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A propósito de Salfate: ¿es posible predecir los terremotos?

por 16 abril, 2012

Estar preparados ante fenómenos complejos como los terremotos, que cuando se manifiestan causan desastres sociales tan profundos y dolorosos, no pasa necesariamente por saber si mañana o la próxima semana temblará. No pasa por juntar velas, agua y pilas. No pasa por dormir en las calles, ni expiar nuestros pecados antes del “fin del mundo”.
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Los terremotos se pueden predecir y esto lo sabe Quake Red Alert, según Juan Andrés Salfate. A juicio del periodista esto también lo saben altos mandos militares y gubernamentales y lo ocultan a la población quizás con que sórdidas intenciones. Salfate también se pregunta por qué la ciencia no acepta estas teorías predictivas, por qué hace oídos sordos o alega desconocimiento en la materia. El tema que ha tomado gran relevancia social últimamente se presta para chistes, pero también incertidumbres, confusiones y miedo.

La predicción es discursivamente necesaria para nuestra cultura. Para Eloy Rada que trabaja en historia y filosofía de la ciencia, lo predictivo ha estado presente en los discursos “revelados”, como la Biblia y otros libros sagrados, en los discursos proféticos, adivinatorios, mágicos y de oráculos, como también en la ciencia, a través de sus “probabilidades”, “pronósticos” y “advertencias”. Sí, también es parte de la ciencia predecir, tomando esto en el amplio sentido el significado de la palabra.

Un ejemplo concreto que vemos todos los días: que un medicamento pueda ser contra indicativo para personas con determinadas condiciones (embarazadas por ejemplo) o las sentencias de que genera problemas de salud si se combinan con otros fármacos lo vemos en cada papel que se adjunta en las cajas de remedios varios. Eso es parte de la ciencia. El saber si lloverá mañana o tendremos un día soleado, también es tarea de científicos hoy y no se basan en lecturas de tarot. La explicación, la comprensión y la predicción, son parte de los objetivos y límites de la ciencia, según el físico Víctor Weisskopf. Con todo, es justamente la “predicción” la parte que tiene más probabilidades de fallar, como bien explica el conocido Mario Bunge, físico y filósofo de la ciencia.

Sin embargo, el concepto de predicción sísmica es un tanto diferente aún, ya que es discutible hasta nuestros días, puesto que es un terreno en el cual científicamente aún no hay consenso. Si bien la tecnología actual permite una medición de las ondas presísmicas, que posibilita la anticipación con minutos antes de que el evento sea percibido en la superficie, aún no se ha podido determinar un mecanismo confiable que implique anunciar a largo plazo y con exactitud dónde, cuándo, de qué magnitud y a qué hora, se producirán los terremotos.

En las décadas del 60 y del 70, la comunidad sismológica internacional y las políticas públicas de diversos países enfocaron su interés en estudios predictivos, basados en diferentes métodos; desde el comportamiento animal, como el caso de China, hasta la medición de ondas sísmicas, anomalías, emanación de gases y fluidos, distribución temporal de fenómenos y el comportamiento geológico de zonas de amenaza sísmica. Los estudios de lagunas sísmicas, como los que efectúa nuestra comunidad sismológica nacional desde la década del ’90, hoy en día permitirían hacer predicciones sismológicas a largo plazo, relativamente precisas en cuanto a su magnitud y a la zona geográfica donde se producirán estos “posibles” terremotos; sin embargo, como muchos de estos mismos expertos han explicado públicamente, aún no se puede saber cuándo y a qué hora se producirían estos fenómenos. ¿Será que nos ocultan información? No lo sabemos, pero la explicación que nos dan es bastante razonable: resulta que comprobar las teorías de predicción en lugares donde siempre tiembla no tiene mérito científico, porque independiente de la metodología que se ocupe para realizar la predicción no podríamos saber si la predicción se cumple, porque la metodología predictiva funciona o por azar.

Tomemos el caso de Chile. En nuestro país se han producido 78 terremotos sobre los 7 grados en los últimos 104 años. Sin tomar en cuenta los años en que se han producido, si anualmente alguien pronosticara un gran terremoto para Chile podría fácilmente acertar. Yo lo podría hacer y “achuntarle” con gran facilidad. En ello no hay desafío alguno. Y sin embargo, yo no soy ni sismóloga, ni geofísica, ni ingeniera. Si a eso se le suma que todos los días tiembla en Chile, al menos más de 10 veces al día ¿cómo podemos determinar que no es por azar la predicción? Lamentablemente muchas de las teorías y metodologías predictivas tanto desde campos de la astronomía o la meteorología se han puesto a prueba en otros países no tan sísmicos como Chile o los que conforman el círculo de fuego y no han resultado ciertas. De hecho, muchas de estas mismas teorías han resultado falsas en el mismo país ocupando la misma teoría, metodología cálculo y siendo realizadas por las mismas personas.

En nuestra historia local hemos tenido ejemplos similares. Predicciones que no han resultado ciertas, como la de Falb en el siglo XIX y otras que coincidentemente sí, como las realizadas mediante la teoría de Alfred Cooper con el terremoto de Valparaíso en 1906. Esta última coincidió. Pero años más tarde, el mismo Cooper predijo un sismo para el 3 de diciembre de 1918 en Valparaíso, por lo cual la gente durmió en las calles y plazas. Ese día sí que tembló, pero en Copiapó, y la gente de Valparaíso que durmió en la calles contrajo resfriados y neumonías. Pese a ello, se le pidió públicamente la renuncia al entonces director del Servicio Sismológico, por su incapacidad para predecir sismos. La defensa del científico radicó en que la ciencia, con los conocimientos que poseía hasta ese momento, no podía predecirlos. Al igual que hoy no puede. Por ello es que la mayoría de los sismólogos y geólogos del mundo sostienen que si no resultan ciertas deben desecharse o continuar bajo observación científica. No tenemos respuestas todavía, no tenemos “certezas” al respecto.

El tema es controversial, no sólo porque no hay suficiente evidencia científica que permita establecer un consenso entre los expertos, sino por las implicancias sociales que ello comporta. Se elevan los niveles de angustia de la población, incluso en países como Chile tan acostumbrados a estos fenómenos. También es una controversia profesional, puesto que muchas veces trae consecuencias para los mismos expertos. Tal es el caso de los 6 geofísicos (sismólogos) italianos que están siendo enjuiciados por homicidio no intencionado de todas las víctimas del terremoto del poblado de L'Aquila, cerca de Roma. Los cargos se basan fundamentalmente en la entrega a la población de información "imprecisa, incompleta y contradictoria" con respecto a los varios temblores que precedieron al sismo de 6,3 Mw que los azotó y que dejó alrededor de 300 muertos.

¿Es correcto culpar a la ciencia por sus propias limitaciones? ¿Por no haber “avanzado” lo suficiente aún? Sí, pero sólo si creemos en ella como infalible y no la entendemos como un proceso social, que muda, que cambia, que ensaya y que erra. Ensayo y error, producción de nuevos conocimientos, controversia, debate y encuentro; todo ello es parte de la ciencia. Entender la ciencia con sus posibilidades y límites, en su contexto histórico, social y cultural es entenderla en su humanidad, porque está hecha por humanos.

Humanos, que con su experticia y conocimiento adquirido desempeñan una labor remunerada igual que todos nosotros, en campos disciplinares muy diversos. La sismología pertenece a este entorno, pero es una disciplina muy reciente, independizada y generada de forma más autónoma, prácticamente sólo a partir del siglo XX. Antes de la Guerra Fría, por ejemplo, la comunidad sismológica mundial era asombrosamente pequeña. Fue gracias a diversos proyectos militares de grandes potencias, que logró contar con  fondos necesarios para consolidarse y formar nuevos expertos de la manera como hoy la conocemos. Ni qué hablar de la comunidad sismológica nacional, la cual si se encontrase reunida en un mismo piso de un edificio y hubiera un megaterremoto en ese momento, nos quedaríamos sin sismólogos chilenos.

Y si se pudieran predecir ¿podríamos prevenirlos? Si entendemos “prevenir” como “evitar que ocurran”, claramente hoy por hoy no podemos. No ahora, ni mañana y probablemente, no nos alcance la vida para ver este nuevo “logro” de la ciencia. Pero si entendemos “prevenir” como “estar preparados para enfrentarlos”, dependerá de las circunstancias que nos envuelven como sociedad chilena, de la importancia y prioridad que le demos a este tipo de prevención.

Ahora bien, estar preparados ante fenómenos complejos como los terremotos, que cuando se manifiestan causan desastres sociales tan profundos y dolorosos, no pasa necesariamente por saber si mañana o la próxima semana temblará. No pasa por juntar velas, agua y pilas. No pasa por dormir en las calles, ni expiar nuestros pecados antes del “fin del mundo”. Pasa por la educación formal y social desde pequeños, por entender que nos hemos asentado en territorios que tiemblan y que probablemente van a temblar siempre. Pasa por generar construcciones que los resistan, por introducir en nuestra cultura mecanismos de evacuación eficaces y efectivos. Pasa por mantener la memoria social de nuestros pueblos originarios, que conviven desde mucho antes en este vasto territorio de inestable geografía.

La prevención de terremotos pasa por invertir en educación para entender nuestra naturaleza y para generar vocaciones científicas que el día de mañana hagan frente a los desafíos que nuestra propia condición humana nos pone al intentar adoctrinar y modelar la naturaleza a nuestras humanas leyes. Pasa por invertir y planificar a nivel país. Inversión y planificación que es urgente y lenta. Y es precisamente por su lentitud que se hace más urgente y necesaria.

De eso ni gobernantes, ni científicos, ni técnicos, se pueden hacer los sordos. Eso es lo que debería movernos y preocuparnos como sociedad. Esa demanda debería motivar a los medios de comunicación; pues si mañana tiembla o no, ni científicos, ni “predictores”, ni “profetas” lo saben con exactitud. Ni siquiera sabemos si la misma tierra que habitamos lo tiene “agendado” con tanta claridad.

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