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Juan Enrique Vega

por 22 septiembre, 2012

Ha sido profundo el pesar y el dolor por la muerte inesperada de Juan Enrique. El pesar de sus hijos, Camila y Pablo, sus nietos, sus hermanos —Marta, Chabela, Rebeca y Gildo, el de Gladys—; y el de sus innumerables amigos y amigas repartidos a lo largo de Chile y —literalmente— de toda América Latina. Lo lloramos esta tarde no solo en Santiago, sino también en Cochabamba, en Lima, en Puerto Príncipe, en el DF… Los amigos de toda una vida, y los que fue cultivando siempre en su largo caminar, sentimos que con su muerte perdemos a alguien que ha sido muy importante en nuestras vidas, cercano, entrañable, singular, imprescindible.

Vivió con pasión. Su humor, siempre inteligente y divertido, tantas veces cáustico o irreverente, también respecto de sí mismo, apenas ocultaba un alma apasionada y fina. Vivió con pasión su militancia política y su fecunda actividad intelectual, su intensa vida familiar, la vastedad de sus amistades y la diversidad de sus amores. Amó a Chile y a su pueblo y fue, de verdad, un ilustre ciudadano de América Latina. Una pasión profunda, no estridente, lo acompañó desde siempre. Es por ello, pienso yo, que los lazos que establecía con las personas fueron tan sólidos y duraderos.

Fue un hombre libre, consecuente, estuvo cerca del poder, pero nunca se deslumbró con él, le atraía la trasgresión, amaba las cosas buenas de la vida —era un gourmet sofisticado—, armó siempre casas hermosas, pretencioso con su apariencia física, rangoso en los tiempos de abundancia, generoso siempre. Si algún talento le fue negado en grado extremo fue el del cálculo económico, por lo menos en lo que se refiere a sus finanzas personales.

Su vocación política fue muy temprana, desde sus tiempos de dirigente estudiantil. Fue un protagonista de primer plano en el proceso político y cultural que a finales de los sesenta dio origen al MAPU, a su inserción en la Unidad Popular, al triunfo del 70 y a los mil días de nuestra experiencia revolucionaria. Sirvió al Gobierno del Presidente Allende como Embajador en Cuba, prestigiosa destinación con la que el Presidente distinguió al MAPU.

Regresó a Chile a fines del 1972 para asumir la candidatura a diputado por Valparaíso en la elección de Marzo del 73. Sabiendo que su elección era más que improbable —no se negociaban cupos seguros en esos buenos tiempos— hizo una hermosa campaña y bajo la original consigna de Pega con Vega, sacó una muy apreciable cantidad de votos que aportaron al 39% que alcanzó la Unidad Popular en ese distrito, difícil para nosotros. Si la memoria no me falla Vega consiguió, por alguna razón que se me escapa, la primera mayoría individual en la isla de Juan Fernández.

El Golpe lo sorprendió en Buenos Aires, en alguna misión partidaria. Allí se congregaron varios dirigentes de la Unidad Popular, que por diversas razones estaban en el extranjero —Jorge Arrate, Volodia, José Miguel Insulza y otros— e iniciaron de inmediato la organización del vasto movimiento de solidaridad con el pueblo de Chile y su resistencia a la dictadura, que jugó un papel determinante en su derrota del 88.

Instalado en México, en los 80 fue un activo protagonista del proceso intelectual y político de la renovación socialista, ingresando posteriormente al Partido Socialista.

Recuperada la democracia, sirvió a la Concertación desde el primer directorio plural de Televisión Nacional durante ocho años y desde la Dirección Ejecutiva del Programa de Asistencia Parlamentaria que dirigía Edgardo Boeninger. Se hizo desde allí un aporte muy importante a los Gobiernos de Aylwin, Frei y Lagos. A finales de los 90 Juan Enrique fue uno de los inspiradores y redactores de la primera reflexión sistemática y crítica de la década de Gobiernos concertacionistas. El texto que plasmó dicha crítica y que la prensa de derecha calificó —torcida y tendenciosamente— de autoflagelante, abrió un debate todavía pendiente en el socialismo, la izquierda y el progresismo chilenos, indispensable para enfrentar los desafíos del futuro.

Sirvió al Gobierno del Presidente Lagos como embajador ante la sede de NN.UU. en Ginebra, con dedicación y capacidad. La convicción y la pasión lo llevó a votar en un asunto importante contra las instrucciones de la Cancillería, lo que lo obligó a renunciar. Fue un golpe duro.

En Juan Enrique fue inseparable el compromiso político y su actividad intelectual. Fue un político de ideas y convicciones y un intelectual brillante. De sólida formación sociológica, amplia cultura y una inteligencia aguda, crítica y creativa, fue un analista fino y penetrante de las principales y complejas tendencias sociales, políticas y culturales contemporáneas.

Particularmente atento a los actores y movimientos sociales, a las tendencias de la cultura y la subjetividad social, sin abandonar su interés por las cuestiones más sistémicas de la democracia y la ciudadanía, la transformación social y la gobernabilidad. Un tipo de pensamiento muy afín al de uno de sus grandes amigos, Norbert Lechner, desarrollado también en permanente diálogo y confrontación, entre otros, con Fernando Calderón. Combinaba Juan Enrique, de manera muy infrecuente, radicalismo intelectual y cultural y responsabilidad política. Su abundante producción intelectual ha quedado dispersa en numerosos artículos, ensayos e informes. Nos quedó debiendo uno o varios libros. Ayer, Tomás Moulián y Eduardo Rojas se han comprometido a saldar la deuda y editar su legado intelectual.

Fue un hombre libre, consecuente, estuvo cerca del poder, pero nunca se deslumbró con él, le atraía la trasgresión, amaba las cosas buenas de la vida —era un gourmet sofisticado—, armó siempre casas hermosas, pretencioso con su apariencia física, rangoso en los tiempos de abundancia, generoso siempre. Si algún talento le fue negado en grado extremo fue el del cálculo económico, por lo menos en lo que se refiere a sus finanzas personales.

Duros fueron sus últimos años. Regresado a Chile luego de tantos años de peregrinaje, no logró encontrar un espacio desde donde desarrollar sus capacidades y sustentar su vida con seguridad y decoro. Fue obstinado en quedarse en Chile, y no aceptó ofertas de amigos generosos para volver a México. Pero en medio de la angustia, nunca cejó. El último proyecto no realizado fue un Instituto de América Latina en la Universidad de Valparaíso. No alcanzó. La muerte lo llevó antes de la madrugada, como a su gran amigo Rodrigo Ambrosio hace ya cuarenta años.

Juan Enrique, hermano, después de una vida tan fértil, tienes derecho a descansar en paz.

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