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Crisis y refundación de la derecha

por 24 septiembre, 2013

La derecha política, en consecuencia, vive momentos complejos. En el corto plazo, debe acercarse a su piso electoral en términos presidenciales, defender sus posiciones parlamentarias y terminar lo mejor posible la gestión Piñera. Y al mismo tiempo, debe resolver su crisis interna.
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Bajo el liderazgo de Piñera y el pragmatismo del gremialismo la derecha después de 52 años vuelve a La Moneda por medio de una elección democrática. Aquí, empiezan los problemas. Desde ese momento se activa un proceso de descomposición y crisis política que se ha ido agudizando y que amenaza con terminar en pocos meses más en una contundente derrota electoral. En esta línea de análisis surge una pregunta: ¿Qué explica esta dinámica y cómo en tan poco tiempo el oficialismo paso de la ilusión al pesimismo y del triunfo a la derrota?

El escenario para la derecha es complejo desde el punto de vista político e ideológico. Político, porque está debilitada por efecto de una profunda crisis de conducción e identidad; e ideológico, porque sus ideas ancladas en el fundamentalismo del “crecimiento ilimitado” y en la “democracia protegida” no están en sintonía con el estado de la opinión pública del país.

Durante los cuatro gobiernos de la Concertación la derecha política no sólo logró legitimar sus planteamientos básicos y defender el modelo neoliberal a la chilena, sino también logró un exitoso posicionamiento electoral que generó las condiciones para llegar a La Moneda en marzo del 2010. La derecha, como oposición fue exitosa.

Pero, una vez cumplido el sueño de gobernar en democracia, las cosas empiezan a cambiar. Comienzan los problemas y entran a una fase de descomposición y crisis política. No previeron que Chile estaba cambiando.

Los problemas internos empiezan desde el primer momento cuando Piñera arma un gabinete técnico y sin experiencia política. Esta decisión —fuertemente criticada desde los partidos— se une a dos hechos que van jugar un rol fundamental en el devenir del gobierno: los conflictos de interés y la soberbia. La “luna de miel” se acaba rápidamente y antes de terminar el año los niveles de aprobación de Piñera comienzan a declinar.

Junto a esos problemas aparece uno que también será decisivo y que va contribuir a debilitar la gestión de la “nueva forma de gobernar”. Se trata, de la incapacidad que ha tenido el oficialismo para identificar y resolver conflictos. Esta es, sin duda, una de las mayores debilidades de la gestión Piñera.

Durante el 2010 fue la huelga Mapuche y desde enero del 2011 se da inicio a la movilización social-ciudadana que encuentra su punto más álgido a principios de agosto. Desde entones, el escenario político es muy distinto a lo que se conoció por veinte años. De este modo, “la calle” se convierte en un actor político relevante y decisivo. En rigor, son los ciudadanos organizados “desde abajo” los que comienzan a poner los temas de la agenda política, mediática y legislativa.

En este cuadro el gobierno no ha sabido responder ni resolver. Durante muchos meses perdió el control de la agenda y cayó en una parálisis política. La entrada, obligada por las contingencia política, de Allamand, Matthei, Chadwick y Longueira al gabinete no sólo tuvo como objetivo fortalecer la gestión política del ejecutivo, sino también llevó la disputa presidencial del oficialismo al interior del gabinete; y con ello, involucró al Presidente Piñera en una lucha que debe mirar de lejos.

La competencia al interior del oficialismo por la sucesión presidencial esconde, desde el primer momento, las tensiones que se han ido produciendo en el sector —entre RN y la UDI— no sólo por quién influye más en el gobierno y en Piñera, sino también por la conducción política e ideológica del sector. De este modo, todas estas tensiones explotan y se manifiestan en la coyuntura presidencial.

Todos estos hechos y decisiones la conducen al actual escenario de crisis y debilidad política. A su vez, esta situación se expresa en el  plano electoral y en el plano ideológico. La derrota electoral del gobierno en las municipales de octubre del 2012 y en las primarias de mayo del 2013 son ejemplos contundentes de que la crisis política se traslado al plano electoral. En menos de tres años perdió su base electoral de apoyo que construyó lenta, paciente y laboriosamente durante dos décadas.

En el plano ideológico, la crisis política se expresa en que las ideas que fundan el modelo chileno de desarrollo económico y político están fuertemente cuestionadas. Las ideas que defiende la derecha ya no seducen a los chilenos. Las ideas que fundan el modelo ya no son intocables.

De hecho, la gente comienza a manifestar su descontento y malestar. La movilización social y ciudadana se manifiesta como una crítica a un modelo de desarrollo que no reconoce derechos, que fomenta una relación perversa con la naturaleza, que genera una relación muy desigual entre el capital y el trabajo y entre el capital y los consumidores y que en lo político institucionaliza un “empate político artificial”.

El problema político para la derecha hoy, es que su crisis y su proceso de descomposición se expresa a nivel electoral e ideológico como debilidad estructural en el contexto de un nuevo ciclo político y social. Si bien, este nuevo escenario se consolidó con Piñera, es en el gobierno de Bachelet que muestra sus primeros signos. Lo que ocurre, es que con la derecha en el gobierno el “nuevo ciclo político” se hace visible y se consolida.

Aquí, está la dificultad. La derecha ha debido gobernar en una coyuntura política pantanosa y oscura que se fue lentamente transparentando y visibilizando. A medida que se iba consolidando la nueva fase política, la derecha se iba debilitando a nivel político, electoral e ideológico. De hecho, sus problemas comienzan de manera muy temprana. En efecto, el oficialismo se debilitó desde la primera decisión política que tomó y que se relaciona con la formación de su primer gabinete. Desde ese instante, comenzó a incubar la crisis política en la que están inmersos hoy.

La derecha política, en consecuencia, vive momentos complejos. En el corto plazo, debe acercarse a su piso electoral en términos presidenciales, defender sus posiciones parlamentarias y terminar lo mejor posible la gestión Piñera. Y al mismo tiempo, debe resolver su crisis interna.

A su vez, en el largo plazo debe refundarse y adaptarse a la condiciones de los nuevos tiempos. Por ello, el proceso de crisis y descomposición que padece el oficialismo no es más que la adaptación de sus ideas, de sus vínculos internos y de sus relaciones con la sociedad, a las condiciones del nuevo ciclo.

La refundación del sector —luego de 30 años— es la orden día. Todo parto es doloroso. El rol que jugó Piñera durante septiembre, sobre todo, en la coyuntura de los 40 años del golpe, son una posibilidad. Quizás, otro intento de fundar una nueva derecha. Una derecha sin subsidio político, reconciliada con su pasado y alejada del fundamentalismo económico.

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