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Conflicto en Siria: ¿Es útil la diplomacia?

por 7 septiembre, 2013

Frente al evidente estancamiento del caso sirio y la urgente necesidad de actuar en favor de la población civil, existen tres caminos posibles tras la accidentada visita de los observadores de las Naciones Unidas a Damasco.
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*Cyntia Páez Otey es periodista y Magíster en Periodismo Político Nacional e Internacional. Además es miembro de la Asociación Chilena de Especialistas Internacionales (Achei).

Mantener la paz y seguridad internacional es la tarea primordial del Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas. De los 15 miembros, fueron cinco quienes fundaron las bases para establecer este mecanismo de diálogo tras los acontecimientos bélicos del Eje a mediados del siglo XX. “Los Cinco Grandes” —ChinaFranciaFederación Rusael Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte los Estados Unidos de América— como miembros permanentes tienen “poder de veto” o, en palabras simples, las decisiones adoptadas por ellos deben ser unánimes. Si uno se opone a una medida, no es adoptada (a menos que se abstenga y el trámite puede ser presentado a los otros diez miembros no permanentes o rotatorios del Consejo). La Siria de Bashar Al Asad cuenta con el apoyo de dos miembros: China y Rusia. De hecho, el presidente ruso, Vladimir Putin, afirmó que no descarta defender la soberanía de Siria ante un ataque militar exterior colaborando incluso con armas y cooperación económica.

Frente al evidente estancamiento del caso sirio y la urgente necesidad de actuar en favor de la población civil, existen tres caminos posibles tras la accidentada visita de los observadores de las Naciones Unidas a Damasco.

Aun cuando la situación humanitaria es urgente, mientras estas dos potencias protejan a Al Asad, es difícil que el Consejo asuma la responsabilidad internacional que le cabe frente a las atrocidades de la guerra que el mundo conoce. Ello explica también la lentitud de acción. La labor diplomática se distingue de la labor militar en que una se basa en el diálogo y negociaciones —lo que siempre implica voluntad de ambas partes a lograr la resolución pacífica de controversias basado en lograr acuerdos que beneficien a las partes sin atropellar sus intereses y evitando un enfrentamiento mayor— y la otra en base a la fuerza, imposición y agresión, que bien puede ser efectiva a corto plazo, pero con altísimos costos en recursos y vidas humanas.

Frente al evidente estancamiento del caso sirio y la urgente necesidad de actuar en favor de la población civil, existen tres caminos posibles tras la accidentada visita de los observadores de las Naciones Unidas a Damasco:

  1. Convencer a Al Asad de la conveniencia de una salida pacífica a la guerra civil. Lo que implica deponer los ataques e iniciar un proceso de transición democrática bajo la mirada de observadores internacionales.
  2. Convencer a la ONU —especialmente a Moscú y Beijing— de la vía armada como única opción frente a un líder prepotente, imparable en su influencia dentro del territorio sirio y que no respeta los frecuentes llamados de Ban Ki-Moon a deponer la violencia y represión contra su pueblo, aun cuando una intervención internacional implique violar el territorio sirio, tensionando a Medio Oriente y obligando la reacción (o sobrerreacción) de otros actores, particularmente Irán, otro aliado de Al Asad.
  3. Dejar que —como en el caso de Irak— Estados Unidos, Reino Unido y Francia actúen de motu proprio mientras el mundo se divide entre quienes apoyan la incursión militar y quienes la rechazan. Esto provocaría una oleada de críticas a la Organización de Naciones Unidas y su real utilidad frente a conflictos armados que requieren acción rápida. Voces reclamarían una perentoria reforma a la ONU —acorde a los avances tecnológicos de la comunicación, inmediatez e intercambio de la información vía redes sociales; innovación e inversión en el negocio de las armas y facilidades de transporte; migraciones y flujo de capitales, etcétera— pero, en especial, que deje de ser un foro pasivo que discute temas latamente, a uno activo, comprometido, que movilice al mundo contra la barbarie y el dolor.

Lo cierto es que aún es tiempo de actuar: en dos años de conflicto entre rebeldes sirios y el gobierno, 7 mil niños han muerto. La diplomacia DEBE salvar vidas y DEBE obligar a los países —particularmente a las potencias mundiales— a ser responsables y a actuar en pro de intereses mayores que la economía o la geopolítica: DEBE actuar en pro de la paz.

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