewell, se prohibió el alcohol. Los grandes ganadores fueron los productores de agua ardiente en Doñihue, como Manuel Carrasco y los alambiques que crecieron en sus destilerías, y la red de guachucheros, contrabandistas del licor en bolsas de cueros arriba del lomo de  burros y mulas por las quebradas cordilleranas de Machalí  hacia la ciudad minera de hombres sedientos.

El difícil debate del mal menor

Holanda aceptó (1985) acotadamente la marihuana, inscribió a los adictos a drogas duras en sus consultorios y los trata como “enfermos” con otras drogas sintéticas producidas por el Estado.  El resultado es polémico; los datos confiables hablan de un aumento del consumo de marihuana entre los jóvenes, pero de una drástica disminución de la violencia asociada al narcotráfico (asaltos, extorsiones, redes paralelas). Portugal que legalizó la marihuana acompañado de programas sociales, ha tenido una baja en el consumo, como caso más positivo.

El siquiatra Raúl Olivares, católico y socialista de Rancagua, promotor de campañas contra el abuso de alcohol y drogas en colegios de la zona popular de la ciudad, se ha mostrado escéptico: “las drogas blandas son puerta a otras más duras, y los narcos enloquecen a los jóvenes, los meten al negocio de la pasta base, y se rompe la cohesión social básica”.

El investigador Eduardo Vergara, joven cientista político (USA y Francia, Asuntos del Sur), aboga por la legalización parcial tanto por los estudios que muestran los efectos diferenciados, como por la inutilidad, costo material y en vidas del prohibicionismo.

El debate viene para quedarse y obliga a salir de los esloganes y buscar salidas intermedias, pragmáticas y enfoques integrales (el soporte espiritual y comunitario para controlar la angustia y la ansiedad, epidemia de los tiempos). El análisis comparado, la evaluación de los costos y beneficios, los estudios científicos, la diferenciación, la experiencia acotada, la corresponsabilidad de los grandes consumidores (USA y Europa), parecen ser coordenadas obvias.

En Guatemala el General Pérez Molina ha tenido quien le escuche. Gana adeptos su propuesta en un país cansado de colocar los muertos, ver corrompidas sus instituciones y gastar recursos que no tiene para una guerra inútil. La salida es diálogo, negociación y transformación; una combinación de política, ciencia y desarrollo personal (la serenidad, bien escaso), para dar las batallas correctas. Este debate ha llegado para quedarse y hay que  dialogar aunque moleste; la aceptación de males menores nos enfrenta siempre a los grandes dilemas históricos, al imperativo de la deliberación y a revalorizar lo que falta; la vida social cohesiva y entretejida en la fraternidad, el sentido cotidiano de la vida, la espiritualidad auténtica, que combata la ansiedad destructiva. Lo que es irrefutable son dos afirmaciones y una invitación: el prohibicionismo tiene incendiado de mafias y muertes los corredores de la droga (y llenas las cárceles desde Boston a Colina), y la legalización parcial de la droga es una política de mal menor, quedando el desafío profundo de preguntarse por las causas de la ansiedad destructiva, del tipo de sociedad que construimos.

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Envíada por Rodrigo Reyes S | 16 octubre, 2018

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