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Otra más del Mineduc

por 2 septiembre, 2013

Hay que aumentar el sueldo de todos los profesores, no de unos pocos; y, paralelamente, hacer todos los esfuerzos para ir mejorando cada vez más la formación, de manera que, a futuro, sólo haya profesores buenos. Esa es, en mi opinión, la situación ideal: todos buenos, todos bien pagados.
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*Alfredo Gaete es Psicólogo, Pontificia Universidad Católica de Chile; Doctor en Filosofía, University of Manchester; Docente e investigador, Campus Villarrica, Pontificia Universidad Católica de Chile.

Después de una serie de malas decisiones en el sector educacional, el Gobierno ha vuelto a la carga con una propuesta que, en el mejor de los escenarios, es sencillamente insensata. Se trata, entre otras medidas, de impedir que los estudiantes de pedagogía que hayan obtenido menos de 500 puntos PSU puedan trabajar en establecimientos que reciben subvención del Estado (a menos que estén entre el 15 % de los mejores de su colegio —situación poco probable en un estudiante con menos de 500 puntos PSU, en todo caso); y, al mismo tiempo, de favorecer a los estudiantes que hayan obtenido más de 600 puntos con estímulos económicos que se sumarían a sus salarios al momento de comenzar su vida profesional. Digo que se trata de una propuesta insensata porque, por una parte, implica una sobrevaloración de la PSU que, por lo que sabemos, no tiene justificación alguna y, por otra, generaría dos categorías de enseñantes en el sistema educativo y una situación de discriminación que muchos considerarían intolerable.

La razón de ser de esta propuesta parece ser la siguiente. El MINEDUC, inspirado, supongo, por modelos educativos como el finlandés, quiere seleccionar a los candidatos a ser profesores en virtud de su preparación intelectual-cognitiva, que (se supone) tiene relación con el puntaje PSU. Como el Estado no puede fijar directamente un puntaje de ingreso a la carrera, intenta hacerlo de modo indirecto, desincentivando la existencia de escuelas de pedagogía con estudiantes cuyo puntaje PSU sea bajo. Una de las medidas es excluir del campo laboral a los malos puntajes; otra es mejorar el salario de los buenos puntajes (con lo cual, entiendo, se intenta fomentar además que esos puntajes postulen a las pedagogías y no a otras carreras, como ocurre en la actualidad).

Hay que aumentar el sueldo de todos los profesores, no de unos pocos; y, paralelamente, hacer todos los esfuerzos para ir mejorando cada vez más la formación, de manera que, a futuro, sólo haya profesores buenos. Esa es, en mi opinión, la situación ideal: todos buenos, todos bien pagados.

A mi juicio, hay al menos dos cosas que este proyecto pasa por alto de manera casi vergonzosa: (1) que hasta ahora nadie ha probado de ningún modo convincente que el puntaje PSU sea el mejor indicador de excelencia académica o intelectual o, para qué decir, pedagógica; y (2) que el modelo finlandés es apenas una de las maneras en que puede mejorarse la calidad de la enseñanza y, en particular, de los profesores. Otra manera es ofrecer programas de formación docente bien diseñados y bien implementados, que seleccionen a sus estudiantes no en virtud de indicadores de corte cognitivo-intelectual, sino relacionados más bien con aspectos motivacionales. La lógica que hay detrás de este modelo es bien sencilla y, en mi opinión, autoevidente: en la medida que un estudiante reciba una formación docente de excelencia y, al mismo tiempo, esté altamente motivado, no sólo para ser buen profesor sino también para estudiar y hacer todos los esfuerzos necesarios, el resultado casi inexorable es que ese estudiante llegará a ser un buen profesor. Desde esta perspectiva, el puntaje PSU es poco más que anecdótico —y la formación docente un proceso que puede ser no sólo efectivo sino clave en el aumento de la calidad de la enseñanza.

Imagino que habrá los que replicarán diciendo que hay que copiar lo que hacen sistemas como el finlandés, dados los buenos resultados que obtienen. A esto yo contestaría señalando que eso depende de los criterios que se usen para medir los buenos resultados (el test de PISA mide ciertos aspectos, pero deja fuera muchos otros de igual o mayor importancia, incluso si lo evaluamos desde la noción de educación de calidad de la OCDE, que es la noción que se supone que subyace al test). También apuntaría que, en todo caso, del hecho que estos modelos sean exitosos en Finlandia y otros países no se sigue que lo serán en Chile, ni menos —y esto es lo más importante— que no hay otro camino que podría ser igual de exitoso o incluso más.

Por favor no se me malentienda. No estoy en contra de aumentar el salario de los profesores. Todo lo contrario: hace pocos días sugerí, en una columna en este mismo medio, que la valoración social y económica de los profesores es central. Pero hay que aumentar el sueldo de todos los profesores, no de unos pocos; y, paralelamente, hacer todos los esfuerzos para ir mejorando cada vez más la formación, de manera que, a futuro, sólo haya profesores buenos. Esa es, en mi opinión, la situación ideal: todos buenos, todos bien pagados.

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