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Un sencillo homenaje

por 12 septiembre, 2013

En estos días no hacen alharaca ni se pelean por ocupar un espacio en la prensa para vanagloriarse de sus hazañas. Si uno logra identificarlos puede ver en el fondo de sus pupilas un brillo que deja leer aquella bella página del Evangelio: “Ven, bendito de mi Padre porque estuve preso y me fuiste a ver; herido y me curaste…”.
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*Martita Wörner Tapia es Abogado

A propósito del cumplimiento de los 40 años del Golpe Militar el país ha recordado personajes, hechos, imágenes que nos transportan a los días previos y los años que siguieron al quiebre de la institucionalidad. Los protagonistas directos de esos hechos —víctimas y victimarios— y las generaciones que escucharon de lo ocurrido, sin haberlo vivido, no han podido menos que estremecerse al comprobar las atrocidades que cometieron los agentes del Estado, con la autorización y el amparo de sus superiores, con el apoyo de civiles que cooperaron con el régimen y con una justicia que renunció a sus prerrogativas.

Lo que estamos viviendo es bueno. Comienza a caer el manto de silencio y de impunidad. Nos estamos mirando a rostro descubierto y es tanto el dolor y el horror que revivimos que son muy pocos los que, responsables por acción u omisión, se atreven a negar o a justificar tanto horror como había ocurrido hasta ahora. A lo más, hay escasas voces que intentan tímidamente aplicar la ley del empate.

Han pasado 40 años de incansable búsqueda de justicia por quienes sufrieron directamente las fuerzas del mal encarcelados en mazmorras, ultrajados y vejados; por quienes perdieron a familiares o amigos en homicidios disfrazados de enfrentamientos o simplemente porque fueron hechos desaparecer. Durante cuatro décadas muchísimos chilenos manifestaron su opinión de que era necesario dar vuelta la página, que en favor de la reconciliación nacional debía aplicarse la Ley de Amnistía en todos estos casos y superar los traumas y divisiones enterrando el pasado. Esto es equivalente a renunciar a la verdad y la justicia. Lo que hoy estamos viendo y escuchando demuestra que la espera y la lucha no ha sido en vano. Desde ahora es posible comenzar a edificar en roca firme.

En estos días no hacen alharaca ni se pelean por ocupar un espacio en la prensa para vanagloriarse de sus hazañas. Si uno logra identificarlos puede ver en el fondo de sus pupilas un brillo que deja leer aquella bella página del Evangelio: “Ven, bendito de mi Padre porque estuve preso y me fuiste a ver; herido y me curaste…”.

Al igual que las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina, en nuestro país la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos ha sido un ejemplo de valentía y persistencia. ¡Qué gran lección han dado con su pacífica e incansable búsqueda teniendo como únicas armas su voz y la fotografía de su familiar en el pecho! ¡Que violentas resultan las imágenes televisivas de las fuerzas policiales arrastrando por el suelo a mujeres indefensas, muchas de ellas peinando canas, aferradas a una fotografía ajada y descolorida! Porque las conozco íntimamente y porque he acompañado desde cerca su dolor, siento la necesidad de darles las gracias por su ejemplo y por mantener sus banderas sin rendir luchando contra el olvido y la impunidad. Han prestado, a través de su dolor y su lucha, un gran servicio a la Patria.

Pero también existe un pequeño grupo de hombres y mujeres que sin buscar ningún reconocimiento personal, mucho menos una recompensa terrenal, desde el primer momento, dieron lo mejor de sí para ir en ayuda de los sufrientes. Fueron los trabajadores del Departamento de Derechos Humanos del Arzobispado de Concepción, que venciendo el miedo, renunciando a la comodidad que materialmente podían alcanzar trabajando en sus respectivas profesiones y sin mirar a quien servían sino sólo cómo mejor servían, arriesgaron sus vidas y las de sus familias defendiendo a los atropellados.

Estos, durante los últimos 23 años, una vez recuperada la democracia, han pasado a ser ciudadanos corrientes. Me consta que muchos de ellos hoy están enfermos y han tenido, incluso, dificultades económicas para mantenerse dignamente. Circulan por nuestras calles penquistas anónimamente. Pueden distinguirse porque miran de frente y su mirada y su postura, aunque ya algo encorvada, tiene el brillo y la altivez del que se sabe digno. En estos días no hacen alharaca ni se pelean por ocupar un espacio en la prensa para vanagloriarse de sus hazañas. Si uno logra identificarlos puede ver en el fondo de sus pupilas un brillo que deja leer aquella bella página del Evangelio: “Ven, bendito de mi Padre porque estuve preso y me fuiste a ver; herido y me curaste…”. Yo los conocí de cerca, de vez en cuando los vuelvo a ver y entre tanto héroe que emerge en estos días, entre tantos arrepentidos que quiero creer sinceros, entre tantos que están dispuestos a pedir perdón, creo necesario rendir un homenaje a aquellos que en la vieja casona de Barros Arana 1701 hicieron todo lo que estuvo a su alcance para llevar a la práctica la parábola del Buen Samaritano. Tuvieron, como única inspiración su deseo de repetir la ética de Jesús y como fuero el respaldo irrestricto de Monseñor J. Manuel Santos y Monseñor Alejandro Goic, y el acompañamiento de los sacerdotes Manuel Camilo Vial y Carlos Puentes Figueroa.

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