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La arbitrariedad del poder

por 3 septiembre, 2013

La arbitrariedad del poder
Tocaron la puerta tarde, después de las 11 de la noche, me tocó a mí abrirla y encontrarme con un rostro que había visto pocas veces. Se trataba de un joven, más joven que yo, que me dice: “Te vengo a pedir ayuda”. Lo hice pasar. Este joven, a quien conocía, del cual no era amiga, me señala que esta perseguido, que peligra su vida porque tiene acusaciones en su contra. Le preguntó “qué hiciste”. Me responde: “Hemos volado algunas torres de alta tensión, necesito pasar la noche en un lugar donde no me buscarán, por eso he venido a pedirte ayuda”.
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*Marta Lagos es Directora de la Corporación Latinobarómetro y de la consultora Mori-Chile.

Corría el mes de Julio de un año de los años '80 del siglo pasado, llovía a cántaros como llueve pocas veces cada invierno, hacía todo el frío que puede hacer en nuestro invierno capitalino. Tocaron la puerta tarde, después de las 11 de la noche, me tocó a mí abrirla y encontrarme con un rostro que había visto pocas veces. Se trataba de un joven, más joven que yo, que me dice: “Te vengo a pedir ayuda”. Lo hice pasar. Este joven, a quien conocía, del cual no era amiga, me señala que está perseguido, que peligra su vida porque tiene acusaciones en su contra. Le preguntó “qué hiciste”. Me responde: “Hemos volado algunas torres de alta tensión, necesito pasar la noche en un lugar donde no me buscarán, por eso he venido a pedirte ayuda”.

Era hijo de una familia amiga. Sin medir el peligro que implicaba, le respondí inmediatamente que sí. Las desapariciones, las torturas, los simulacros de fusilamiento que habíamos conocido de primera mano, hacían que cualquiera reflexión ante una petición como esa fuera descartada. Cualquier amenaza a la vida era inaceptable, en un lugar donde la vida se había transformado en una moneda de cambio. En un Estado de Derecho, un terrorista que vuela torres de alta tensión no teme por su vida, porque el Estado de Derecho le asegura un debido proceso en un juicio, y ese terrorista no le pide ayuda a una persona que apenas conoce.

La arbitrariedad es el corazón de la violación de los derechos. Hemos erradicado la arbitrariedad en la violación de los derechos humanos, restituido el derecho a la vida, hoy estamos en un Estado de Derecho, pero no hemos erradicado la arbitrariedad en el uso del poder.

Son muchos los peligros a los cuales uno se sometía. Un tuitero el otro día me dijo: “No eran unas santas palomas”, justificando lo sucedido. A lo que le respondí: “Gracias a Dios que no me encontré con él en una noche oscura”. Hoy volvería a correr cualquier riesgo para resguardar la vida contra la arbitrariedad. Qué duda cabe que para ese tuitero yo tampoco era una santa paloma.

Es la arbitrariedad la que imperaba, la que impuso las ideas de unos por encima de las ideas de los otros. La arbitrariedad es el corazón de la violación de los derechos. Hemos erradicado la arbitrariedad en la violación de los derechos humanos, restituido el derecho a la vida, hoy estamos en un Estado de Derecho, pero no hemos erradicado la arbitrariedad en el uso del poder.

Lo que está en discusión en esta elección presidencial es el uso del poder arbitrario, el poder político en el abuso de privilegios, en el uso del poder para la defensa de intereses particulares y no del bien común. La arbitrariedad del poder económico en el abuso del poder del dinero. Porque los ciudadanos no perciben que tienen igualdad de derechos frente a la ley por lo que también cumplen con desigualdad sus deberes. Los ciudadanos no perciben que los que mandan defienden los intereses del bien común, sino más bien defienden intereses particulares. El gobierno de Sebastián Piñera ha más bien confirmado que negado, muchas de las sospechas morales que tenía la población respecto de los fines para los cuales se usa el poder. Enfrentamos los 40 años desde el Golpe con la sensación de que no hemos erradicado la arbitrariedad, con la sensación de que hay todavía demasiados chilenos que la justifican.

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