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El dilema de Revolución Democrática

por 11 septiembre, 2013

¿Para qué interrogarse sobre cómo se financia un partido político con ambiciones serias de poder si dicho partido aún no existe? ¿Para qué preguntarse a estas alturas sobre el tipo de negociaciones que será necesario hacer para ocupar espacios de poder, si aún no se sabe con quién ni de qué tratarán esas negociaciones? Pero el compromiso de RD con la dimensión ética de la política hace que estas preguntas y muchas otras sean ineludibles, tal como lo han sido para toda la izquierda en Chile y en el resto del mundo.
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Con la caída del muro de Berlín la vieja pregunta de Lenin sobre ‘qué hacer’ perdió en la izquierda su significado original. La interrogante de cómo construir un proyecto revolucionario dio paso a la de qué hacer con un proyecto que había fracasado en la práctica.

El dilema actual de la izquierda es cómo su proyecto puede desenvolverse en un sistema político y económico que se contradice marcadamente con sus principios básicos. En otras palabras, cuando la revolución deja de ser una alternativa ¿cómo se concilia lo que Weber llamó la ‘ética de la convicción’ con una actividad en la que muchas veces es necesario abandonar convicciones y transar principios? En un plano más abstracto se trata de una pregunta sobre la relación entre ética y política.

Parte de la izquierda consideró que este problema no tenía solución. La incompatibilidad entre su proyecto político y el sistema imperante era de tal envergadura que entrar en el último significaba necesariamente sacrificar el primero. Por esta razón muchos abandonaron la lucha por el poder y se retiraron al campo de la reflexión crítica (de interés principalmente académico); otros se entregaron al activismo político en diversas organizaciones extra gubernamentales; finalmente hubo quienes decidieron entrar en el sistema de competencia electoral, pero sólo a modo testimonial, como lo hizo el PC chileno durante la transición y hasta hace no mucho.

¿Para qué interrogarse sobre cómo se financia un partido político con ambiciones serias de poder si dicho partido aún no existe? ¿Para qué preguntarse a estas alturas sobre el tipo de negociaciones que será necesario hacer para ocupar espacios de poder, si aún no se sabe con quién ni de qué tratarán esas negociaciones? Pero el compromiso de RD con la dimensión ética de la política hace que estas preguntas y muchas otras sean ineludibles, tal como lo han sido para toda la izquierda en Chile y en el resto del mundo.

Otra parte de la izquierda consideró que su compromiso ético pasaba necesariamente por conquistar posiciones de poder y realizar transformaciones desde dentro. A sabiendas que en el ejercicio y en la lucha por la obtención del poder debería muchas veces transar sus principios, prefirió lo último antes que ser un mero espectador del proceso político. Es la ruta que el PC chileno decidió tomar hace poco y en ese camino no le ha quedado más que ensuciarse las manos, transar principios y negociar convicciones en su afán de avanzar.

Revolución Democrática ha desafiado este dilema y ha decidido darle a su acción política una marcada dimensión ética. Su proyecto consiste, en buena medida, en recuperar la credibilidad de la política, oponiéndose abiertamente a una serie de prácticas que la desprestigian y la denigran. Hasta el momento ha tomado una serie de decisiones y medidas que dan cuenta —de manera notable— de este compromiso y de la seriedad con que lo ha asumido.

Lo hizo cuando decidió —tras la vergonzosa negativa de la Concertación de hacer primarias parlamentarias— no aceptar el cupo que se le ofreció a Jackson en la carrera a diputado por Santiago. Lo hizo cuando a pesar de la omisión de la Nueva Mayoría en dicho distrito no comprometió su apoyo a Bachelet. Lo hizo cuando acordó no aceptar financiamiento de empresarios en sus campañas políticas. Volvió a hacerlo hace unos pocos días cuando en un voto colectivo resolvió no apoyar a ningún candidato a la primaria presidencial.

RD aún puede poner por delante la ‘ética de la convicción’ por sobre fines utilitarios. Y puede hacerlo porque todavía no ha entrado en una batalla frontal y decidida por el poder. Cuando lo haga, cuando conforme un movimiento o un partido político que tenga representación en todo el territorio, que lleve candidatos en todas las elecciones populares y en un número importante de comunas, distritos y circunscripciones del país, no podrá, sin embargo, eludir el dilema entre la ética y la política.

Algunos dirán que no es el momento de hacerse preguntas incómodas si todavía no existen las condiciones que hagan necesario formularlas. ¿Para qué interrogarse sobre cómo se financia un partido político con ambiciones serias de poder si dicho partido aún no existe? ¿Para qué preguntarse a estas alturas sobre el tipo de negociaciones que será necesario hacer para ocupar espacios de poder, si aún no se sabe con quién ni de qué tratarán esas negociaciones?

Pero el compromiso de RD con la dimensión ética de la política hace que estas preguntas y muchas otras sean ineludibles, tal como lo han sido para toda la izquierda en Chile y en el resto del mundo. En efecto, ¿cómo defiendo un compromiso ético en una práctica que se encuentra inmersa en un sistema que hace muy difícil —si no imposible— la fidelidad con un compromiso de esa naturaleza?

Si RD realmente tiene una vocación de poder y quiere ocupar los espacios que sean necesarios para llevar adelante transformaciones sustanciales al sistema ¿cómo resolverá el dilema al que se refiere esta columna? ¿Pondrá por delante el desafío de la ‘ética de la convicción’ como lo ha hecho hasta ahora arriesgando hacer de su acción un gesto testimonial? o ¿pondrá por delante su proyecto político transformador relegando necesariamente la dimensión ética que tan bien ha sabido defender? Una solución excluye la otra y ambas suponen caminos radicalmente distintos.

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