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Economía y subdesarrollo investigativo y cultural: ¿algún candidato se hará cargo?

por 16 septiembre, 2013

La tensión que existe entre el conocimiento como fuente de desarrollo cultural y científico y las consecuencias económicas y sociales de las políticas al respecto, muestra la necesidad de un proyecto-país claro. Pensar que este aspecto se maneja solo con voluntades políticas, con un tímido reajuste en la dotación y a través de un departamento de un ministerio me parece un suicidio que oscurece el futuro de Chile.
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No es raro constatar, cuando se habla de desarrollo y fortaleza de la economía nacional, que todas las miradas se dirigen al cobre. Aunque nunca falte quien piense que los peligros de poner “todos los huevos en la misma canasta” son evidentes, las propuestas “alternativas” ponen generalmente el acento en explotar otros minerales como el litio o en ampliar las producciones agrícolas y pesqueras.

El razonamiento que lleva a querer explotar sólo recursos naturales, está enraizado en dos elementos: la importancia de los recursos naturales para el sustento económico actual del país (la alta demanda de cobre por China, por ejemplo) y por la creencia que es la economía quien debe guiar la vida de las sociedades modernas poniendo al ser humano como un engranaje minúsculo dentro de un sistema productivo.

En esta lógica, resulta un sacrilegio ver a la economía como una herramienta para el desarrollo social. Es por ello que se tiende a oponer economía y cultura o a ver la cultura como el resultado de una economía sólida. Aun así, lanzo como una botella al mar una idea polémica: una economía sólida es el resultado del desarrollo social y cultural, logrado con buenas decisiones políticas.

La tensión que existe entre el conocimiento como fuente de desarrollo cultural y científico y las consecuencias económicas y sociales de las políticas al respecto, muestra la necesidad de un proyecto-país claro. Pensar que este aspecto se maneja solo con voluntades políticas, con un tímido reajuste en la dotación y a través de un departamento de un ministerio me parece un suicidio que oscurece el futuro de Chile.

Es en este sentido que un proyecto serio de desarrollo social y cultural se hace necesario, donde la educación juega un papel protagónico (en términos de formación, creación e investigación). Sin embargo, rara vez se han escuchado encendidos discursos sobre el cómo potenciar el desarrollo intelectual e investigativo en Chile, con el fin de ampliar y desarrollar la ciencia, las artes y la tecnología. Curioso, porque incluso desde el sentido común se puede entender la importancia de lograr una masa crítica, potenciando la formación y la investigación en todas las áreas del conocimiento.

Un proyecto amplio implicaría, por un lado, la creación de espacios bien dotados de recursos y de personas altamente capacitadas y, por otro lado, que sus trabajos se hagan en un estrecho vínculo con la formación de los estudiantes de la educación superior, con la finalidad de poner a su disposición las últimas tendencias en investigación y de retroalimentar la enseñanza. Esto es considerado en muchos países (Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Japón, China…) como un eje estratégico para la construcción de una sociedad y, por ende, de una economía fuerte.

Sin embargo, la inversión en Chile en lo que se ha denominado como “capital humano avanzado” básicamente funciona a través del financiamiento de postgrados en el extranjero con la creación de tímidos dispositivos de retorno para los titulados. Esto, sumado a la pequeña capacidad de acogida por los centros investigativos existentes en el país, les depara a estos profesionales con gran capacidad de creación artística y científica una larga espera para la obtención de un puesto laboral, contratos precarios, medianas condiciones de trabajo  y, con ello, la fuerte tentación de no volver a instalarse en el país.

Por otro lado, aunque los profesionales de calidad no son cosa rara en Chile, los centros de desarrollo científico, tecnológico y cultural de los cuales podrían formar parte pertenecen, en la gran mayoría de los casos, a universidades que los financian con una entrega de recursos muy heterogénea (recursos públicos y/o privados). Como es sabido, las universidades chilenas tienen un fuerte carácter docente y se centran en la formación del estudiantado, relegando la investigación a un segundo o tercer plano e, incluso en buena parte de los casos, es inexistente como si fuera posible enseñar legítimamente sin investigar, desarrollar y crear.

Y aunque no es complejo entender la relación entre invertir con inteligencia en investigación y cultura, su relación con la educación superior y la posibilidad para desarrollar en nuestro país la ciencia, la tecnología y las artes con vistas a ampliar la producción de materia prima o de productos de primera necesidad, la institución que debe asegurar este vínculo se ve, por decirlo de alguna manera, sobrepasada.

El Ministerio de educación, entre los mil y un roles que debe jugar, asume de brújula en estas materias. A través de una división de educación superior que se ocupa de las políticas públicas y del funcionamiento general, de Conicyt (Comisión Nacional de Ciencia y Tecnología) que es un ente que administra dineros de capacitación e investigación y de la CNA (Comisión Nacional de Acreditación, con los escándalos que ya todos hemos conocido), el Mineduc batalla por mostrar un proyecto coherente, marcado por movilizaciones estudiantiles que han denunciado, entre otras cosas, el desapego del estado con la educación pública y por derivas que lo han llevado a incluso considerar ideas como integrar Conicyt al Ministerio de Economía (ver columna al respecto).

La tensión que existe entre el conocimiento como fuente de desarrollo cultural y científico y las consecuencias económicas y sociales de las políticas al respecto, muestra la necesidad de un proyecto-país claro. Pensar que este aspecto se maneja solo con voluntades políticas, con un tímido reajuste en la dotación y a través de un departamento de un ministerio me parece un suicidio que oscurece el futuro de Chile. Dicho de un modo exagerado, tener en mente que la vía exclusiva de desarrollo investigativo y cultural es el cultivo papas, la extracción de minerales, traer una vez por año a “Le royal de luxe” con sus gigantes y “supervisar” universidades sin criterios nacionales amplios en términos de calidad (la necesidad de desarrollar la investigación), resulta de una miopía aberrante.

Un programa serio en estas materias implica necesariamente una nueva institucionalidad, que tenga por rol exclusivo el manejo de la sinergia entre la educación superior y la investigación, su financiamiento, el aseguramiento de su calidad y sus prioridades. La experiencia en otros países muestra, por ejemplo, ministerios dedicados a ello, como es el caso de Portugal con su Ministerio de la Ciencia, Tecnología y Enseñanza Superior (Ministério da Ciência, Tecnologia e Ensino Superior) y de Francia con el Ministerio de Enseñanza Superior e Investigación (Ministère de l’Enseignement supérieur et de la Recherche).

Un ministerio exclusivo podría entregar a Chile la conducción que se necesita para lograr un desarrollo sustentable, desde un punto de vista investigativo, social, cultural y, en consecuencia, económico. Una institucionalidad de carácter ministerial no solo sería otorgarle un estatus estratégico, sino generar la obligación de rendir cuentas, asegurar una dedicación absoluta y la creación de criterios nacionales de calidad.

En estos tiempos de candidaturas y de elaboración de proyectos políticos, solo me queda esperar que algún candidato a la presidencia de Chile recoja esta botella lanzada al mar.

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