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Derechos humanos, vergüenza del tirano

por 8 septiembre, 2013

Cada vez con más fuerza cobra validez la reflexión acerca de los límites del nunca más, o dicho de otra forma, la pregunta por la amplitud de los derechos humanos y su práctica cotidiana en orden respetar y reconocer la igual dignidad de quienes hacen parte de nuestra convivencia.
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*Rolando Poblete Melis es coordinador Magíster en Educación Inclusiva Universidad Central.

La frase que sirve de título a esta columna fue reiterativa durante la dictadura. Lanzada en marchas y protestas contra el régimen, era una especie de grito de desahogo, una forma de enrostrarles a los militares y especialmente a Pinochet la rabia contenida por las torturas, desapariciones y todas las formas atroces en que se violaron los derechos humanos. No cabe duda: había razones de sobra para gritarla con fuerza.

Hoy nadie parece discutir la verdad contenida en tal afirmación. Incluso la derecha que negó hasta el cansancio lo que todos y todas sabían ha terminado aceptando que aquello fue real, que todo lo denunciado por las organizaciones más activas como la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, la Vicaría de la Solidaridad, los partidos políticos y tantas otras mucho más anónimas, fue tristemente verdadero.

Con la llegada de la democracia y la paulatina sucesión de juicios a los militares, se ha ratificado (es cierto que con dificultades y resistencias), que la impunidad no es posible, que no tiene ni puede tener cabida en una sociedad que se dice democrática.

Cada vez con más fuerza cobra validez la reflexión acerca de los límites del nunca más, o dicho de otra forma, la pregunta por la amplitud de los derechos humanos y su práctica cotidiana en orden respetar y reconocer la igual dignidad de quienes hacen parte de nuestra convivencia.

Hoy, a 40 años del golpe de estado, y siendo optimistas, podría pensarse que se ha instalado la idea de los Derechos Humanos como cuerpo normativo ampliamente aceptado en la opinión pública. Al parecer, hemos aprendido la lección y establecido que el “nunca más” es un mandato indiscutible.

Sin embargo, cada vez con más fuerza cobra validez la reflexión acerca de los límites del nunca más, o dicho de otra forma, la pregunta por la amplitud de los derechos humanos y su práctica cotidiana en orden respetar y reconocer la igual dignidad de quienes hacen parte de nuestra convivencia.

El contexto actual caracterizado por la irrupción de grupos y sujetos diversos que han revelado como nunca antes el carácter heterogéneo de la sociedad chilena, nos exige preguntarnos también por nuestra capacidad de aceptación, por la forma en que nos relacionamos con quienes encarnan la diferencia, con las identidades que han irrumpido en el espacio público: las etnias y su discurso reivindicativo, las minorías sexuales reclamando su derecho al ejercicio ciudadano, los grupos de jóvenes o tribus urbanas y, también, la llegada de colectivos migrantes de los países vecinos. Esto, bajo la premisa que las múltiples formas -desde las más sutiles hasta las más evidentes- en que se expresa el racismo, la xenofobia o la discriminación, suponen tanto la vulneración de derechos como su flagrante violación.

Por eso, la pregunta de fondo es si todos y todas son tratados de la misma forma, si todos y todas gozan de los mismos derechos que esperamos para nosotros. Nuestro mejor homenaje a quienes fueron víctimas de las violaciones a los derechos humanos, es responder que sí.

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