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La Carta Pastoral y el malestar con la globalización

por 5 octubre, 2012

La Carta Pastoral y el malestar con la globalización
Diversos estudios han demostrado que “la política” sí incide en las desigualdades, cuando a través del “lobby oculto”, el financiamiento de campañas, y la puerta giratoria (donde altos funcionarios públicos pasan después a empresas relacionadas) grupos poderosos consiguen que se legisle a favor de sus intereses.
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Aunque de manera bastante tardía, y en un contexto donde la Iglesia (al igual que otras instituciones) experimenta un grave problema de credibilidad, la reciente Carta Pastoral de los Obispos (que rememora el Concilio Vaticano II) busca ponerse a tono con los tiempos, al denunciar lo que ya muchos han llamado “el lado oscuro de la globalización”. Y es que como bien lo señaló el ex director de la prestigiosa revista “Foreign Policy”, Moisés Naim, “la desigualdad” se ha convertido en un tema central en la agenda internacional de este 2012.

El Foro Económico Mundial, en un reciente informe sobre “Riesgos Globales”, coincide también con esta apreciación, y señala a la creciente desigualdad social como un factor altamente desestabilizador, que amenaza con “dar vuelta los avances conseguidos con la globalización, y provocar la emergencia de una nueva clase de estados críticamente frágiles”. Y es que si bien las reformas económicas de libre mercado han producido en los últimos 20 años, crecimiento y prosperidad en algunos países y áreas del mundo, no es menos cierto que, además de destruir el “tejido social” en muchas sociedades, han generado también muchos “perdedores y excluidos”, acrecentado los abusos contra los sectores más débiles en la nueva estratificación social que hoy existe en el mundo.

La sociedad chilena en su gran mayoría (como lo reflejan las encuestas) ya no cree en el discurso y promesas de una “élite endogámica” que se beneficia a sí misma, y que se ha enriquecido como nunca desde las privatizaciones emprendidas durante el régimen dictatorial. No es raro entonces, que a propósito de esta Carta Pastoral, ahora todos digan “estar de acuerdo” con los contenidos de la misma, como si hubiesen sido “fuerzas de la naturaleza” las que han generado las “escandalosas desigualdades” de la que hablan los Obispos.

Ahora, no es ningún misterio que en este tema Chile tiene comparativamente uno de los peores registros, y es esto básicamente lo que subyace a la movilización social que hemos visto desde el año pasado. La sociedad chilena en su gran mayoría (como lo reflejan las encuestas) ya no cree en el discurso y promesas de una “élite endogámica” que se beneficia a sí misma, y que se ha enriquecido como nunca desde las privatizaciones emprendidas durante el régimen dictatorial. No es raro entonces, que a propósito de esta Carta Pastoral, ahora todos digan “estar de acuerdo” con los contenidos de la misma, como si hubiesen sido “fuerzas de la naturaleza” las que han generado las “escandalosas desigualdades” de la que hablan los Obispos.

Pero a continuación, aquellos que se han beneficiado de manera desproporcionada en nuestro país, enfatizan que la solución sería esencialmente “técnica”, y que tiene que ver con asegurar un crecimiento sostenido, y elevar la calidad de la fuerza de trabajo del país (a través de un salto cualitativo en el sistema educacional). Por cierto que estas son condiciones indispensables para abordar el problema, pero en este análisis se omite el componente “político”, que hace que algunos países sean mucho más desiguales que otros, no obstante tener índices similares de riqueza y desarrollo.

Y es que diversos estudios han demostrado que “la política” sí incide en las desigualdades, cuando a través del “lobby oculto”, el financiamiento de campañas, y la puerta giratoria (donde altos funcionarios públicos pasan después a empresas relacionadas) grupos poderosos consiguen que se legisle a favor de sus intereses. Así por ejemplo, Paul Pierson y Jacob Hacker demuestran en el subtítulo de un reciente libro, como en Estados Unidos el poder político en Washington hizo “más ricos a los ricos y le dio la espalda a la clase media” al modificar la regulación financiera y laboral, además de la impositiva, a favor de los empresarios. Por otra parte, cuando se compara  a los países nórdicos de Europa con Estados Unidos, podemos ver que los primeros tienen sociedades más inclusivas, menos desiguales, y con derechos garantizados para todos sus ciudadanos.

¿Cuál es la diferencia?: en estos países hay un Estado con fuertes capacidades regulatorias, sindicatos y sociedades civiles altamente organizadas, hay acuerdos más simétricos entre gobierno, empresarios y trabajadores, hay una tributación a la riqueza y a las grandes empresas muy superior a los países con economías neoliberales, y hay una educación “pública” virtualmente gratuita y de alta calidad para todos. Ciertamente todo esto cuesta, pero hay una decisión política de que los que más tienen, deben hacer un aporte permanente muy superior al que hoy hacen estos mismos sectores en nuestro país.

Un ejemplo más concordante a nuestro actual nivel de desarrollo, es por ejemplo, la lejana ex república soviética de Kazajstán, que con 16 millones de habitantes, y un PIB pér capita de US$ 13.200, tiene sólo 8 % de pobreza, 5 % de desempleo, y un índice de Gini (que mide la desigualdad) de 29, muy cercano a los países nórdicos, mientras nuestro país tiene uno de 52 (el más alto de la OCDE). ¿Como lo hizo esta República?: con una fuerte inversión desde el Estado para asegurar las necesidades básicas de los sectores pobres y clase media, con políticas de fomento productivo y una fuerte inversión en instituciones de educación superior “sin fines de lucro”.

Así, una estrategia de desarrollo inclusivo permite que desde sus etapas más tempranas se aborde de manera más eficaz y justa los problemas de desigualdad, y por el contrario (como lo señaló hace poco The Economist ) aquellos países en que hay más disparidades de ingreso, tienden a presentar en el tiempo mayor anomia y conflictividad social. Chile en este sentido, es quizás el reflejo más emblemático de los progresos pero también de las injusticias de un modelo que ha beneficiado de manera escandalosamente desproporcionada a quiénes perdieron el gobierno, pero no el poder, en la transición de 1990. Abordar entonces, el “lado oscuro” de nuestro modelo institucional y de desarrollo, debiese ser la tarea central de este nuevo ciclo político que comienza a abrirse, si queremos hacer de Chile una país más justo y socialmente cohesionado.

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