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La Escuela y el Golpe: una mirada necesaria

por 30 agosto 2013

La conmemoración de los cuarenta años es una oportunidad para reflexionar, entre otras muchas cosas, en la brutalidad y el amor, que pueden caracterizar al ser humano: ambas materias atingentes a los contenidos éticos que deberían caracterizar a la escuela.

Faltan pocos días para que se cumpla un nuevo año desde el golpe de Estado: son cuarenta y, sin embargo, algunos episodios que se develan aún provocan dolor e indignación en la mayoría de los chilenos, especialmente en niños y jóvenes, quienes a través de los medios de comunicación, la familia o de sus círculos sociales más cercanos se vinculan a una historia que todavía no termina de reconstruirse.

A cuarenta años y, a pesar de que existen ciertos consensos sociales sobre algunos hechos y sus consecuencias, por ejemplo: que en Chile hubo tres mil desaparecidos, más de setenta mil torturados, doscientos mil exiliados, terrorismo de Estado, negocios fraudulentos, apropiación de dinero fiscal, todavía existe gente interesada en no recordar, personas que observan atónitos cómo desde la penumbra aparecen imágenes y narraciones que insinúan explicaciones sobre la historia reciente.

Los niños, infantes y jóvenes están involucrados y, asumiendo esa premisa, es que la escuela no puede quedarse en silencio frente a esta fecha. Es sano para la sociedad reflexionar sobre actos humanos que sobrepasan los límites de lo tolerable, por su cobardía y crueldad, es necesario también destacar la belleza  de las anónimas víctimas de la dictadura, que ante el horror y el abuso que padecían, expresaron amor en su silencio, solidaridad al interior de los centros de tortura y exterminio, voluntad de seguir viviendo. Es admirable que, a pesar de que el régimen se empeñaba en convertir en una tragedia la vida de las víctimas, ellas transformaran sus vidas en un emblema de la sobrevivencia de la resistencia, del amor por los otros.

La conmemoración de los cuarenta años es una oportunidad para reflexionar, entre otras muchas cosas, en la brutalidad y el amor, que pueden caracterizar al ser humano: ambas materias atingentes a los contenidos éticos que deberían caracterizar a la escuela.

Con el respeto y prudencia que merece el sistema educativo y, en especial, la escuela pregunto: ¿qué se hará desde la institucionalidad escolar para conmemorar el golpe de Estado?, ¿cómo se les explicará a los estudiantes que en Chile hubo personas a quienes se les violentó en sus derechos y que hubo personas que son responsables de esa violencia?, ¿cómo se organizará la comunidad educativa para reflexionar una fecha que divide al país entre quienes justifican directa o indirectamente las atrocidades cometidas y quienes empatizan o son parte de las miles de víctimas?

Hace una semana vimos con estupor el encuentro entre Ernesto Ledjerman, hijo de dos asesinados políticos, y el ex comandante en Jefe del Ejército, Juan Emilio Cheyre. La televisión lo trasmitió en horario para adultos, lo emitió en el marco de las horas reservadas para personas con criterio formado. Ese acontecimiento fue reproducido en todos los medios escritos, en los noticiarios de la mañana, la tarde y la noche; en las radios, las páginas web y en las redes sociales; entre otros medios de comunicación de alcance masivo. Es decir, una noticia reservada para los adultos, se desarrolla y publicita en horario para todo espectador. Dicho lo anterior, tiendo a creer que hay ciertas noticias que no tienen horario ni edad para ser tratadas por la comunidad en su conjunto. Por cierto, la historia del pasado que tensiona nuestro presente, permite a los maestros trabajar la ética, la moral, el autocuidado, la criticidad, entre otras materias.

De ese programa, también podemos reflexionar sobre la resiliencia de la víctima, su valor, la dignidad del vivir, la dulzura al honrar al padre y a la madre, el triunfo de la vida por sobre la muerte; la valentía de seguir viviendo y la generosidad de contar el infortunio a otros.

Desde la escuela se le puede contar a niños y jóvenes que ante el apremio y el dolor, también puede emerger la belleza del ser humano que se enfrenta a situaciones límite, que hay víctimas que asumen la defensa de la vida y la sed, sí digo bien, la sed de hacer justicia, la más eficaz manera de promover una reconciliación.

Si la escuela obvia la fecha, se tapa los ojos ante el mundo que existe fuera de sus rejas, se corre el riesgo de consagrar la impunidad social, y con ello, se olvida el rol que tiene en la formación de niños y jóvenes que saben que algo pasó, que algo pasa, que el golpe de Estado nos seguirá dividiendo mientras no se agoten todas las instancias para encontrar la verdad, mientras la institucionalidad no asegure justicia.

El once de septiembre es una jornada de reflexión en familia y también es un tiempo para hacer circular pensamientos y afectos en la comunidad educativa, dejar que la fecha pase como si nada hubiese ocurrido, aduciendo un falso apoliticismo, la neutralidad como expresión conservadora, la negación del contexto, el profesionalismo contenidista, es atentar en contra del rol formador de valores que la escuela debe cumplir con sus estudiantes, es reducir el vínculo que debiera tener la escuela con su comunidad, es constreñir el sentido de la labor docente.

En definitiva, cuidar a los niños y jóvenes, protegerlos de los relatos de horror sin detenerse en las prácticas de coerción y exterminio que se instalaron desde el Estado en dictadura, es una tarea difícil, que requiere de resguardos y prudencia, pero que puede expresarse, destacando el amor, la entereza, la dignidad de todos quienes padecieron la barbarie de la fuerza cívico-militar y que hoy tienen la voluntad de contar lo vivido, acción que realizan como un acto de amor para los otros.

La conmemoración de los cuarenta años es una oportunidad para reflexionar, entre otras muchas cosas, en la brutalidad y el amor, que pueden caracterizar al ser humano: ambas materias atingentes a los contenidos éticos que deberían caracterizar a la escuela.

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