Sobre lo viejo, lo nuevo y las trampas en el claroscuro - El Mostrador

Lunes, 23 de octubre de 2017 Actualizado a las 05:10

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Sobre lo viejo, lo nuevo y las trampas en el claroscuro

Sobre lo viejo, lo nuevo y las trampas en el claroscuro
Consumida en pugnas por falsas cuotas de poder, en una suerte de espectáculo sinsentido de póker por el póker, la política sigue sobrepasada por una variopinta andanada de protestas sociales que develan su condición de cáscara vacía. Es cierto que la atraviesan intentos de reorganización, pero parecen más espurios que sustantivos. Los esfuerzos genuinos por articular una nueva mayoría social y política no pueden ser consumidos por la dinámica de las carreras personales, carentes de proyecto, y la improvisación de coaliciones de papel y discursos de ocasión.

En la irrupción del movimiento estudiantil anida la posibilidad de marcar un antes y un después en la historia reciente de nuestro país. Expresa un malestar ampliamente extendido y largamente incubado que, aunque encabezado por los estudiantes, rebasa con creces el problema educacional para abarcar diversas dimensiones del orden económico, político y cultural vigente. Constituye un hito que devela el agotamiento de los moldes establecidos en la transición y abre la puerta hacia un ciclo histórico nuevo.

Esa opción está instalada, pero no asegurada. Su desarticulación, a manos de una recomposición espuria de la política que no se haga cargo de derrumbar las limitaciones del pacto de la transición, es un riesgo latente. “El viejo mundo ha muerto. Pero el nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. La advertencia hecha por Gramsci, hace mucho y desde muy lejos, cobra plena vigencia hoy. ¿Qué elementos del panorama juegan a favor y en contra de posibilitar una efectiva superación del pacto gobernante o la oxigenación de su agonía?

En el claroscuro entre el viejo mundo que no termina de morir y el nuevo que no termina de nacer surgen los monstruos. Engendros capaces de robar la vida de lo nuevo para extender la de lo viejo. La emergencia del nuevo ciclo no será de corto andar, menos de duración posible de prescribir. Pero nada tendrá de nuevo si no incluye los intereses sociales excluidos, desafío inabordable sin reimaginar una izquierda para el Chile del siglo XXI, rejuvenecida, que se apropie de los cambios sociales ocurridos y con vocación de mayorías. Tal es el desafío que abre la epopeya de los jóvenes. En ello se juegan las posibilidades de avance o retroceso histórico.

Vamos por parte. Las causas del malestar emergen de las contradicciones acarreadas por el patrón de crecimiento y la concepción de Estado heredados de la dictadura y proyectados bajo los gobiernos de la Concertación. No son síntomas de “lo bien que se han hecho las cosas”, como proponen incluso pretendidos “opositores”. La aguda privatización de las condiciones de vida, la emergencia de nuevas formas de exclusión social y el desencanto con una política sorda a todo reclamo no empresarial, actúan como ingredientes del malestar, pero no agotan por sí solos el inédito alcance del movimiento estudiantil.

La educación, al concentrar las expectativas de realización y movilidad social, se convirtió en la principal fuente de lealtad ciudadana hacia el régimen. De ahí que el derrumbe de la promesa educativa neoliberal, cual pilar del que depende la estabilidad de todo un edificio, produjera una trizadura —no todavía colapso— en la legitimidad del conjunto de la estructura de poder, de sus instituciones, prácticas y valores. La descomposición de la política, en tanto, sigue su propio curso de empobrecimiento, debilitando su efectividad ante las embestidas del malestar. Ha contribuido, desde su decadencia pero con impensable entusiasmo, a que se proyecten.

Ahora bien, que el malestar con la educación haya logrado involucrar una dimensión de derechos vigentes, incorpora como protagonista estelar a este teatro de conflictos el problema de la magnitud que alcanza la privatización de las condiciones de vida (educación, salud, pensiones, etc.) y, por tanto, el modelo subsidiario de Estado. La tensión entre una concepción de derechos sociales universales versus la subsidiariedad imperante remite, entonces, al tipo de derechos, de Estado y de ciudadanía que ha de tomar forma como respuesta a las demandas del Chile actual.

Las condiciones y modos de dominio de la transición lograron naturalizar, con efectividad, las concepciones restrictivas de derechos y el gasto social reducido y focalizado. No es que hubiese operado una defensa férrea de estas concepciones, simplemente no se sometieron a discusión alguna. Esa efectividad es lo que parece estar llegando hoy a su fin. En definitiva, la irrupción estudiantil es un reclamo por la superación del legado social y político de la dictadura y las ataduras que lo han estabilizado por más de 20 años.

La posibilidad entonces de abrir el tránsito hacia un nuevo capítulo en nuestra historia pasa por enfrentar ese desafío, evitando el cerco a la conflictividad desde los términos tecnocráticos y corporativos usuales en las pasadas administraciones concertacionistas. La interpelación que plantea a la política alude a la necesidad de revisar críticamente lo obrado durante la transición. No sólo las perversiones asociadas al modelo de Estado vigente, sino a su corazón: su carácter subsidiario y antipopular. A la luz del comportamiento reciente del sistema de partidos, cabe preguntarse si acaso está la esfera política en sintonía con tamaño desafío.

Consumida en pugnas por falsas cuotas de poder, en una suerte de espectáculo sinsentido de póker por el póker, la política sigue sobrepasada por una variopinta andanada de protestas sociales que develan su condición de cáscara vacía. Es cierto que la atraviesan intentos de reorganización, pero parecen más espurios que sustantivos. Los esfuerzos genuinos por articular una nueva mayoría social y política no pueden ser consumidos por la dinámica de las carreras personales, carentes de proyecto, y la improvisación de coaliciones de papel y discursos de ocasión.

En el claroscuro entre el viejo mundo que no termina de morir y el nuevo que no termina de nacer surgen los monstruos. Engendros capaces de robar la vida de lo nuevo para extender la de lo viejo. La emergencia del nuevo ciclo no será de corto andar, menos de duración posible de prescribir. Pero nada tendrá de nuevo si no incluye los intereses sociales excluidos, desafío inabordable sin reimaginar una izquierda para el Chile del siglo XXI, rejuvenecida, que se apropie de los cambios sociales ocurridos y con vocación de mayorías. Tal es el desafío que abre la epopeya de los jóvenes. En ello se juegan las posibilidades de avance o retroceso histórico.

Menospreciar la importancia de este imperativo o creerlo innecesario puede significar que se presupone suficiente la capacidad de la alicaída izquierda existente para derrumbar las murallas de la transición o que se delega esa tarea en los propios artífices de las mismas. Volver realidad el nuevo tipo de derechos, de Estado y de ciudadanía que reclama el Chile actual requiere una fuerza social y política comprometida con ello por auténtica convicción, de vocación siempre transformadora.

Re imaginar y construir izquierda para un nuevo ciclo de luchas populares es una tarea ineludible. Es responsabilidad impostergable de todos quienes se niegan a que las fuerzas sociales hoy activas terminen reducidas a bases de sustentación de una extensión de la vieja política. Es tarea prioritaria de todos quienes buscamos conducir la irrupción del malestar a la apertura de un ciclo que ponga en el centro los anhelos populares, que esté a la altura de los desafíos y sueños planteados por la rebeldía refrescante de nuestra juventud.

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