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Análisis

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Colegios VIP: los privilegios, los privilegiados y los demás

por 7 agosto, 2013

Colegios VIP: los privilegios, los privilegiados y los demás
Las masas indignadas buscan, igual que ayer y anteayer, a un líder que haga carne de esa demanda profunda por mayor equidad. Michelle Bachelet parece ser la elegida por el pueblo para esa misión, pero no se ve cómo pueda llevar a cabo la tarea. Tal como en los setenta, la cuestión se juega en el incómodo terreno de la expropiación. Si antes fueron las haciendas lo que el Estado expropió, hoy es el privilegio lo que debe ser expropiado, pero no hay un mecanismo para ello. Ésta es la pregunta difícil: ¿Cómo podría deshacerse el ghetto sociocultural que constituyen el Santiago College, el Grange, el Saint George, los colegios franceses de Vitacura y sus sucedáneos?
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La información sobre los colegios escogidos por los miembros del comando de Michelle Bachelet para educar a sus hijos despertó una serie de comentarios. La mayoría fustigaba a los personeros por la aparente contradicción entre sus postulados políticos y su comportamiento privado. Otros, contestando la crítica, sostuvieron que no había tal contradicción y que no se podía demandar de estos sujetos una conducta franciscana en su vida diaria como condición sine qua non para la coherencia política. Sin embargo, ambas posturas, la del crítico y la del defensor, equivoca el camino y pierde la oportunidad de reflexionar sobre el trasfondo que el reportaje evidencia.

El problema que muestra el artículo no es que los miembros del comando concertacionista escojan colegios privados para sus hijos, así lo hace el grueso de los padres que pueden pagarlos. El problema no es, tampoco, que no prefieran los liceos pues, salvo los denominados emblemáticos, son instituciones precarizadas y con bajos estándares de calidad. Es decir, no hay nada cuestionable ni inmoral en que los sujetos en cuestión busquen lo mejor para sus hijos pues así lo hacen todos los padres razonables del mundo. Por lo tanto, esta arista debe ser descartada del debate público por irrelevante.

¿Cuál es, entonces, el asunto detrás de qué colegios escogieron para sus hijos los miembros del comando de Bachelet?

El tópico en cuestión es el privilegio y el estatuto de los privilegiados respecto al resto de los habitantes del país. Los colegios mencionados no son como cualquier otro establecimiento particular pagado, son el símbolo por antonomasia de la sociedad construida durante los últimos 40 años. El reportaje los denomina “Colegios VIP” dado las altísimas mensualidades y cuotas de incorporación que cobran y, además, por el selecto grupo de personas que integran su comunidad académica. Es importante notar que para entrar a alguno de los establecimientos señalados no basta tener dinero, sino que se deben sortear una serie de procedimientos que funcionan como un colador social. Así, lo que estos colegios esconden, detrás de sus enormes edificios y altos puntajes PSU y Simce, no es más que un club de pertenencia para una pequeña elite que, a su vez, controla la generalidad del proceso político y económico.

Los Colegios VIP, así, son el templo de adoración del privilegio al cual acuden concertacionistas y derechistas por partes iguales y se constituyen como un solo cuerpo, un solo grupo-en-el-poder que cautela sus prerrogativas y acumula los símbolos sociales a través de la ostentación de los mismos.  Los privilegios y los privilegiados son la clave analítica del Chile pos-Pinochet. Veamos algunos ejemplos: el sistema binominal es un mecanismo de privilegio para la minoría, que se ve beneficiada de reglas electorales inéditas en el mundo, la Constitución es un mecanismo de privilegio para una facción que se ve favorecida por los quórums supra mayoritarios, el sistema tributario es un sistema de privilegio para una elite empresarial que paga menos impuestos que la clase media, el sistema escolar es un sistema de privilegio que permite la existencia de lujosos colegios VIP  y de liceos fiscales a punto de derrumbarse. Y así por delante.

Los colegios VIP, entonces, no solo son un espacio educativo para los hijos, sino, en lo medular, son un centro de acopio de capital social para los padres. Los apoderados escogen estos colegios no solo para educar a sus niños, sino también para encontrarse allí con otros apoderados y ampliar su red de influencias. O, como se suele decir ahora, para ganar más “contactos”. Esto es todavía más evidente si miramos los rankings internacionales y observamos el lugar que ocupan los Colegios VIP chilenos en comparación con los del resto del mundo. En Chile, ni siquiera los que reciben mejor educación están bien rankeados, de ahí que nuestra elite no lea y descrea de las ciencias sociales.

¿Por qué cobran tan caro? Difícil saberlo pues no hay prestación de educación escolar que pueda valer tanto y tampoco hay indicios de lucro en ninguno de estos establecimientos. ¿En qué gastan el dinero, entonces? Una pista: Lo que se observa es que hay una cierta tendencia al lujo y a la ostentación en los colegios más caros de Santiago. Un colegio de lujo es una rareza para la historia de Chile, marcada por los liceos fiscales y las escuelas públicas, de hecho podríamos decir que nunca antes habíamos tenido este nivel de ostentación en la educación escolar con precios que pueden superar incluso los mil dólares mensuales. Adicionalmente, y más importante aún, es útil preguntarse: ¿Qué tipo de niños estamos formando, rodeados de lujo y ostentación?

La respuesta a esa pregunta es difícil y dolorosa. Si la supra-elite chilena está educando a sus hijos en esos contextos solamente podemos esperar que esos niños, cuando sean adultos, buscarán instintivamente el privilegio, el lujo y la ostentación porque eso es lo que han visto desde su más tierna infancia. Así, cuando tengan que escoger un trabajo, preferirán un estudio jurídico poderoso e influyente o una empresa millonaria y globalizada. Si son académicos, cuando tengan que escoger una universidad donde hacer clases tendrán especial debilidad por la ostentación precordillerana para así observar la ciudad desde arriba, con cierto aire imperial. Y así por delante: un niño formado en un contexto de lujo y ostentación desde su etapa escolar reproducirá esos estándares en todas sus decisiones, o bien se volverá un sujeto culposo y angustiado que buscará el privilegio por un lado y hablará contra el privilegio por otro. Este fenotipo suele encontrarse en las universidad públicas, tanto en los profesores como en los alumnos, y parece ser también el caso de los miembros del comando de la señora Bachelet.

El problema, entonces, no es, solamente, la inconsecuencia de la izquierda chilena que despotrica contra el privilegio y luego lo busca como un adicto. Es, fundamentalmente, el problema de un país que tiene una elite irreflexiva que ha acumulado los símbolos del poder durante 40 años y hoy se ve cuestionada en la raíz misma de sus prácticas elitarias. Los hijos y nietos de esa elite son los depositarios de esos privilegios que se transmiten mediante instituciones que, a través de los precios y los mecanismos de selección, mantienen los símbolos lejos del grueso de la población. La diferencia que debe asombrarnos no es aquella entre los liceos y los colegios VIP, sino la brecha entre estos últimos y cualquier otro colegio particular, digamos de Curicó, Ovalle o Melipilla. Así, si un niño que no asistió a un colegio VIP quisiera llegar a alguna de las mejores universidades del mundo tendría que esperar no solo uno, sino varios milagros: dar una buena PSU, entrar a la Chile o a la Católica, superar los test de idiomas, ganar becas y ser aceptado afuera. Estas tareas son bastante más simples si se es bilingüe desde la infancia, se entrenan preguntas PSU desde octavo básico, se recibe el capital cultural de los compañeros y, además, se vive sin preocupaciones económicas. Incluso más: al volver del postgrado quien tiene capital social desde la cuna tendrá inmensas probabilidades de ser contratado como académico en alguna universidad prestigiosa, quien no lo tiene tendrá que esperar su turno y someterse al régimen de aplausos mutuos que se lleva en la academia nacional.

Para comprender el trasfondo del fenómeno es importante recordar la lección de Pierre Bourdieu, el sociólogo francés más influyente de la segunda mitad del siglo XX. Él escribió junto a Claude Passeron un libro que se transformó en el clásico ineludible en materia de sociología de la elites. Bajo el sugerente título “Los Herederos”, los autores argumentaron que los liceos fiscales franceses eran un mecanismo más de la reproducción de los privilegios y no las instituciones republicanas donde las diversas clases sociales convergían, como se pensaba comúnmente. Amparados en abundante prueba empírica, Bordieu y Passeron mostraron que los hijos de los ricos egresaban antes que los hijos de los pobres y de la clase media, luego conseguían entrar a mejores universidades y conseguían mejores trabajos. Este argumento le valió a Bordieu un eterno gallito contra la elite parisina que veía en él un provinciano “venido a gente” gracias a su carrera académica.

Pero el punto de Bordieu es clave para el caso chileno pues nos mueve a pensar que, quizás, nuestras instituciones supuestamente meritocráticas y republicanas no son sino otro mecanismo de reproducción de privilegios. Habría que mirar con cuidado y recolectar prueba empírica para analizar si acaso los estudiantes universitarios provenientes de colegios VIP se demoran menos en egresar que los demás. Lo que sí es un hecho es que, dentro de las universidades públicas, se constituyen pequeñas tribus que responden a los mismos patrones sociales antes descritos, con escasas excepciones que, como tales, tienen su nombre propio en los patios: los desclasados.

Y es que el drama que está detrás de los Colegios VIP tiene también un sentido histórico que nos muestra algunas continuidades. En la década de 1920, Chile experimentó una severa crisis social y política que emergió como la culminación de una serie de movimientos sociales surgidos en el norte como consecuencia del abuso laboral contra los mineros del salitre. La llamada “cuestión social” apareció, entonces, como el concepto que englobaba las precarias condiciones de vida de parte importante de la población. Esto, contrastado con el lujo que ostentaba la elite de la época, produjo el quiebre paulatino de la legitimidad política y, finalmente, el ascenso de caudillos mesiánicos que se ocuparon de disparar, justamente, contra la clase que acumulaba los privilegios. El símbolo de las salitreras fue sustuido por las casonas del centro de Santiago que, de tanto en tanto, eran asaltadas y destruidas por masas enfurecidas en una práctica que la historiografía denominó “la poblada”. Un libro sintetizó ese espíritu y lo convirtió en tesis: “La fronda aristocrática”, escrito en 1927 por Alberto Edwards, entonces ministro del dictador Carlos Ibáñez que había desplazado de la escena al caudillo Alessandri Palma, que luego volvería por sus fueros.

Cuarenta años después de eso, en la década de 1960, Chile volvió a experimentar un ciclo de movimientos sociales y de profundo cuestionamiento a los privilegios de la elite. Ya no era el salitre ni las condiciones laborales lo que motivaba la irrupción de las masas, sino la hacienda y la desigualdad económica plasmada en la propiedad de la tierra. Ya sabemos cómo siguió esa historia: reformas agrarias varias, tomas de terrenos y violencia en las calles. Luego, el ascenso de líderes mesiánicos que disparaban contra la elite y, finalmente, el quiebre de la institucionalidad y el aterrizaje de un dictador.  Visto en perspectiva el proceso que explota en los 60 es idéntico al que se vivió en los 20. El componente que permite ver la continuidad es el privilegio acumulado en una diminuta elite que se ve cuestionada por la inmensa mayoría de la población que, a su vez, busca líderes que encarnen sus demandas.

Hoy, cuarenta años después del golpe de Estado, Chile parece vivir, nuevamente, un ciclo de movimientos sociales que cuestionan el privilegio. Hoy no son las salitreras, hoy no son las haciendas, hoy es la educación y los símbolos del poder que rodean los colegios y universidades. Ya no es un movimiento social de corte obrero, ya no es un movimiento ideológico sesentero, hoy es un movimiento estudiantil que removió las bases mismas de las prácticas elitarias.

Los Colegios VIP, así, son el templo de adoración del privilegio al cual acuden concertacionistas y derechistas por partes iguales y se constituyen como un solo cuerpo, un solo grupo-en-el-poder que cautela sus prerrogativas y acumula los símbolos sociales a través de la ostentación de los mismos.  Los privilegios y los privilegiados son la clave analítica del Chile pos-Pinochet. Veamos algunos ejemplos: el sistema binominal es un mecanismo de privilegio para la minoría, que se ve beneficiada de reglas electorales inéditas en el mundo, la Constitución es un mecanismo de privilegio para una facción que se ve favorecida por los quórums supra mayoritarios, el sistema tributario es un sistema de privilegio para una elite empresarial que paga menos impuestos que la clase media, el sistema escolar es un sistema de privilegio que permite la existencia de lujosos colegios VIP  y de liceos fiscales a punto de derrumbarse. Y así por delante.

Las masas indignadas buscan, igual que ayer y anteayer, un líder que haga carne de esa demanda profunda por mayor equidad. Michelle Bachelet parece ser la elegida por el pueblo para esa misión, pero no se ve cómo pueda llevar a cabo la tarea. Tal como en los setenta, la cuestión se juega en el incómodo terreno de la expropiación. Antes fueron las haciendas lo que el Estado expropió, hoy es el privilegio lo que debe ser expropiado, pero no hay un mecanismo para ello. Porque si nos hacemos la pregunta difícil: ¿Cómo podría deshacerse el ghetto sociocultural que constituyen el Santiago College, el Grange, el Saint George, los colegios franceses de Vitacura y sus sucedáneos? La respuesta que suele darse es: mejorando las condiciones de la educación pública para que así los apoderados tengan incentivos de cambiar a sus hijos y no escoger los colegios VIP. Pero eso es no comprender el problema de fondo: los apoderados escogen los establecimientos más caros no solo por sus hijos, sino, fundamentalmente, por ellos mismos, por el asunto de los contactos y las conexiones sociales que gobiernan el valle central.

Este diagnóstico no aparece en la prensa ni en las abundantes columnas de opinión. Hay, al menos, dos razones para hacerse los lesos. Una, quien emita la crítica corre el serio riesgo de ser tildado de “resentido social”. Así llaman a Carlos Peña cada vez que dispara, desde su trinchera dominical, contra la tribu. Ya no sorprenden las cartas que, al día siguiente, se hacen caer en A2 para recordarle a Peña que su dolor es, como decía una viuda, “no ser de los Peña”. Lo mismo cada vez que en una conversación social alguien osa cuestionar a “los cuicos”. La segunda razón es más profunda: pareciera que la política nada puede hacer para revertir la concentración simbólica del poder.  En este segundo aspecto radica lo dramático del asunto. El sistema político, que en lo sustancial es dirigido por la misma elite antes descrita, se declara incompetente para dar respuestas a las principales preguntas de nuestros tiempos. Si desde lo público no hay solución posible, entonces no parece haber razón para ventilar públicamente el diagnóstico. La desigualdad, así, pasa a ser un tema privado y el privilegio queda cubierto de un manto de legitimidad que no tiene.

El movimiento estudiantil, hasta aquí, ha optado por encarar el problema desde la precariedad, esto es, se toman los liceos y las universidades públicas para, desde allí, reclamar contra el sistema educacional. Sin embargo, ninguno de los dirigentes ha querido plantear la cuestión al revés: ¿Qué pasaría si mañana amanecieran tomados el Saint George, el Grange, el Santiago College y los colegios franceses de Vitacura? No es fácil imaginarse la respuesta que tendría la elite ante esto, pero sí podemos imaginar lo que pensaría el grueso de la población, incluso más si entraran las cámaras de televisión a filmar el lujo y la ostentación de estos recintos. Los padres y apoderados se verían en la misma estupefacción en que se veían los dueños de las haciendas cuando eran ocupadas violentamente a comienzos de los 70. La histeria haría gárgaras en el Chile VIP, la desigualdad quedaría graficada de forma impecable y el sistema completo evidenciaría su crisis. Abundarían las reuniones y los cafés a media tarde para evaluar la situación. En el comando de Bachelet, seguramente, se declararían todos sorprendidos.

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