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Los convenientes límites de la "verdad histórica completa"

por 5 septiembre, 2013

Comparto el llamado de todos quienes hablan de no repetir la historia. Pero en ese recorrido en reversa no me detengo en el 4 de noviembre de 1970, que para muchos de nosotros en perspectiva sigue siendo un gran comienzo. Sigo más atrás. Viajo al Chile de la desigualdad, al Chile de la inequidad, al Chile del inquilinaje, al Chile del clientelismo que fuimos por tanto tiempo.
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Para nadie es novedad que desde hace bastante tiempo (40 años ya) se conmemora septiembre como el mes del quiebre de la democracia y del inicio de la violación sistemática a los derechos humanos por parte del Estado chileno.  No caben en el sentido común del ciudadano promedio con responsabilidad cívica hablar de “celebración” o “festejo” de una fecha, el 11, que dio nacimiento a la dictadura de Pinochet y al modelo político, social e institucional que nos rige hasta hoy.

En la afirmación anterior es muy probable que estemos la gran mayoría de acuerdo.  Y, al conocer los últimos dichos de Sebastián Piñera sobre los 17 años del régimen militar, parece que también lo estaríamos en la interpretación de que lo que pasó en esas casi dos décadas no fue sólo responsabilidad de los militares sino de mucha civilidad (empresarial, política, gremial, judicial) que prefirió mirar hacia el lado cuando “el olor a muerto y carne rancia rozaba sus narices”, como dijera certeramente el cientista político Alfredo Joignant.

Una parte de la civilidad lo hizo por pura convicción. Otra por conveniencia cómplice.  Muchos ocuparon –e incluso algunos hoy ocupan- cargos públicos como representantes del Ejecutivo, mientras los más selectos se atrincheraron desde 1990 en el Legislativo o en los municipios del país.

También están quienes esquivaron la vista por temor, ése que sólo es posible sentir en la noche oscura de un sistema de terror, como hemos rememorado profusamente por televisión en estos días de recuerdo.

Así se fue dibujando un entramado que permitió lo que a tirones hoy sabemos.

Se podría pensar que bajo este escenario a los aliados de la dictadura sólo les restaría pedir perdón por su acción u omisión. Que luego de 40 años algo habrán aprendido y que una mirada retrospectiva habría arrimado serenidad a su reflexión.  Pero ello no ha ocurrido.

Porque más que cuestionar las violaciones a los derechos humanos durante el régimen, sus líderes han recurrido a la argucia argumental de buscar “responsables previos” no sólo del quiebre institucional sino de los crímenes que bajo su cobijo se perpetraron.  Han utilizado el siguiente razonamiento: las causas fueron la Unidad Popular y la presión ciudadana por cambios radicales. A eso le han llamado “verdad histórica completa”.

Pues bien, si de rebuscar en el pasado se trata, la derecha se queda corta.  El ejercicio debiera incluir los años previos a la asunción de Salvador Allende como Presidente el 4 de noviembre de 1970.  Y responder en el proceso las siguientes preguntas: ¿por qué el pueblo se sintió tan pleno por la llegada de un socialista al poder? ¿Por qué en esos días la ciudadanía colmó las calles con su celebración, soñando con por fin escribir una historia distinta? ¿Por qué la Unidad Popular contó con tantas voluntades en las poblaciones para llevar adelante transformaciones profundas?

La respuesta es obvia.  Los desde siempre invisibilizados, los que nunca habían ganado, los que habían sido recurrentemente avasallados sentían que desde ese momento podrían ellos cambiar la forma en que se tomaban las decisiones y doblarle la mano a su destino, hasta el día previo escrito en piedra.  El anhelo de cambio, radical y desesperado, sólo podía incubarse en una sociedad tremendamente injusta como la que en aquellos años se había convertido Chile.

Comparto el llamado de todos quienes hablan de no repetir la historia.  Pero en ese recorrido en reversa no me detengo en el 4 de noviembre de 1970, que para muchos de nosotros en perspectiva sigue siendo un gran comienzo.  Sigo más atrás. Viajo al Chile de la desigualdad, al Chile de la inequidad, al Chile del inquilinaje, al Chile del clientelismo que fuimos por tanto tiempo.

Y con ese recuerdo observo mi patria hoy y siento que se construye desde la élite, al igual que ayer, un país que obliga a su gente a luchar por los cambios.  Cambios profundos, radicales y de transformación social, y no sólo de aquéllos sustentados en el bono, el subsidio y la beca -justificables por la urgencia que imprime la desigualdad- que de vez en cuando se saca desde el cosmetiquero de la política nacional.

Extraño es escuchar a quienes cuestionan la demanda por variantes estructurales, nueva Constitución vía asamblea constituyente mediante, cuando dicen que éstas no son urgentes porque no hay crisis institucional.  Su argumento alude a que tomarán las decisiones en pos del interés colectivo sólo cuando la sangre llegue al río.  Ello es un grave error.  Porque la política no consiste en administrar una infame cotidianeidad. Política es luchar hoy para construir una mejor futura realidad.

(*) Texto publicado en El Quinto Poder.cl

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