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Respeto por las palabras

por 16 abril, 2012

Si la reforma tributaria no está a la altura de lo que espera la inmensa mayoría de los chilenos, necesariamente será uno de los tres temas centrales del próximo debate que se dará con motivo de las elección presidencial y parlamentaria: tributario, fortalecimiento de la educación pública y la profundización del sistema democrático, comenzando por desmantelar el sistema binominal.
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Desde hace largo tiempo, venimos debatiendo en Chile una reforma tributaria.  Que va, que no va. Ahora sí que va: el ministro de Hacienda la anuncia para los próximos días y, por lo que se ha sabido, con ella se espera recaudar 700 millones de dólares.

Entiendo una reforma en esta materia como un cambio sustancial del sistema tributario actual. Lo otro, son ajustes que es necesario hacer de tiempo en tiempo.

¿De qué reforma hablamos?

Hay tres principios fundamentales que un cambio tan capital para Chile debería contemplar. El primero: es necesario apartarse del criterio de 1984, cuando se estableció una reforma tributaria para el Chile de ese momento. Un momento crítico, en el que se requería incentivar a las empresas para que destinaran el grueso de sus utilidades a inversión. Este principio, sin embargo, rige hasta hoy. Es por ello que las empresas tienen un impuesto extraordinariamente bajo y sólo cuando las utilidades se reparten, aquellos que la reciben entran a pagar un impuesto elevado, descontando lo que las empresas ya han pagado. Este sistema, que dio origen al Fondo de Utilidades Tributarias (FUT) es lo que ha permitido una extraordinaria concentración en el sistema económico nacional. Hablamos de un fondo de cerca de 200 mil millones de dólares que, de distribuirse, deberían tributar alrededor de 30 mil millones de dólares. Una empresa que decide reinvertir el 70% de sus utilidades, normalmente lo hace en las sociedades en cascada que tienen los grupos económicos; es decir: las transfiere a la empresa controladora y ésta, con estos recursos, compra otra empresa en el mercado. ¿Hay acá una inversión? No: hay simplemente una transferencia de activos. Esto está muy bien, pero siempre y cuando se paguen todos los impuestos que corresponde.

El segundo punto, debe ser un aumento sustancial, si no se aborda el tema del FUT, respecto de lo que actualmente se paga. El 20% ya es algo que está asumido por todas las empresas respecto del impuesto a la primera categoría y por lo tanto, de lo que se trata ahora es de plantear una revisión sustancial del orden del 25%.

Lo tercero, es no olvidar que esta reforma se hace para que haya una diferencia real, sustancial entre la distribución de ingresos antes y después de impuestos. Es decir, el objetivo debiera ser redistributivo, no meramente recaudatorio. El tema distributivo está en el primer lugar de la agenda y no es posible pretender estar en el exclusivo club de países de la OECD siendo los únicos, junto con México, que no exhiben diferencia alguna en la distribución de ingresos antes y después del pago de impuestos.  Eso habla mal de la estructura tributaria. Es indispensable, por lo tanto, entender que una verdadera reforma tributaria implica modificar esta situación.

Esto es lo que está en el debate: El FUT, la magnitud del impuesto y el propósito final. ¿Para qué queremos una reforma? Para mejorar la distribución de los ingresos en Chile e impedir que continúe un proceso de concentración que responde a una decisión tomada por y para el Chile de 1984. Hemos superado largamente esa coyuntura histórica y las condiciones son estructuralmente distintas. Es preciso, por lo tanto, reformar lo que se hizo ese año.

Los ajustes técnicos son interesantes, pero no van al fondo del problema. Una reforma tributaria tiene un propósito, ante todo, político. Las demandas del año 2011, las necesidades de sectores medios que exigen una participación mayor del aporte del Estado, particularmente en Educación Superior y las necesidades de todos, que hablan de 4 a 5 millones de dólares necesarios para educación, dan cuenta de la magnitud de lo que se requiere.

Y lo que se requiere, en suma, es una reforma tributaria que permita mejorar distribución de ingreso para financiar las demandas educacionales y que permita hacer una diferencia entre el antes y el después.

Chile, lo he dicho reiteradamente, entra a una nueva etapa política, económica y social. Para esta nueva etapa, la reforma tributaria es esencial. Digámoslo con claridad: si la reforma tributaria no está a la altura de lo que espera la inmensa mayoría de los chilenos, necesariamente será uno de los tres temas centrales del próximo debate que se dará con motivo de las elección presidencial y parlamentaria: tributario, fortalecimiento de la educación pública y la profundización del sistema democrático, comenzando por desmantelar el sistema binominal. Esos tres temas están hoy en el tapete. Si no se abordan con la profundidad y la conexión con el Chile actual que merecen, serán los conceptos que la voz ciudadana impondrá en el debate el 2013.

(*) Texto publicado en El Quinto Poder.cl

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