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Recabarren: sacúdete en tu cripta

por 19 agosto, 2013

Recabarren: sacúdete en tu cripta
El jolgorio ante el triunfo de las primarias parece ser la respuesta. El punto es que todo ello puede ser “pan para hoy y hambre para mañana”. La primera derrota que se viene fuerte, tanto para ellos y, por carambola, para Bachelet y su Nueva Mayoría, será —al parecer— la pérdida de las federaciones de estudiantes universitarios. Los estudiantes que no son de ningún partido político, de ningún movimiento político, que no son tampoco “ultras”, pero que son esos estudiantes con sentido común o con un sentido político desarrollado en los últimos años, con conclusiones rotundas respecto a la Concertación. Esos que salen a marchar, vez por vez, por las calles del país, esos estudiantes no votarán por esos pactos sin alma.
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A veces el pragmatismo puede pasar la cuenta, sobre todo cuando durante años se ha hecho de la crítica al modelo, de la crítica a la coalición que mejor lo ha administrado, de la crítica a quienes no han estado del lado de los trabajadores, del pueblo, de los estudiantes, de la crítica a los tecnócratas que han reemplazado el sentido de la política, cuando se ha hecho de la crítica al orden democrático pactado bajo la medida de lo posible, la reconciliación nacional y el amor al crecimiento económico, cuando se ha hecho de todo ello el molino perfecto para llevar las aguas de la protesta y el descontento a las arcas del propio capital político, ahí, justo ahí, el pragmatismo puede pasar la cuenta.

Sin duda el Partido Comunista está jugando al equilibrismo entre las convicciones más arraigadas de sus bases y el pragmatismo más sorprendente de sus dirigentes. En ese equilibrio es relativamente sencillo reproducir la crítica que Tomás Moulian le hiciera en su minuto a la Concertación respecto al “travestismo” o “transformismo” de la coalición en su memorable y ya clásico Chile Actual: Anatomía de un mito. Podríamos decir incluso que esa crítica se aplica mejor a la actual dirigencia comunista que a la otrora Concertación pretendidamente sepultada en el baúl de los recuerdos.

Siempre ese Partido pactó con otras fuerzas para llegar de una u otra manera al poder, al Estado o a los gobiernos. La diferencia está en que siempre lo hizo con fuerzas que estaban decididamente del lado de lo que ellos mismos interpretaban como intereses de los trabajadores. Pactar con la Concertación no es lo mismo, pues ella es ampliamente vista por el pensamiento de izquierda de base como la coalición que ha traicionado duramente a los trabajadores, el pueblo, los estudiantes, y póngale usted un largo etcétera. Y el pacto en política es como pactar con el diablo, siempre se complica aún más, pues el diablo siempre quiere más, porque el diablo lo que quiere es el alma.

Muchos de los intelectuales orgánicos de la Concertación, ya a mediados de los 80, estaban convencidos de varios de los instrumentos que hoy llamamos neoliberales, en educación es tremendamente notorio esto, por lo que “transformismo, transformismo” en los 90 no hubo. Pero en el caso de los dirigentes comunistas es posible percibirlo en todas sus letras; a no ser que jugar al 'señor de las máscaras' para ganar unos escaños más en el Congreso sea un objetivo digno de ese partido político que siempre se ha creído depositario de los derechos humanos, los intereses de los trabajadores, de los estudiantes, de las grandes alamedas, de la Unidad Popular, del mismísimo Allende o del malestar ciudadano de la calle de los últimos años.

La calle no se agota en un partido político; debiese estar eso meridianamente claro. Incluso es posible que la calle rechace la arrogancia de quienes negocian en nombre de ella o quienes la ponen en la mesa de los escenarios de los intereses políticos. Eso de que “estaremos en La Moneda y/o en la Calle” es de una arrogancia que sólo obnubila a quien la esgrime como fórmula de negociación.

La disciplina interna del Partido Comunista invisibilizará todo reclamo o toda crítica interna a este pragmatismo que, hoy por hoy, exhiben como partido político. La canalizarán en debates internos sobre los fines que se persiguen, las metas que se quieren alcanzar, las transformaciones que paso a paso están pensadas en estas pequeñas decisiones coyunturales de tono pragmático, total, con tres diputados más en el Congreso la celebración será proclamada como uno de los más grandes logros en décadas.

Es eso que Teillier llama “sólido” versus el “infantilismo fantasioso” de quienes lo critican. Claro que es más sólido controlar en el futuro unas cuantas alcaldías, tener unos cuantos escaños o dirigir el Instituto Nacional de la Juventud o el Servicio Nacional de la Mujer, claro que es más sólido estar en los pasillos de La Moneda o del Congreso: el pequeño detalle es el costo de la negociación, el costo de ese pragmatismo único en su historia. Siempre ese partido pactó con otras fuerzas para llegar de una u otra manera al poder, al Estado o a los gobiernos. La diferencia está en que siempre lo hizo con fuerzas que estaban decididamente del lado de lo que ellos mismos interpretaban como intereses de los trabajadores. Pactar con la Concertación no es lo mismo, pues ella es ampliamente vista por el pensamiento de izquierda de base como la coalición que ha traicionado duramente a los trabajadores, el pueblo, los estudiantes, y póngale usted un largo etcétera. Y el pacto en política es como pactar con el diablo, siempre se complica aún más, pues el diablo siempre quiere más, porque el diablo lo que quiere es el alma.

¿Están dispuestos los comunistas a perder su alma?

El jolgorio ante el triunfo de las primarias parece ser la respuesta. El punto es que todo ello puede ser “pan para hoy y hambre para mañana”. La primera derrota que se viene fuerte, tanto para ellos y, por carambola, para Bachelet y su Nueva Mayoría, será —al parecer— la pérdida de las federaciones de estudiantes universitarios. Los estudiantes que no son de ningún partido político, de ningún movimiento político, que no son tampoco “ultras”, pero que son esos estudiantes con sentido común o con un sentido político desarrollado en los últimos años, con conclusiones rotundas respecto a la Concertación. Esos que salen a marchar, vez por vez, por las calles del país, esos estudiantes no votarán por esos pactos sin alma, o lo que es lo mismo, puramente pragmáticos y coyunturales que vendieron su alma. Tal vez, esos estudiantes universitarios no voten en las elecciones políticas nacionales y alguien desprevenido puede pensar “¡mejor, que no voten!”, pero es pura ingenuidad porque la calle retomará el control de la agenda el 2014, aunque se encuentre con un nuevo ministro del Interior sin escrúpulos. Recién ahí la cuenta, tal vez, repose en los cómodos asientos de los actuales dirigentes comunistas.

Mientras tanto, la derecha califica a todo lo que se moviliza de “ultra” y los comunistas de “infantil”. Pero la pregunta sigue retumbando y molestando, aunque se escamotee por un pragmatismo feroz: ¿Están dispuestos los comunistas a perder su alma?

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