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Al filo de la extinción: a 30 años del fin de la caza de ballenas en Chile

por 3 agosto, 2013

Recientemente, el Convenio sobre Biodiversidad Biológica (CBD) identificó en Chile cinco áreas marinas biológicamente significativas, una de las cuales de importancia para las ballenas azules: el Golfo de Corcovado, la principal área de alimentación y crianza de la población de ballena azul en el Pacífico Sur. Este hito marca una nueva evidencia sobre la importancia de conservar este lugar, tal vez a través del establecimiento de un área protegida marina, decisión que le compete adoptar al gobierno.
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Las ballenas, que pertenecen al grupo de animales más grandes del planeta, nos generan un sentimiento de recogimiento, emoción y misterio. Nos recuerdan mucho de nuestra propia existencia,  son animales con vínculos sociales muy fuertes y muestran comportamientos altamente altruistas. Tienen además una inteligencia y aptitudes cognitivas casi sobrenaturales, aún desconocidas por nosotros.

Sin embargo, así como otros animales, fueron vistas desde siempre como un recurso natural explotable. Las ballenas han sido cazadas desde los orígenes de la humanidad. En un comienzo su cacería era realizada con arpones manuales y en botes a remo, hasta que a mediados del siglo XIX, con el invento de los motores a vapor y los cañones, la caza se tornó comercial y más “eficiente”.

Un factor relevante en el aumento del número de ballenas cazadas fue la alta demanda por su aceite, principalmente desde Europa y Estados Unidos. Éste era utilizado para la iluminación, lubricación de maquinaria y alimentos durante una revolución industrial que demandaba recursos naturales de forma excesiva.

Recientemente, el Convenio sobre Biodiversidad Biológica (CBD) identificó en Chile cinco áreas marinas biológicamente significativas, una de las cuales de importancia para las ballenas azules: el Golfo de Corcovado, la principal área de alimentación y crianza de la población de ballena azul en el Pacífico Sur. Este hito marca una nueva evidencia sobre la importancia de conservar este lugar, tal vez a través del establecimiento de un área protegida marina, decisión que le compete adoptar al gobierno.

Sin ir más lejos, el auge económico de la Europa de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX se debió principalmente a los productos generados por la caza de ballenas. Se estima que entre 1910 y 1969, más de 2 millones de ballenas de diferentes especies fueron faenadas. El número de ballenas azules (Balaenoptera musculus), por ejemplo, se redujo a menos de 1% de su población original de 350 mil.

En 1946 se crea la Comisión Ballenera Internacional  (CBI) como organismo regulador para garantizar “la conservación apropiada de las poblaciones balleneras  y hacer posible el desarrollo ordenado de esta industria”. Durante sus primeros 15 años, la CBI pasó a ser un tipo de “club de los cazadores de ballenas”, que poco se esforzó por crear medidas restrictivas. Sin embargo, con la llegada de países no cazadores a la comisión, la presión ejercida para la moratoria de la caza fue más efectiva y se aprobó en 1982, haciéndose efectiva en 1986.

En Chile, luego de dos siglos de cacería, la última ballena fue cazada el 21 de mayo de 1983, y el 15 de julio de ese mismo año un decreto puso término a la caza de estos cetáceos.

Desde la moratoria en 1986 a la fecha, más de 45 mil ballenas han sido cazadas en el mundo, principalmente por Japón (“caza científica”) y Noruega. Afortunadamente, la tendencia hoy es “utilizarlas” de forma más sustentable. La industria de turismo en observación de ballenas (“whalewatching”), por ejemplo, genera aproximadamente 2,5 millones de dólares anuales y más de 10 millones de personas se embarcan en esta actividad en más de 100 países, para tener una experiencia cercana con estos grandes y emblemáticos animales.

De todas formas,  no debemos bajar la mirada frente a las nuevas amenazas que enfrentan las ballenas: caza científica, contaminación, tráfico de embarcaciones, turismo mal planificado y explotación de gas y petróleo.

Recientemente, el Convenio sobre Biodiversidad Biológica (CBD) identificó en Chile cinco áreas marinas biológicamente significativas, una de las cuales de importancia para las ballenas azules: el Golfo de Corcovado, la principal área de alimentación y crianza de la población de ballena azul en el Pacífico Sur. Este hito marca una nueva evidencia sobre la importancia de conservar este lugar, tal vez a través del establecimiento de un área protegida marina, decisión que le compete adoptar al gobierno.

Así como hace 30 años se logró un gran paso para evitar la extinción segura de muchas especies de ballenas, hoy tenemos la responsabilidad de generar las instancias para que estas poblaciones se sigan recuperando.

¿Qué vacío habría en los océanos y en nuestra cultura si las ballenas hubiesen dejado de existir? ¿Qué imaginarían las presentes y futuras generaciones sobre esos seres “mitológicos”? En nuestros tiempos es difícil pensar en una realidad distinta, un mundo sin ballenas, un mar sin estos majestuosos animales navegando libremente.

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