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El método Bachelet

por 9 agosto, 2013

El método Bachelet
Hubo varios miembros que poseen triple militancia: el FEN, Res Pública (¡otra vez Luksic!) y el nuevo think tank. El encuentro reunió —además de connotados líderes concertacionistas, economistas neoliberales y centros de estudio de derecha— al ala liberal del equipo de la ex Presidenta, los mismos que se han encargado de dejar fuera a los economistas del Instituto Igualdad y, de paso, vetar al emblemático vocero de Conadecus. Por cierto, ambos hechos forman parte del ya conocido método Bachelet.
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La afirmación  de Michelle respecto de que el gobierno de Piñera sería “un franco retroceso en materia de finanzas”, sonó dura, en medio de apariciones donde sólo había lucido su lado amable, maternal. Una Bachelet seca y tajante era una imagen a la cual no estamos acostumbrados. De allí entonces que la cobertura mediática puso énfasis en esa intervención, y no en el hecho acaecido un día antes que, desde el punto de vista económico y del gobierno que viene, resultó mucho más relevante: el lanzamiento de Espacio Público o, según otros, su verdadero comando.

La propia web de la entidad recalcó que a la conferencia inaugural de James Robinson —autor del conocido libro “¿Por qué fracasan los países?”, quien no es Milton Friedman, pero tampoco es John Maynard Keynes— habían asistido más de 300 personas, entre los que destacaban los miembros del equipo económico y programático de la presidenciable comandados por Eduardo Engel principal anfitrión, y donde hubo varios miembros que poseen triple militancia: el FEN, Res Pública (¡otra vez Luksic!) y el nuevo think tank. El encuentro reunió —además de connotados líderes concertacionistas, economistas neoliberales y centros de estudio de derecha— al ala liberal del equipo de la ex Presidenta, los mismos que se han encargados de dejar fuera a los economistas del Instituto Igualdad y, de paso, vetar al emblemático vocero de Conadecus. Por cierto, ambos hechos forman parte del ya conocido método Bachelet. ¿Cuál es ese método?

Uno: decir una cosa, para recoger aspiraciones y consolidar su popularidad, y hacer otra, porque en definitiva no cree que sean viables. En el discurso de El Bosque o en el reciente de La Cisterna, ella reafirma lo que se supone son sus postulados básicos: educación gratuita, reforma tributaria y nueva Constitución y, no obstante, nombra a personas que, por trayectoria, no son las más adecuadas para esos emprendimientos o son directamente contrarios a ellos. Incluso sus redactores de programas han innovado en la capacidad de no comprometerse: hacen propuestas a ser aplicables en gobiernos posteriores a 2018, lo que es una curiosidad. La ex Presidenta considera que, en realidad, son pocas las cosas que se pueden hacer desde el gobierno, y su rango de convicciones es limitado. Ya tuvimos oportunidad de verificarlo en el área económica, educación, medioambiente y consumidores. Acaba de volver a ocurrir, ahora en el plano internacional, donde figuras como Luis Maira, Juan Somavia o el mismo Juan Gabriel Valdés, eran números fijos. Pero se termina nominando a José Goñi. Su nominación reafirma una vez más su personalidad: dotarse de una línea direccional de absoluta lealtad, más que intentar responder con las personas mejor preparadas para los desafíos que la agenda le plantea.

Los nombres de sus ministros en el área grafican su óptica sobre el asunto: un médico que dirige un centro de salud (Martín Zilic), una profesora de Gimnasia ( Yasna Provoste) y una sostenedora vinculada a la alta jerarquía de la iglesia católica (Mónica Jimenez). En medio de ello se dictó una ley  —¿se acuerdan de las manos en alto y el llanto de Pedro Montt?— que resultó ser la antípoda de la demanda estudiantil, mientras se siguió jibarizando el Mineduc hasta transformarlo en lo que es hoy: un Banco Nacional de Educación.

Dos: no generar riesgo político con los poderes constituidos, es otra de sus máximas en política y hemos tenido multiplicidad de ocasiones para comprobarlo. Era el otoño de 2006, los  “pingüinos” habían logrado que su gobierno hiciese agua en un flanco que en su programa no había tenido ninguna prioridad. Pues ¿qué hizo la ex mandataria?, designar a una comisión tan amplia como improductiva. En medio de ellos, los nombres de sus ministros en el área grafican su óptica sobre el asunto: un médico que dirige un centro de salud (Martín Zilic), una profesora de gimnasia (Yasna Provoste) y una sostenedora vinculada a la alta jerarquía de la iglesia católica (Mónica Jimenez). En el intertanto se dictó una ley —¿se acuerdan de las manos en alto y el llanto de Pedro Montt?— que resultó ser la antípoda de la demanda estudiantil, mientras se siguió jibarizando el Mineduc hasta transformarlo en lo que es hoy: un Banco Nacional de Educación. Se ‘cooptó’, además, un par de líderes juveniles del PS. Asunto concluido: los operadores privados financiados por el Estado sin regulaciones elementales siguieron discriminando y ganando dinero a sus anchas. Y el conflicto estudiantil se controló solo para reaparecer con más virulencia en 2011.

Tres: el síndrome Insulza, o la agenda de las 24 horas. Si algo hizo famoso al ex ministro del Interior y permitió su permanencia en el cargo durante el gobierno de Lagos fue su capacidad para controlar la agenda corta, cuya evidencia más notoria fue, sin duda, su acuerdo con Longueira —alcanzado en un día— que evitó el golpe blanco que se quiso dar a Lagos. Porque, digámoslo sinceramente, lo estratégico —como la agenda regionalista— nunca fue lo suyo. Algo similar le ocurre a la ex Presidenta. Ha demostrado una enorme capacidad para moverse en el área chica, distensionar el conflicto —Comisión Educación y Boeninger para enfrentar la crisis del binominal, Medio ambiente, previsión, demandas regionales y del pueblo Mapuche, etc.—, encontrar una solución de parche —LGE, “las 36 medidas”, creación de los ministerios de Seguridad y Medio Ambiente, Propuesta para reformar el Binominal, la escuálida PBS, el Plan Chiloé y Viera Gallo como “Coordinador de Política Indígena” dictando el “fatídico decreto 124”, etc.—, capear la crisis y la coyuntura, recuperar su popularidad y dejar ahí mismo los problemas: educación, metropolización de Chile, conflicto mapuche, crisis institucional y mantención del modelo.

Cuatro: el orden. Michelle se ha caracterizado, tanto ayer como hoy, por representar mejor que nadie la voluntad de cambio que la sociedad demanda a sus líderes. En 2005, la ciudadanía se cobró venganza de su desgastada y envejecida elite, optando por un rostro nuevo que no era parte de los circuitos habituales del oficialismo. Además, en su condición de mujer representó la oxigenación de la empolvada y machista casta política Sin embargo, a poco andar hace todo lo contrario de lo que representa: nombra como ministro del Interior a Andrés Zaldívar, un viejo amigo del orden y quien ya en 1967 tenía esa condición, y termina su gobierno con Edmundo Pérez Yoma, otro connotado conservador, adicto a la aplicación de la ley de Seguridad Interior del Estado contra los activistas mapuche. Lo mismo ocurrió con Andrés Velasco en Hacienda y hoy con su equipo económico. Como ya se dijo: señaliza a la izquierda, pero termina virando con facilidad a la derecha si eso permite evitar turbulencias.

Cinco: un carácter cálido en primer abordaje pero en definitiva frío y distante. Para todos aquellos que conocen de cerca los tejidos amicales del PS, les debe haber sorprendido la dramática respuesta de Camilo Escalona en Canal 13, hace un par de semanas cuando señaló que “Michelle, no es mi amiga”, habida cuenta de la cercanía que él, tanto en Berlín, como en Chile —se exiliaron en la misma ciudad, militaron en el PS Almeyda, y en la misma fracción, condición que le permitió llegar a ser ministra— cultivó con Michelle, y nadie aún olvida la lealtad que le brindó durante su gobierno, que llegó al paroxismo y terminó quebrando al PS. Pero, parece que Camilo se sobregiró y cayó en desgracia al punto que se rumorea hoy que cada nombre que el líder de la Nueva Izquierda propone para el comando es inmediatamente vetado por Arenas. Idéntica situación le sucedió a Juan Carvajal y a una extensa lista: Núñez, Solari, Martner, el propio Ominami, etc.

Michelle ha demostrado poseer una trayectoria fiel a sus características proclives a trabajar con personas que dependan totalmente de ella, sin personalidad política propia, más que un apego irrestricto a convicciones o a un proyecto político. Éstas, tanto en 2006 como ahora, se notan al momento de constituir equipos, o poner en práctica sus discursos. Es posible que su gran talento político-electoral y su capacidad de representar esperanzas colectivas en base a su biografía y a la proyección de empatía y cercanía con el ciudadano común y de lejanía con las representaciones políticas, le favorezca nuevamente. Bien por ella. Sin embargo, hay que advertir —ya lo demostró recientemente Tocopilla— que el ambiente social, en particular en regiones, está en franca ebullición y ya no bastarán las lealtades irrestrictas, las agendas de 24 horas, las comisiones ampliadas, “los representantes en misión” al estilo Viera-Gallo, o los remedos de reforma para mantener el statu quo. Chile hoy está en una disyuntiva: la de mantener el orden existente o modificarlo en profundidad atendiendo las aspiraciones colectivas, en primer lugar la reducción de las desigualdades, y ella tendrá que,finalmente, optar, por un camino. Por el momento, Bachelet ha constituido un liderazgo neocaudillista, que prescinde de partidos, de equipos deliberativos y de vínculos con el movimiento social y con los territorios, y que funciona en base a decisiones jerárquicas marcadas por el pragmatismo y la ausencia de objetivos sustantivos, lo que se hace posible por su inmensa popularidad, y que será viable mientras ésta dure. Pero Chile no es tanto un país de caudillos como de instituciones. Al menos, hasta ahora. Nunca en el Chile contemporáneo un liderazgo había reunido, al mismo tiempo, tanta solidez y tanta fragilidad.

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