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¿Y si no hay mayoría parlamentaria?

por 5 agosto, 2013

De seguir este derrotero, de más está decir que la promesa de la “transformación profunda del modelo” quedaría incumplida, con el agregado de la presencia de gérmenes más aceitados de politicidad extra-parlamentaria y con la presencia de movimientos sociales que –neutralizados durante la década de los noventa- esta vez sí tendrían algo que decir en el escenario socio-político. La “Nueva Mayoría”, así, llegaría a ser solo una “ilusión” o un “engaño”, según se prefiera.
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La campaña electoral de cara a las próximas elecciones de noviembre entró en tierra derecha. Instaladas ya la gran mayoría de las candidaturas definitivas en el Parlamento, y a la espera de una que otra sorpresa a nivel presidencial, lo cierto es que el escenario actual no se moverá sustantivamente de lo que ya es posible vislumbrar —a menos que el inescrutable Senador Carlos Larraín diga otra cosa— como una disputa concentrada en dos campos: por una parte, una disputa presidencial concentrada en las candidatas Bachelet y Matthei, con el ingrediente de la posibilidad de instalación de una tercera fuerza “amenazante” de entre el variopinto abanico de candidatos alternativos al así llamado “duopolio”; por la otra, una fuerte disputa por la configuración del nuevo Parlamento, en donde destaca la voluntad declarada por la derecha respecto a mantener —binominal mediante— sus niveles históricos de representación, y la declarada necesidad de la Nueva Mayoría por alcanzar una mayoría parlamentaria que logre subvertir los cerrojos de la institucionalidad pinochetista.

Tal como ha sido ampliamente debatido en los últimos meses, la existencia de un sistema electoral binominal que tiende a "empatar" dos grandes fuerzas políticas, y la existencia de un complejo y exigente sistema de quórum parlamentario para la aprobación de reformas constitucionales, obliga a comprender que la obtención de una "mayoría por los cambios" va mucho más allá del logro de una mayoría simple en ambas cámaras.

En el caso de la cámara de diputados, reformas que afecten los principios basamentales del orden constitucional requieren del acuerdo de 72 legisladores o, en el caso de algunos capítulos, de 80 parlamentarios. Esto implica, sumariamente, que: 1) la lista parlamentaria de la Nueva Mayoría debiera obtener 20 doblajes, o bien que, 2) generen una suma menor de doblajes complementadas con el acceso —en desmedro de candidaturas de la derecha— de candidatos independientes o de otras listas parlamentarias más próximas al ideario de cambios al modelo político, económico-social.

De seguir este derrotero, de más está decir que la promesa de la “transformación profunda del modelo” quedaría incumplida, con el agregado de la presencia de gérmenes más aceitados de politicidad extraparlamentaria y con la presencia de movimientos sociales que —neutralizados durante la década de los noventa— esta vez sí tendrían algo que decir en el escenario socio-político. La “Nueva Mayoría”, así, llegaría a ser solo una “ilusión” o un “engaño”, según se prefiera.

En el caso del Senado, el dead line asciende a la suma de 25 senadores. En las próximas elecciones, del total de los 38 senadores en ejercicio, 18 no se someten a elección. De ellos, 9 pertenecen a la derecha. Esto significa que la Nueva Mayoría requeriría lograr el doblaje en 7 circunscripciones de las 10 en que hay elecciones.

En suma: la obtención de las "mayorías parlamentarias" resulta poco menos que imposible, si por ello se entiende una mayoría capaz de superar las trabas institucionales ligadas al binomio régimen electoral-sistema de quórum. Si de futurología se tratara, entonces, las fichas debieran apostarse a la llegada de Bachelet a La Moneda, y a la conformación de una "mayoría por los cambios" en el Senado y la Cámara de Diputados, mayoría que sin embargo no será la que se requiere para la magnitud de las transformaciones agendadas.

Tal es, en definitiva, el escenario más probable en que nos encontraremos en marzo de 2014: la Nueva Mayoría instalada en La Moneda, y un Parlamento con una “binominal cohabitanción” con la derecha. Frente a este escenario, una primera opción por parte de la nueva administración sería la de avanzar “todo lo que se pueda” dentro de los límites de la institucionalidad vigente, lo cual implicaría, probablemente con algunos matices y una intensidad mayor, la reposición de lo que configuró el marco de la política consociativa de los noventa: una política definida por el imperativo de “lo posible” que, rutinizada, derivó en una mera administración —más o menos eficiente, según se quiera— del estado de cosas imperante.

De seguir este derrotero, de más está decir que la promesa de la “transformación profunda del modelo” quedaría incumplida, con el agregado de la presencia de gérmenes más aceitados de politicidad extraparlamentaria y con la presencia de movimientos sociales que —neutralizados durante la década de los noventa— esta vez sí tendrían algo que decir en el escenario socio-político. La “Nueva Mayoría”, así, llegaría a ser solo una “ilusión” o un “engaño”, según se prefiera.

¿Cuál es la opción alternativa a esta “compulsión a la repetición”? La respuesta, creo, no se encamina por el curso —predilecto para la lengua politológica reinante— de la astucia estratégica ni del realismo político. El escenario que percibimos requerirá de lo que, por ahora, solo se ha presentado en cuotas limitadas: una radical resignificación de la política.

Si durante los noventa, como dijimos, la política se concentró en la lógica del posibilismo y la generación de acuerdos, lo que se requiere en este nuevo escenario es, primero que nada, el sinceramiento del campo político respecto a la existencia de proyectos de sociedad antagónicos que, naturalmente, han de expresarse en un marco de convivencia democrática. Es imperativo, para encarar el nuevo escenario, comprender lo político ya no como el lugar en que lo posible se subordina a “lo deseable”, sino que más bien como el campo en que lo deseable —en este caso, una sociedad que no se encuentre gobernada, en todas sus esferas, por la lógica del intercambio, la maximización y la eficiencia— es capaz de “correr las fronteras” y volverse posible.

Tal como durante el año 2011 los estudiantes lograron volver posible y verosímil una demanda considerada extemporánea durante los noventa, la Nueva Mayoría se encuentra ante el deber de renunciar, de manera definitiva, a la connivencia con un modelo que, según declara, no le es propio. Las trampas y cerrojos institucionales, en este sentido, debieran dejar de ser la “excusa” para atrofiar los cambios, y ser considerados como un mero obstáculo a ser superado con voluntad mayoritaria, con articulación entre gobernantes y ciudadanos, con prestancia institucional y calle. Los mecanismos que se utilicen para ello son secundarios frente a este imperativo cambio en la definición misma de lo que se entiende por política. Y para ello, indispensable se vuelve la existencia de un liderazgo político activo, categórico, intransigente en encarnar la voluntad mayoritaria de cambios.

América Latina, durante las últimas décadas, ha dado cuenta que la imaginación, el liderazgo y la voluntad política pueden transformar el estado de cosas, más allá de los deseos del siempre poderoso “partido del orden”. La forma en que se materializa la necesaria fidelidad a la voluntad de cambio, por consecuencia, es variada y contingente, y en Chile será la que los tiempos políticos y sus actores definan. Pero el objetivo de desmantelar el modelo mercantil que ha gobernado este país desde los últimos cuarenta años no podrá ser sometido a los contubernios propios de la lógica administrativa.

Hay razones para pensar que en el nuevo escenario socio-político la voluntad de cambios podrá volverse efectiva. La Nueva Mayoría y el liderazgo político de Bachelet tienen la oportunidad de conducirla. Probablemente, la última oportunidad.

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