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Dawson con ojos de niño

por 14 septiembre, 2013

: Los presos muy jóvenes crecimos aprisa. Y no solo en el sentido que siempre se da a esta expresión, en alusión a que las experiencias duras suelen galvanizar a los seres humanos. También lo hicimos físicamente. Tengo patente hasta hoy la extraña sensación que me invadió al abrazar a mi padre cuando llegue de vuelta a casa después de 16 meses de ausencia. Recuerdo haber percibido a mi padre más bajo de estatura de lo que lo recordaba. Tarde en darme cuenta que era yo el que había crecido.
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Para los presos magallánicos,  ser trasladados a la Isla Dawson representó un  alivio inmenso. En primer lugar, porque cuando mi grupo fue sacado abruptamente y de madrugada desde el  Estadio Fiscal, con la vista vendada y fuertemente amarrados  para ser llevados a un lugar desconocido, todos creímos  que los efectivos FACH nos estaban trasladando  para  matarnos.

Así es que cuando nos retiraron las vendas y pudimos ver que estábamos en el puerto de Punta Arenas para navegar hacia Isla Dawson junto a los presos de otros campos de concentración, la circunstancia  fue motivo  de gran sosiego. Al llegar a la Isla, tras varias horas de navegación por el Estrecho de Magallanes en una barcaza de la Armada no lo sabíamos, pero a poco andar nos dimos cuenta que el trato que allí recibiríamos, al menos al principio de nuestra forzada estadía en esos bellos y glaciales  parajes, sería completamente distinto  e infinitamente mejor al que nos habían propinado  en otros recintos en los que hasta entonces habíamos estado prisioneros.

En mi caso, nada podía ser peor que lo que habíamos sufrido en la playa junto a la Base Aérea Bahía Catalina primero  y en el Estadio Fiscal después. Los efectivos de la FACH, oficiales, suboficiales y conscriptos,  nos habían dado un trato brutal e inhumano, sometiéndonos a diario a tratos crueles y vejaciones de toda especie que no daban respiro y que nos hacían sentir todo el tiempo que nuestras vidas pendían de un delgado hilo. Un destacamento cuyos efectivos lucían una calavera en sus cascos y que con seguridad habían sido seleccionados por su crueldad, y que parecían empeñados en hacernos vivir una agonía interminable que hasta hoy recuerdo con estremecimiento y horror.

Ejercicios extenuantes, pateaduras brutales individuales o colectivas y por cualquier motivo, incluido el mal humor de algún guardia, burlas, insultos y encierro casi permanente eran la tónica. De mi paso por la FACH recordare por siempre y con un rencor indestructible a dos muy jóvenes oficiales de característica crueldad  y sadismo. Al primero, aquel que diciendo ser nazi solía invitarnos insistentemente a que,  por favor,  tratáramos de intentar escapar para tener el placer de dispararnos,  y que disfrutaba instruyendo a sus subordinados a que nos dieran feroces golpizas, cuando no las propinaba por sí mismo. Ese  mismo teniente FACH del que me toco recibir una vez, muchos años más tarde,  su amable bienvenida a bordo,  como reciclado comandante en un vuelo de LAN.    Al otro, torturador de fuste  aunque desmemoriado,  me lo encontré hace anos muy campante en una embajada de Chile,  lo que dio origen a un episodio del complejos ribetes político-institucionales del que no quiero ni acordarme.

Los presos muy jóvenes crecimos aprisa. Y no solo en el sentido que siempre se da a esta expresión, en alusión a que las experiencias duras suelen galvanizar a los seres humanos. También lo hicimos físicamente. Tengo patente hasta hoy la extraña sensación que me invadió al abrazar a mi padre cuando llegue de vuelta a casa después de 16 meses de ausencia. Recuerdo haber percibido a mi padre más bajo de estatura de lo que lo recordaba. Tarde en darme cuenta que era yo el que había crecido.

Aunque en la Base Aérea de Bahía Catalina se interrogo y torturo con saña, y la especialidad de la casa era la aplicación de corriente en los genitales, los golpes de pies y puños,  los ahogamientos en el mar o con bolsas plásticas y los fusilamientos simulados, pocos libraron de recibir el tratamiento completo en otras dependencias militares especialmente equipadas. Y que incluía esas mismas prácticas y otras todavía más brutales y sofisticadas.

El caso fue  que cada día muy temprano se aparecía raudo por la playa un vehículo militar con unos civiles de aspecto patibulario, anteojos oscuros y sonrisa burlona, quienes con un trozo de tela en una mano y una cuerda en la otra, procedían a vendar la vista y a atar las manos a la espalda de los prisioneros para llevarnos a un sitio que nosotros con discutible sentido del  humor  bautizamos como el “Palacio de la Risa”. Lo que venía después era el sufrimiento infinito. Por horas y horas, a veces por días enteros con sus noches, éramos torturados desnudos, con golpes de corriente, golpeados, quemados con cigarrillos, colgados de pies y manos y sometidos a todo tipo de salvajes  vejaciones. Todo aquello  en medio de una atmósfera escalofriante de alaridos, llantos y una música estridente como telón de fondo.

Cuesta admitirlo, pero la verdad es que frente al terrible trance de ser llevado  a semejante suplicio, desde el fondo del alma atribulada y empequeñecida  uno deseaba que aquel día  fuera el turno de cualquier  prójimo, incluso del más amigo, del compañero más querido y respetado, pero no el turno propio.

Ojalá el mío no hubiese llegado nunca, pero  llegó inexorablemente,  casualmente o no, justo la mañana del día en que cumplí 18 años y me encontraba disfrutando del envidiable privilegio de ser sacado del contenedor para  lavar un camión. Fue entonces que escuche gritar mi nombre y apellido y supe lo que venía. Recuerdo que en aquel momento camine lentamente de regreso sobre mis piernas temblorosas que apenas me sostenían,  completamente  aterrorizado,  pero tratando de contener las lagrimas y de  resguardar la dignidad y la compostura hasta el lugar donde me esperaban sonrientes y relajados  los verdugos con los implementos de rigor, la  venda y la cuerda. Sabiendo lo que me esperaba y rogando saber comportarme y  ser capaz de lo imposible: resistir el sufrimiento que habría de experimentar. Sin otra opción posible e indefenso, me sometí mansamente, prometiéndome que no me quebrarían. Yo que nunca he sido resistente al dolor físico, y  que  no soy ni he sido nunca ningún héroe de novela ni de cualquier otra especie, me dije que debía ir y volver a ese lugar en una pieza. Tal y como  había visto cada día que lo hacían mis compañeros de infortunio, valientes, estoicos e íntegros,  luciendo una voluntad de resistencia de fierro.

Casi siempre se regresaba en vilo del suplicio. Al regreso  éramos  literalmente arrojados dentro del contenedor en que mal vivíamos hacinados. Era corriente que algunos presos regresaran ensangrentados, fracturados, con las uñas arrancadas, quemados por electricidad o cigarrillos, o con el cabello y los bigotes arrancados  a tirones.  Cuarenta o  más presos amontonados en un pequeño espacio en que apenas podíamos respirar, sin poder asearnos por semanas. Donde no se podía ni siquiera poder llorar sin que todos se enteraran.

Recordando esos episodios atroces, ahora cuando han trascurrido una porrada de años, no he dejado de preguntarme cómo fue posible sobrevivir a todo aquello y salir jugando más o menos incólume. Sigo interrogándome cómo fue pudo ser  posible que hubiésemos podido resistir y sobrellevar todo aquello sin morir, queriendo morir.

Era evidente que lo que ocurriera con nosotros como consecuencia de las torturas a ninguno de nuestros  carceleros parecía importarle, aunque a veces hubiese médicos encargados de reanimar a las víctimas o de sugerir un respiro.  La furia y saña con que se atormentaba no admitían miramientos ni cálculos que no fueran los de evitar la pérdida de conciencia de la víctima a la que se trataba de estrujar. Los torturadores actuaban como profesionales fríos y metódicos, evidentemente desprovistos de cualquier sentimiento humano o reserva moral,  y en medio de su trabajo  hasta se tomaban su descanso para un café o un cigarrillo,  salían  a almorzar o a ocuparse de otros asuntos, y de noche partían a casa a descansar y a compartir con sus familias,  mientras uno  se quedaba allí en vela, dolorido y aterrorizado. Esperando la mañana en que tu verdugo llegaba saludando amablemente a todos, incluido a uno mismo,  para luego decirte bueno, sigamos ¿En que estábamos cabrito, vas a cooperar hoy?

Quizá nunca sabremos cuantos detenidos  desaparecidos ni siquiera tuvieron la oportunidad de ser ejecutados, sino que murieron en manos de sus torturadores en esas sesiones de horror. ¿Habrá manera más triste y horrible de perder la vida? ¿Existirá forma más cruel y perversa de quitar la vida a un ser humano?

A todo esto me refiero cuando digo que llegar  a Dawson fue un alivio, que solo era interrumpido cuando  nos llevaban a Punta Arenas para darnos lo que en la jerga se llamada “el tratamiento”,  es decir, para ser sometido a mas torturas o cuando menos a una feroz pateadura para que ampliáramos nuestras declaraciones ante la DINA, la SIFA, el SIM u otro servicio de inteligencia. Ahora,  bajo la personal supervisión de los Fiscales Militares, casi siempre civiles “distinguidos abogados de la plaza”,  quienes como acusadores estaban a  cargo de nuestros respectivos procesos, siempre por cargos de subversión. Y conste,  paradojas de la vida y de las dictaduras, subversión no contra la Junta Militar de entonces, sino contra el gobierno de la Unidad Popular.  Un completo absurdo, un cruel sarcasmo.

En Isla Dawson al principio estábamos sometidos a disciplina militar y,  en este sentido, no creo que el trato que se nos daba entonces fuera muy distinto del que se dispensa a los soldados conscriptos. Con la salvedad, eso sí, que en este caso el rigor no era aplicado a individuos jóvenes y físicamente aptos, sino a un grupo de presos que incluía a personas incluso ancianas y enfermas.

En Dawson hubo un periodo, que debe haber durado hasta marzo o abril de 1974, en que vivimos sin mayores sobresaltos y fuimos tratados en general de modo correcto, e incluso con cierta calculada cordialidad por parte de los  efectivos militares. Todo  cambió abrupta y drásticamente  cuando a alguien se le ocurrió inventar que planeábamos una fuga (algo absurdo e imposible) para lo cual esgrimió como pruebas las herramientas que utilizábamos para nuestro trabajo cotidiano. Por estos días también se especulo sobre un submarino ruso que había sido visto rondando, según se dijo, con el propósito de rescatarnos. Al cambio de trato le precedió un aparatoso allanamiento realizado por efectivos de civil que llegaron al campo de prisioneros repartiendo golpes y amenazas. En adelante el trato se endureció y el trabajo se hizo más duro y extenuante.

Con los presos de Santiago estábamos separados. Ellos vivían en una barraca ubicada en un ángulo del campo, conocida como Isla. Al principio casi no hubo relación entre ambos grupos y de hecho trabajábamos en obras distintas, construyendo puentes, abriendo caminos e instalando postes telefónicos,  entre otras cosas,  y comíamos en recintos separados. La primera vez que los presos magallánicos estuvimos juntos con los de Santiago en el Campamento de Prisioneros Rio Chico,  fue la noche de año nuevo de 1973. Entonces nos congregaron en el comedor e hicimos un acto conjunto en que algunos presos cantaron, otros recitaron o contaron chistes y todos lloramos por igual. Recuerdo que Orlando Letelier fue uno de los que cantó. Le oigo entonando una canción mexicana, con su voz profunda y afinada sobre el  improvisado escenario. También recuerdo la profunda emoción y tristeza que recorría el recinto y parecía envolver a presos y carceleros por igual. Un chispazo de humanidad y concordia entre un grupo de seres  dramáticamente divididos. Tanto como era esperable  en esas circunstancias y a solo o tres meses del golpe militar.

Más tarde alternaríamos un poco mas con “los de Santiago”, pero nunca mucho. Los militares no perdían ocasión de decirnos que nosotros, los presos magallánicos, estábamos allí por culpa de ellos, a los que llamaban “jerarcas”.  Creo que imaginaban que nos creíamos el cuento y sentíamos algún tipo de rencor. Nada de eso era cierto. Los presos de la barraca Isla habían sido, no solo los máximos dirigentes del Gobierno de  la Unidad Popular, sino además, los líderes más sobresalientes de los partidos en los cuales los presos habían militado y seguíamos militando mayoritariamente. En Dawson los partidos de la UP  no dejaron de existir. Incluidas las rencillas, los sectarismos, los prejuicios y las odiosidades mutuas. Incluso hubo oportunidad para las luchas por la hegemonía y el poder, lastimosa y encarnizadamente orientadas a conquistar  un cupo en el grupo de panaderos o de ayudantes de cocina, los cuales eran crudamente negociados. Nada nuevo bajo el sol.

Hay que imaginarse a un joven o viejo comunista viendo pasar a su lado a Luis Corvalan o a un militante socialista compartiendo la mesa o la jornada de trabajo con Clodomiro Almeyda. Era aquel un sentimiento difícil de describir, mezcla de orgullo e incredulidad. Mal que mal todas esas personas habían sido para nosotros, hasta hacia muy poco, unos seres míticos e inalcanzables, a los que muchos de nosotros solo habíamos visto en la prensa o los noticiarios de televisión. Ahora el destino había querido que modestos dirigentes o militantes políticos de base,  estuvieran compartiendo su duro e incierto destino con tamañas figuras de la política nacional.

Pienso que algo parecido les pasaba a los propios militares. Había en ellos una especie de respeto reverencial, de morbosa curiosidad frente a estas personas que hasta hace poco las habían oficiado de ministros, parlamentarios o altas autoridades del Estado. Creo que ello explico el trato, distante pero casi siempre deferente, que normalmente los militares dispensaron en Isla Dawson a los presos santiaguinos.

No era raro que se dirigieran a ellos como “señor”, cuando lo normal era que nos trataran de “prisioneros” o “confinados”. Los líderes de la Unidad Popular, por su parte, se desenvolvían con gran dignidad considerando el medio al que habían sido súbitamente arrastrados. Diría incluso que se conducían con una cierta calculada  altivez. De cualquier modo, muy conscientes de la necesidad de resguardar la dignidad y el honor a todo trance. Pienso en personas como Jorge Tapia, Aníbal Palma, Arturo Jirón, Osvaldo Puccio, Orlando Letelier, José Toha, Luis Corvalán, Alfredo Joignant, Edgardo Enríquez y Cloro Almeyda. No sé si fue verdad o llegue a imaginarlo, pero juraría que presencie el cuadro surrealista de un preso transitar (podría ser Toha, tal vez  Jirón o  Bitar) erguido y con paso firme por el patio del campamento de prisioneros en ese lugar hermoso y remoto, bajo la lluvia intensa, chapoteando en el barro y temblando de frío. Pero con la  irrenunciable corbata sobre la ya no tan blanca camisa.

La triste e inesperada muerte de Pepe Toha fue un golpe demoledor para todos nosotros. Lo recuerdo muy bien poco antes de ser trasladado a Santiago. Flaquísimo y circunspecto, siempre con la actitud distante y reservada que lo caracterizaba. Como alguien que observa los acontecimientos a su alrededor desde una alta y especial envergadura física y humana. Más de una vez hablamos, no recuerdo sobre qué cosa. No sería de política, de eso estoy seguro. Los  presos políticos hablábamos poco de política, salvo para especular sin base alguna sobre cuánto duraría la dictadura y nuestro propio cautiverio.  Normalmente charlábamos sobre el futuro, casi nunca del pasado. Ignorábamos  completamente todo lo que pasaba fuera de la Isla, se tratara de Chile o del mundo. Estar en Dawson todo ese tiempo fue como estar enterrado o suspendido en medio de la nada. Sin diarios, revistas, radio o televisión nuestro acceso a la información era completamente nulo. De hecho, nos enteramos de la muerte de José  Toha por boca del un efectivo de la Armada,   una tarde en que llovía a chuzos. El hombre  escuchó la noticia en una radio portátil que alguien tenía en la cocina y corrió a contarnos el terrible suceso con genuinas lágrimas en los ojos.

Al día siguiente José Toha recibió nuestro sentido homenaje. Alguien hizo un  breve discurso y muchos lloramos calladamente.  El acto breve, atropellado y sorpresivo  en medio de la ceremonia de izamiento de la bandera no había sido autorizado. Pero nadie dijo nada y no hubo castigos ni sanciones. Cuestión de caballeros, supongo.

Los presos de Santiago se conmovían con los relatos de las penurias que los magallánicos habíamos vivido. En nuestros esporádicos diálogos ellos solían aconsejarnos, especialmente a los más jóvenes. Recuerdo a Orlando Letelier diciéndome que cuidara mi salud física y mental. Yo solía payasear un tanto y él me aconsejaba no exponerme a castigos por mi conducta un tanto desafiante ante el personal militar. Letelier creía que solo los más jóvenes teníamos alguna oportunidad de ser liberados algún día. Incluso hasta yo, a quien el Fiscal Militar, un civil de apellido Álvarez  que llevaba mi caso,  tenia amenazado con 35 años de cárcel como mínimo, por el delito de pertenencia a “grupo armado de combate”. A pesar  que yo, nada más que un joven dirigente estudiantil, no había tenido un arma de ninguna especie en mis manos en toda mi vida.

Había varios hijos que estaban presos con sus padres. Recuerdo a los Enríquez, a los Lara y los Lanfranco. Habían también hermanos como los Cárdenas. En ese recinto lúgubre cercado por alambres de púas convivían estudiantes,  obreros, campesinos, profesionales, pequeños empresarios, artistas, intelectuales, empleados públicos y políticos profesionales. Un micro mundo abigarrado de seres de distintas edades y experiencias, unidos por el sentimiento de pertenencia a un imaginario político común y aprisionado.

Había presos muy jóvenes y otros muy ancianos. Al menos cuatro de nosotros teníamos 17 años al ser detenidos, pero no fuimos los más jóvenes. Hubo un muchacho humilde,  en verdad un niño, vendedor ambulante según recuerdo, que fue tomado prisionero por haber tenido la mala ocurrencia de ir a la sede del PS el día del Golpe. Se llama o se llamaba Ernesto Peikovic Hurimilla, tenía solo 16 años recién cumplidos y paso por todos los dolores de esta experiencia feroz. Y fue valiente y noble como el que más.

Yo fui detenido, más bien secuestrado,  desde la sala de clases  en el  liceo en que cursaba cuarto año medio, mientras asistía a mi clase de biología,  en el mes de octubre de 1973. Ello ocurrió ante la mirada aterrorizada del rector que solo atino a desearme suerte. Pobre hombre, una vez lo odie por ni siquiera intentar hacer algo en mi defensa. Más tarde comprendí que no había nada que este señor, ni ningún otro,  hubiese podido hacer por mí en ese trance dramático  que alteraría para siempre el curso de mi existencia.

Tres años más tarde me gradúe por fin. Egresé de cuarto medio de un liceo vespertino en el que gran parte  de mis compañeros de curso eran militares en servicio activo. Quiso el destino que compitiera por el premio al mejor alumno de la promoción  con un aplicado sargento del Ejército, y lo derroté por dos décimas de punto. Antes se había corrido la voz en Punta Arenas  de lo que pasaría en esa ceremonia de graduación y mucha gente de izquierda no quiso perderse ese acontecimiento, abarrotando el recinto. Cuando sentí los aplausos interminables, supe que todas esas personas, muchas de las cuales me conocían a mí y a mi familia de toda la vida,  trataban de darme el efecto que no se habían atrevido a brindarme antes, por el comprensible temor a aparecer vinculado a un ex preso político. A su manera ellos me hicieron sentir y comprender, como lo comprobaría muchas veces en años venideros, que habían numerosos espacios, más allá de la política, donde era posible y necesario derrotar a la dictadura.

En Dawson nos cambiaban la guardia cada 15 días. Con ello se quería evitar lo inevitable. Que llegáramos a establecer relaciones de empatía (confraternizar era él termino que usaban) con nuestros carceleros, especialmente con los jóvenes conscriptos. Ellos llegaban al campo llenos de temores frente a estos peligrosos individuos a los que debían custodiar.  Pero a poco andar caían en la cuenta que sus prisioneros no eran más que seres humanos normales y corrientes, que bien podrían ser sus abuelos, padres o hermanos  y cuando ello ocurría se relajaban al punto de dejar sus armas cargadas en las barracas mientras descansaban.  Hasta que cambiaban la guardia y se renovaba el ciclo de desconfianza, recelo y temor mutuo.

De todos los efectivos militares que nos toco conocer o sufrir,  imposible dejar de recordar y reconocer al suboficial  mayor de la Armada de apellido Escobar. Un hombre noble, bueno y justo que casi al final de su carrera fue destinado a servir como encargado de logística en el campo de prisioneros políticos. Escobar no tuvo sino gestos de humanidad y consideración hacia nosotros. El fue y será la demostración viviente de que no era necesaria  la crueldad, la saña y el abuso. Que se podía cumplir con él deber militar sin faltar al deber de humanidad.

Bien se sabe que los seres humanos no pierden la capacidad de divertirse ni de reírse de su propia desgracia  ni en las circunstancias más duras y dramáticas, e Isla Dawson no fue la excepción. Un día del verano de 1974 a alguien se le ocurrió celebrar unos juegos olímpicos, los que fueron autorizados con igual sentido del humor por el comandante del campo de aquel entonces. Claro que la petición de incluir natación y remo entre las pruebas fue rechazada por razones obvias. Los juegos fueron inaugurados con sendos discursos y clausurados con la entrega de las medallas respectivas, las que habían sido cuidadosamente fabricadas con pedazos de latas de conserva.

Isla Dawson fue además una escuela de talentos. Muchos presos descubrieron habilidades artísticas o intelectuales  que hasta entonces ignoraban poseer. De allí salieron extraordinarios artesanos, cantantes y poetas. Los más nos graduamos de seres humanos.

Los presos muy jóvenes crecimos aprisa. Y no solo en el sentido que siempre se da a esta expresión, en alusión a que las experiencias duras suelen galvanizar a los seres humanos. También lo hicimos físicamente. Tengo patente hasta hoy la extraña sensación que me invadió al abrazar a mi padre cuando llegue de vuelta a casa después de 16 meses de ausencia. Recuerdo haber percibido a mi padre más bajo de estatura de lo que lo recordaba. Tarde en darme cuenta que era yo el que había crecido.

Isla Dawson fue un campo de concentración con una notoriedad especial. Un lugar emblemático, en buena parte porque sirvió de prisión a los más importantes dirigentes de ese experimento único e histórico que fue la Unidad Popular. No obstante, creo que para ser justos y veraces, no fue Isla Dawson el campo de prisioneros donde más se sufrió ni  donde más atrocidades se cometieron contra los presos. Sino que lo digan los que estuvieron prisioneros en el Estadio Nacional, Villa Grimaldi, Cuatro Álamos, Pisagua o Chacabuco.

Recordar. No olvidar, para que nunca más.

*Este artículo fue  originalmente publicado en Reportajes de La Tercera, el 1 de Agosto del  2003

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