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Actor ausente

por 18 septiembre, 2013

Otra cosa es haberlo hecho de una forma que nos obligó a reconstruir una democracia con todos los cerrojos, candados y restricciones de la institucionalidad y legalidad pinochetista de la Constitución de 1980, a consecuencia de la cual aún nos mantenemos en un equilibrio social y político inestable.
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“La Historia la escriben los vencedores”. Esa famosa frase ha repicado en mis oídos en estos días, cuando las pantallas de la TV y los medios de comunicación han entregado una cantidad de imágenes y versiones, como nunca antes se había visto, en torno al Golpe de Estado, que instauró hace 40 años la horrenda Dictadura Militar encabezada por Pinochet. La frase me da vueltas porque en ellas ha habido un gran actor ausente, la Izquierda, en especial aquella que se agrupó primero, en septiembre de 1983, en el Movimiento Democrático Popular (PS.Almeyda, PC, MIR, MOC, PS-24 Congreso, PS-CR) y luego, en la Izquierda Unida (PS-Almeyda, PC, MIR, PR-Luengo, IC, MOC, MAPU, PS.24C, PS-CR, PS-Histórico), que se constituyó en junio de 1987. Sólo marginalmente han aparecido imágenes de algunos de sus dirigentes. Pero, más importante aún, el grueso de la historia contada se ha dado en relación a los líderes de la Alianza Democrática y de aquellos socialistas, como Ricardo Lagos, que se aliaron con las fuerzas de Centro y Derecha democrática desde 1983 en adelante.

Soy de los que cree que sin el aporte de esa Izquierda, agrupada especialmente en el MDP, no habría sido posible que se generara un escenario político que hizo viable, primero, que se realizara el Plebiscito de Octubre de 1988, que Pinochet intentó boicotear hasta el último minuto y, segundo, que el conjunto de las fuerzas democráticas triunfáramos en él. El temor de sectores de la Derecha que el inmovilismo del régimen pinochetista terminara por ser desbordado por una movilización ciudadana en que las fuerzas de la izquierda emedepista tenían un peso indudable, sin duda tiene que haber influido en su adhesión al escenario plebiscitario en lugar del autogolpe que acariciaba Pinochet hasta el último minuto.

Otra cosa es haberlo hecho de una forma que nos obligó a reconstruir una democracia con todos los cerrojos, candados y restricciones de la institucionalidad y legalidad pinochetista de la Constitución de 1980, a consecuencia de la cual aún nos mantenemos en un equilibrio social y político inestable.

Más concretamente aún, mi alegato es que sin el aporte específico del PS-Almeyda, la Concertación de Partidos por el NO, luego Concertación de Partidos por la Democracia, jamás habría logrado constituirse y, sobre todo, ganar, dado el estrecho margen por el que se triunfó en el Plebiscito. El papel decisivo del PS-Almeyda ha sido avalado en más de una ocasión por el ex Presidente Patricio Aylwin. Si el PS-Almeyda no hubiese aceptado en enero de 1988 la invitación de la DC encabezada por Aylwin para trabajar juntos por el NO, el resto de los partidos de izquierda agrupados en la Izquierda Unida, muy en particular el PC, jamás habrían podido dar el paso de llamar a inscribirse en los registros electorales y luego a  votar por el NO. El propio MIR, que nunca logró ponerse de acuerdo internamente para llamar a ninguna de las dos cosas (registros y plebiscito), llegó a participar activamente en la Campaña por el NO. Allí anduvimos con mi querido y recordado amigo Jecar Neghme haciendo campaña en Talca y otras localidades. Memorable es, al respecto, la conversación que tuvimos los seis dirigentes nacionales del MDP con Fidel Castro en La Habana en junio de 1987, cuando éste dejó entrever que el escenario plebiscitario no era descartable ex ante, lo que provocó luego un animado debate entre nosotros cuando regresábamos a Chile.

El Plebiscito, no obstante, no fue el escenario por el cual el PS-Almeyda y el MDP nos habíamos jugado desde siempre para poner término a la Dictadura. Nuestra posición había sido consistentemente la de luchar por derrocar a la Dictadura mediante la masiva movilización popular (que llamábamos “de perspectiva insurreccional”), usando todos los métodos de lucha que fuera posible (lo que fue fuente de grandes discrepancias con el resto de la Oposición), planteándose como objetivo la instauración de un Gobierno Provisional que llamara a una Asamblea Constituyente. Fuimos fuertemente reprimidos por ello: de nuestros 14 dirigentes nacionales, dos fueron asesinados (Pepe Carrasco y Jecar Nehgme), cuatro fuimos encarcelados por largos períodos (Manuel Almeyda, Rafael Maroto, Eduardo Loyola y yo) y otros tuvieron repetidos decretos de detención, junto con ser “inconstitucionalizados” mediante la aplicación que la Dictadura nos hizo del oprobioso Artículo 8º de la Constitución de Pinochet (ya derogado), a través del cual los obsecuentes Tribunales de Justicia, caiga la vergüenza sobre ellos, condenaron también al ex Canciller Clodomiro Almeyda.

La insuficiente fuerza de masas que logramos desarrollar, provocada en buena medida por los disensos entre las fuerzas opositoras de la Izquierda y de la Alianza Democrática, que buscaba negociar con la Dictadura una y otra vez, para ser sistemáticamente engañada, finalmente no hizo posible tal derrocamiento de la Dictadura. Y así se abrió como escenario la posibilidad de derrotarla en el Plebiscito. El giro estratégico de la posición del PS-Almeyda hacia ese escenario en enero de 1988 —que se había iniciado después del fallido “año decisivo” de 1986 y del atentado a Pinochet, que mostró que el PC practicaba por su cuenta dos estrategias y que sólo instrumentalizaba a sus aliados emedepistas)— con la formación de la Izquierda Unida en junio de 1987, terminó arrastrando, como lo planeó, al conjunto de la izquierda a asumir tal escenario como el único que podía lograr poner término a la Dictadura. Y ganamos. Si las fuerzas de la izquierda (primero MDP y, luego, Izquierda Unida) no hubiesen asumido tal posición, otra habría sido la historia del término de la Dictadura. Y otra habría sido la historia de la reconstrucción de la propia Democracia reconquistada. Obviamente, fue muy bueno haber logrado poner término a la Dictadura. Otra cosa es haberlo hecho de una forma que nos obligó a reconstruir una democracia con todos los cerrojos, candados y restricciones de la institucionalidad y legalidad pinochetista de la Constitución de 1980, a consecuencia de la cual aún nos mantenemos en un equilibrio social y político inestable.

En esta fecha amarga, bien merecido es, entonces, el reconocimiento a los héroes silenciosos de la Izquierda que cayeron luchando contra la Dictadura, hoy ausentes de la historia oficial como protagonistas fundamentales de la gesta democrática que puso fin a la oprobiosa Dictadura Militar.

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