Miércoles, 28 de junio de 2017 Actualizado a las 15:17

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El otro modelo y sus críticos

El otro modelo y sus críticos
Nuestra explicación es que para objetar el libro es necesario defender el neoliberalismo; es necesario decir, por ejemplo, que efectivamente debemos ignorar la pregunta por el interés de todos y fomentar la colonización por el mercado de todas las esferas; o que en materia educacional debemos ignorar el resultado hoy evidente pero finalmente enteramente predecible del mercado, en la forma de desigualdad y segregación.

En las últimas semanas, nuestro libro ‘El Otro Modelo’ ha suscitado variadas reacciones, algunas positivas, otras críticas, generando un interesante debate respecto de las virtudes y defectos de la sociedad en que vivimos. Naturalmente, son las lecturas críticas que nos interesan abordar a partir de ahora. Ciertamente, las críticas provenientes de la derecha intelectual constituyen una buena noticia. Nuestro esfuerzo consistió en articular en un discurso coherente el creciente descontento con el modelo neoliberal bajo el cual vivimos, y un síntoma de que en alguna medida eso se ha logrado es que los defensores de ese modelo han sentido la necesidad de objetarlo, aún al costo de distorsionar lo que allí se argumenta. En efecto, hasta ahora esas críticas no se refieren a nuestro libro, sino a caricaturas de los comentaristas que se originan en una mala lectura, en el desconcierto o, incluso, en la mala fe ante nuestra argumentación. Los críticos creen que “El Otro Modelo” pretendería volver atrás la historia reproduciendo “modelos fracasados”, desde la Unidad Popular hasta el comunismo soviético. Para responder objeciones al argumento real del libro, entonces, habrá que esperar que emerjan críticas dirigidas a lo que el libro efectivamente alega. Por ahora, lo único que es posible hacer es mostrar cómo las críticas dicen más acerca de la sicología y los temores de sus autores que del libro, y recomendar a quien esté interesado en el tema que no descanse en lo que dicen esos comentaristas y que lo lea por su cuenta.

Es interesante, sin embargo, preguntarse por el sentido de que no haya habido críticas al contenido real del libro sino caricaturas de su contenido. Nuestra explicación es que para objetar el libro es necesario defender el neoliberalismo; es necesario decir, por ejemplo, que efectivamente debemos ignorar la pregunta por el interés de todos y fomentar la colonización por el mercado de todas las esferas; o que en materia educacional debemos ignorar el resultado hoy evidente, pero finalmente enteramente predecible del mercado, en la forma de desigualdad y segregación; o que en materia económica el Estado debe actuar con total prescindencia en materia de asignación de recursos, negando las posibilidades de una política industrial que haya aprendido de los errores y aciertos del pasado. Esto es lo que los críticos deberían decir si quisieran criticar el argumento real del libro. Y Chile es hoy un país en el que ya no resulta tolerable asumir estas posiciones, a pesar de que ellas son reconocibles en lo que solía sostenerse en público hace sólo unos años.

 Insinúa Walker, repetiría las ‘planificaciones globales’ que criticó hace unas décadas el historiador conservador Mario Góngora. Es difícil entender cómo se puede –al mismo tiempo— estar proponiendo un mero ajuste a una estrategia de desarrollo y abogando por una planificación global. Por otra parte, si se toma sólo esta última parte de la crítica, es interesante constatar que el Chile que vivimos es justamente el resultado de la última de las planificaciones globales que Góngora objetó (la más exitosa en proyectarse, en efecto): la de un neoliberalismo de una radicalidad sin comparación.

El único que ha tenido el coraje de decirlo tal cual ha sido el profesor Rolf Lüders, quien defendió en CNN la idea que el mercado es siempre la forma “ideal” de organizar la provisión de todo tipo de bienes y servicios. Por distintas razones, incluyendo el escándalo financiero de La Polar y el grado inaudito de segregación al que llega el sistema escolar, hemos perdido la inocencia respecto de los efectos de la lógica de mercado. La razón es precisamente que, como señala “El Otro Modelo” y otros libros contemporáneos como “What Money Can’t Buy” de Michael Sandel, hemos ido demasiado lejos en aplicar esta lógica porque hay ámbitos de la vida en los que ésta corrompe la naturaleza del bien o servicio provisto.

A modo de ejemplo de las críticas conservadoras a las que aludimos, la más cándidamente indiferente al contenido real del libro vino de Hermógenes Pérez de Arce, que anuncia (1) “no he leído el libro”, sin perjuicio de lo cual (2) “les puedo adelantar lo que propone”. ¿Cómo puede alguien hacer tal acto de adivinación? Simple: por la vía de imputarle al libro sus prejuicios respecto de lo que “las cabezas pensantes de la extrema izquierda” deben, necesariamente, creer. Lo que resulta especialmente divertido, sin embargo, es que a medio camino el crítico-que-no-leyó olvida que está comentando solamente sus prejuicios y empieza a pensar que está comentando el libro, y entonces cree que puede decir a sus lectores que (3) “nada de esto es nuevo”. ¡Era que no, si son sus prejuicios los que expone!

Algunas reacciones a “El Otro Modelo” son extravagantes en su comprensión de los argumentos. Desde la Corfo, por ejemplo, se objeta que el libro sostenga que no ha habido, al menos en el siglo XX, países que hayan alcanzado el desarrollo sin recurrir a diversas formas de política industrial, diciendo que esto es “tan poco riguroso como sostener que logramos duplicar la tasa de crecimiento de la economía chilena en este gobierno […] como consecuencia del fin de la política industrial selectiva impulsada en el gobierno anterior”. Nótese la radical diferencia entre nuestra afirmación y la sugerida. Por supuesto que su afirmación es “poco rigurosa”, porque afirma causalidad. La nuestra es correcta al fundarse en una constatación, pero no afirma causalidad. Pero el punto de fondo es otro. No creemos que la estructura productiva que tienen hoy los países desarrollados haya sido consecuencia del rol subsidiario de sus Estados. Afirmamos que dicha estructura resulta de un proceso deliberativo de la sociedad, representada de diversas formas, buscando genuinamente el interés general, el cual no necesariamente coincide con el interés particular de algunos de sus miembros que desean generar sobre rentas.

Daniel Mansuy, por último, afirma que el libro “niega sistemáticamente la presencia de todo componente moral”, porque el libro discute el régimen de lo público en términos institucionales. Lo que el libro intenta hacer es mostrar cómo puede pensarse un régimen que haga probable el reconocimiento de intereses comunes (es decir, la idea de comunidad que da contenido a una ciudadanía que no es puramente formal) en una sociedad moderna. Esto a Mansuy le parece “frío e impersonal”. Nosotros no creemos que sea correcto describir de ese modo instituciones que hacen transparente al ciudadano, que sus intereses son comunes y no están en contradicción, porque esas instituciones crean espacios para que, entre ciudadanos, surjan relaciones de comunidad y solidaridad. Pero claro, hay un sentido en que es efectivamente “frío e impersonal”: el libro no está pensado para una aldea premoderna, sino para comunidades cuyos miembros se cuentan en millones y que no se abrazan espontánea y emocionadamente cuando se encuentran en la calle. Contra la caricatura reiterada, “El Otro Modelo” no es un libro en el que nos dedicamos a moralizar al resto, a predicar sobre lo que es bueno y lo que es malo: cada ciudadano sabrá a qué o quienes recurrir para fines de iluminación moral. Lo importante es que se trata de un modelo en el cual los ciudadanos pueden entender que los términos fundamentales de la vida común se definen mediante la acción política, mediante la deliberación y la discusión.

Es trivialmente falso que “El Otro Modelo” suponga que “basta rediseñar únicamente desde arriba, para generar motivos de acción que respondan al paradigma de lo público”. Esos motivos de acción no son generados por el régimen de lo público. Es al contrario: se trata de pensar en instituciones que no castiguen al que actúa movido por el interés común. En el mercado el panadero que da pan a quien tiene hambre (la imagen es de Adam Smith) pierde en la competencia frente al que sólo da pan a quien puede pagar su precio. Hoy el que quiere mejorar la educación de su hijo debe meter la mano a su propio bolsillo (si es suficientemente hondo) y pagar más por esa educación, y el que quiere una mejor pensión debe preocuparse de “su número” (y ¡buena suerte en alcanzarlo!). El régimen de lo público por el cual abogamos hace transparente para el ciudadano que su preocupación por la educación de su hijo es la misma que la de su vecino por la de su hijo, y su preocupación por su pensión es la misma que la del otro. Dicho de modo distinto, no nos es indiferente el destino de otros en esferas esenciales de la existencia, porque en ellas somos iguales en calidad de ciudadanos y no de consumidores, que es lo que explica nuestro interés por garantizar derechos sociales universales. Las condiciones bajo las cuales opera el sistema educacional, o el de pensiones (o el de salud, etc.) pueden ser tales que la motivación “pública”, orientada a promover el interés común, resulta castigada o fomentada. Las instituciones no generan motivaciones: sólo proveen de un contexto en el que algunas motivaciones son premiadas y otras castigadas.

El comentario de Mansuy tiene otras afirmaciones totalmente infundadas. El diagnóstico del libro es efectivamente que el modelo neoliberal es indiferente ante la dimensión de lo público. No que “nos ha hecho ciegos al fenómeno de lo público”, porque, como lo demuestran las movilizaciones desde 2011, los ciegos no somos “nosotros” sino las instituciones bajo las cuales vivimos —el “modelo”. Pero lo que raya en lo ridículo es su descripción de las encuestas deliberativas como “campos de reeducación política dirigidos por monitores”, en circunstancias que a lo que se alude con este procedimiento ideado por Fishkin es a generar condiciones competenciales igualitarias para deliberar.

Finalmente, y en relación al análisis que hace el presidente de la Democracia Cristiana, Ignacio Walker, de nuestro libro, llama la atención que, por una parte, sostenga que “más que un nuevo modelo, o un modelo alternativo (‘El Otro camino’) lo que el libro nos ofrece es un ajuste parcial a una ‘estrategia de desarrollo’(…)”, y que, por la otra, objete la supuesta orientación totalizante del trabajo, el cual, insinúa Walker, repetiría las ‘planificaciones globales’ que criticó hace unas décadas el historiador conservador Mario Góngora. Es difícil entender cómo se puede —al mismo tiempo— estar proponiendo un mero ajuste a una estrategia de desarrollo y abogando por una planificación global. Por otra parte, si se toma sólo esta última parte de la crítica, es interesante constatar que el Chile que vivimos es justamente el resultado de la última de las planificaciones globales que Góngora objetó (la más exitosa en proyectarse, en efecto): la de un neoliberalismo de una radicalidad sin comparación con el prevaleciente en otras latitudes, que ha reducido la ciudadanía a la condición de consumidor.

La necesidad que los individuos se encuentren en igualdad de condiciones, en tanto ciudadanos dotados de derechos frente a un Estado que provee soluciones efectivas a problemas y riesgos verdaderos que acarrea consigo la modernidad, es lo que explica una parte importante del malestar del Chile actual. La rigidez del sistema político, fruto de las llamadas “trampas constitucionales” heredadas de la dictadura es la que hace poco creíble que la solución surja desde la institucionalidad misma. Mientras no se corrijan tales trampas, continuará el descrédito de la política institucionalizada, lo que favorece la expresión inorgánica del descontento en la calle y aumenta el riesgo de futuros gobiernos populistas.

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