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Elección de CORES: la hora de las provincias

por 7 octubre, 2012

No es menor que los principales movimientos regionalistas por mayor autonomía y descentralización en los últimos 6 años surgen desde provincias. Tal es el caso de Valdivia, Arica, Chiloé, Loa, Magallanes, Aysén, Osorno, entre otros. Ello tiene relación con el hecho de que en Chile las regiones son un invento administrativo que no tiene más de 40 años. Los 160 años restantes de nuestra historia “regionalista” siempre estuvo más bien asociado a dividir el territorio en provincias.
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La elección directa de Consejeros Regionales (CORES) sin elección directa del Intendente, fortalecerá y transformará a las provincias en los nuevos referentes y “sujetos políticos territoriales”, lo cual en mi concepto conllevará un creciente debilitamiento de las regiones como unidades político-administrativas del país. ¿Por qué? La principal razón de esta hipótesis es que la unidad electoral donde se elegirá a los cores serán las provincias, lo que fortalecerá su identidad política en desmedro de una ya deteriorada “identidad política” de las actuales 15 regiones. La ausencia de un “legítimo representante” que garantice el interés regional (Intendente), puede incentivar el germen divisionista que está latente en algunas regiones del país.

En la actualidad se observan fenómenos de fragmentación territorial que no promueven la identidad política regional, especialmente en la distribución de los recursos y en las dinámicas políticas que se generan en torno a los proyectos que se aprueban por la vía del FNDR (Fondo Nacional de Desarrollo Regional). La mayoría de estos proyectos no son precisamente de impacto regional. Básicamente son iniciativas de impacto comunal, las cuales muchas veces se concretan gracias a las alianzas y complicidades que involucran a consejeros regionales de una misma provincia.

No es menor que los principales movimientos regionalistas por mayor autonomía y descentralización en los últimos 6 años surgen desde provincias. Tal es el caso de Valdivia, Arica, Chiloé, Loa, Magallanes, Aysén, Osorno, entre otros. Ello tiene relación con el hecho de que en Chile las regiones son un invento administrativo que no tiene más de 40 años. Los 160 años restantes de nuestra historia “regionalista” siempre estuvo más bien asociado a dividir el territorio en provincias.

En este escenario, los ciudadanos exigirán a sus nuevos representantes (CORES) la defensa de proyectos o iniciativas que favorezcan a sus comunas ciertamente, también a sus provincias, ya que estos nuevos consejeros regionales no se deberán a una sola comuna, sino a varias. Incluso tensiones ya existentes entre provincias actuales como Osorno/Llanquihue/Chiloé; Ñuble/Concepción; Loa/Antofagasta; entre otras, se acrecentarán porque por primera vez en nuestra historia política regional, las provincias tendrán referentes y líderes democráticamente elegidos para defender sus intereses.

En definitiva, estos nuevos representantes políticos no sólo serán potenciales competidores para diputados y senadores, sino que también serán “legítimos portadores” de demandas territoriales que podrían eventualmente aglutinar a provincias frente a sus regiones, poniendo en cuestionamiento la existencia de estas últimas. Esto traerá, en mi juicio, al menos dos potenciales tensiones que habrá que ponerle atención en un futuro inmediato.

La primera tensión aparecerá en provincias que demandarán ser regiones. Tal cual se plantea el proyecto, no me cabe duda que en el mediano plazo se retomaran legítimas agendas de algunas provincias por ser nuevas regiones. Esto mismo, incluso, puede constituirse en argumento de campaña de candidatos para transformarse en consejeros regionales. Con la sola elección de CORES no se resuelve el problema de cohesión política que requieren las actuales regiones. Esa función de ninguna manera la cumplirá un presidente regional electo de entre los consejeros regionales. Tampoco lo hará la figura de los actuales intendentes dado que no son portadores de “representación regional”.

La segunda tensión será entre regiones y provincias. El proyecto actual no resuelve en su totalidad la falta de legitimidad política y democrática que padecen los gobiernos regionales. Muy por el contrario. Creo que sin ser su intención original, el proyecto legitima a las provincias como las nuevas unidades políticas del desarrollo territorial en Chile. Situándolas como una fuente de generación de liderazgos políticos que eventualmente podría tensionar aún más la ya cuestionada “unidad regional actual” de algunas regiones.

Finalmente, la constitución de CORES a partir de electores provinciales, abre la posibilidad de revisar la utilidad de las actuales regiones. Tal cual quedarán no les visualizo mucha utilidad. Vale la pena plantearse una “estrategia país” para enfrentar las futuras demandas de autonomía regional que surgirán a raíz de esta iniciativa y preguntarse ¿cómo sostener en este nuevo escenario un proyecto de desarrollo regional en regiones tan extensas, heterogéneas y con cierta fragmentación territorial como Valparaíso, Bio Bio o Los Lagos? ¿Quién garantizará el interés regional en este nuevo contexto de consejeros regionales electos por provincias?

La iniciativa de elección directa de COREs sin mediar una iniciativa que promueva la identidad política y cohesión regional, (como por ejemplo podría ser la elección directa del Intendente Regional) puede generar posibilidades reales de aumentar la fragmentación territorial ya existentes al interior de algunas regiones.

No es menor que los principales movimientos regionalistas por mayor autonomía y descentralización en los últimos 6 años surgen desde provincias. Tal es el caso de Valdivia, Arica, Chiloé, Loa, Magallanes, Aysén, Osorno, entre otros. Ello tiene relación con el hecho de que en Chile las regiones son un invento administrativo que no tiene más de 40 años. Los 160 años restantes de nuestra historia “regionalista” siempre estuvo más bien asociado a dividir el territorio en provincias.

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