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De “dilemas” y dilemas en Revolución Democrática

por 24 septiembre, 2013

Si RD quiere cumplir con su oferta de devolver la credibilidad a la política, en esta cuestión sí radica un dilema fundamental:¿o participa de la tradición que aspira a la consistencia entre convicción y responsabilidad –que es un norte, no un absoluto- o lo hace en la tradición de la política cínica?
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El 11 de septiembre, el abogado John Charney escribió la columna “El dilema de RD”. Una interesante reflexión sobre el novel movimiento político surgido en la eclosión ciudadana y estudiantil de los últimos tres años. Compartimos su opinión sobre RD, que a la fecha “ha dado a su acción una marcada dimensión ética, tomando una serie de decisiones que dan cuenta de su compromiso y la seriedad con que lo ha asumido”.

Dicho eso, queremos aquí marcar distancia de su juicio y conclusión sobre un supuesto dilema irreconciliable entre ética y política. A manera de antinomia, el columnista se pregunta si RD “¿pondrá por delante el desafío de la ‘ética de la convicción’, como lo ha hecho hasta ahora, arriesgando hacer de su acción un gesto testimonial, o pondrá por delante su proyecto político transformador relegando necesariamente la dimensión ética que tan bien ha sabido defender? Una solución excluye la otra y ambas suponen caminos radicalmente distintos”.

En nuestra mirada, tal conclusión se basa en supuestos erróneos y carece de perspectiva histórica. Charney observa dos “dilemas” que no son tales, por eso los entrecomillamos. Aunque en ellos sí subyacen otros dilemas más profundos, sin comillas. Veamos.

El “dilema” del ¿qué hacer?

Según el abogado: el fracaso del socialismo real, cuyo clímax fue la caída del muro de Berlín, conlleva que “la vieja pregunta de Lenin sobre ‘qué hacer’ perdió en la izquierda su significado original”. Entonces, uno de los “dilemas” de RD sería “cómo su proyecto puede desenvolverse en un sistema político y económico que se contradice marcadamente con sus principios básicos”.

Esta última frase es confusa e históricamente sin sentido. La izquierda moderna por antonomasia, primero la liberal y luego la socialista, promovió una política a contracorriente del sistema político y económico en uso. Los actores de la rebeldía, como principio básico, consideraban injustos tales sistemas. Dicho en trazo grueso: a la izquierda liberal no satisfacían los límites a la autonomía del individuo en el sistema conservador y, más tarde, los socialistas no gustaban de las injusticias del sistema liberal de mercado. Luego, una izquierda enfocada en cambiar el statu quo siempre considerará pertinente responder la pregunta original. Charney olvida o desconoce que Daniel Cohn Bendit, eurodiputado socio-ecologista, el 2010 escribió un enjundioso y persuasivo manifiesto político sobre los actuales desafíos para una revolución democrática, cuyo título es precisamente ¿qué hacer?

Algo bien distinto es que post muro, cautiva de una profunda desorientación, la izquierda ha caído en distintas reacciones: desde un rol administrador de la modernidad realmente existente hasta el ensimismamiento del ayer sujeto social. Es que la izquierda moderna pos 1989 se quedó sin brújula histórica.

Solo un par de ejemplos. En lo socio-económico, matices más o menos, socialistas y comunistas ayer querían socializar los medios de producción, planificar la gestión desde el Estado y crecer y crecer, maximizando la producción y el consumo, ajenos al entorno ambiental en tanto los ecosistemas eran simples externalidades. Hay ríos de tinta sobre el fracaso y las malas herencias del socialismo real en asuntos ecológicos y socio-económicos. Así como, digámoslo, también los hay sobre la irracionalidad del capitalismo, cuyo malestar nos sacude con una potencial desintegración social y en el borde de una crisis ecológica de magnitud insospechada.

Si RD quiere cumplir con su oferta de devolver la credibilidad a la política, en esta cuestión sí radica un dilema fundamental: ¿O participa de la tradición que aspira a la consistencia entre convicción y responsabilidad —que es un norte, no un absoluto— o lo hace en la tradición de la política cínica?

En lo político-emocional, el patrón común de los ismos políticos radicales de los siglos XIX y XX era una lógica excluyente. Los discursos eran en el tono: somos los poseedores de “la verdad”; queremos ordenar la realidad a imagen y semejanza de nuestra “racionalidad”; avanzamos hacia el absoluto “venceremos”. Eso animaba a las banderas rojas y negras, pasando por variopintas combinaciones. En las guerras calientes, que las hubo y muchas, y en la Guerra Fría, que nos ocupó en el siglo XX, esa política y emoción fue la tónica. En el mundo, los horrores causados por dictaduras de izquierda y derecha, son conocidos. En nuestro amado Chile, la experiencia de hace cuarenta años es tan cercana, que aún moramos en su dolorosa herida.

Más aún, post 1989, el mundo se quedó sin brújula. A un lado, la izquierda moderna desorientada y desesperanzada. Al otro, la derecha, más soberbia que nunca, pero sin sueños, salvo abusar de la lógica excluyente y de la irracional destrucción socio-ambiental. Todo al son del productivismo y el consumismo, hasta que la biosfera y los ecosistemas resistan.

Al parecer, en ese “dilema” entre izquierdas y derechas añosas, es el escenario en el cual Charney imagina a RD. Pero tal disyuntiva, si acaso no se actualiza reflexivamente, resulta un anacronismo en el contexto de un cambio de época y la emergencia de nuevas sensibilidades en los movimientos sociales.

En ese marco, un desafío de RD es ir más allá de esa antigua lógica. El verdadero dilema es empezar o no a construir una alternativa democrática transformadora acorde a los nuevos emergentes culturales. ¿Orientarse sin brújula histórica o bien mirar hacia una nueva política y propuestas que re-elaboren la mejor herencia moderna —de izquierda y derecha— y, a la vez, se nutra de las ideas-fuerzas y valores críticos que han venido promoviendo una diversidad de sujetos sociales en las últimas décadas? Estos últimos hoy portan las matrices para un revolucionar democrático al sistema existente, por considerarlo injusto e insustentable.

El desafío programático de RD es doble. Por un lado, actualizar y comprometerse en una acción política coherente con las antiguas ideas y valores de libertad, igualdad y fraternidad, en suma, la democracia ciudadana. Por otro, profundizar en emergentes culturales que deberán orientar cualquier nueva manera de organizarnos económica, social y políticamente. Entre otros, el principio de la sustentabilidad ecológica en una amplia variedad de dominios de la existencia con el fin de responder al principal desafío de época: la continuidad intergeneracional. La redefinición del vivir económico como un operar en las condiciones y límites que impone la biosfera. El coeducarnos en la empatía a la legitimidad del otro, con el único límite de la reciprocidad. El respeto a la diversidad cultural, aunque no necesariamente a cualquier práctica. El respeto a la diversidad sexual y de género. Y una lógica ideológica no excluyente, sino centrada en el diálogo social para procesar los inevitables conflictos.

El equívoco “dilema” entre ética y política

A renglón seguido, y a tono con sus códigos antiguos, Charney afirma que el “dilema” entre ética y política es prácticamente inexorable: “¿Cómo se concilia lo que Weber llamó la ‘ética de la convicción’ con una actividad en la que muchas veces es necesario abandonar convicciones y transar principios?”

¿Acaso es un “dilema” o sólo un equívoco que confunde a los administradores del poder, sin convicciones, con la política como la acción participativa y democrática de ocuparse de la res pública? Esta última, la cosa pública, siempre exige diálogo y negociaciones entre legitimas miradas y voluntades que se confrontan desde distintos intereses y memorias. De igual manera, siempre supone la cuestión del financiamiento de la política profesional, incluido el público. Pero en ningún caso, una y otra exigencia necesariamente conlleva renuncias éticas.

Aquí Max Weber, a quién cita el columnista, necesita de matices. En 1919, en una conferencia, el sociólogo alemán enunció así tal distinción: “Toda actividad —guiada por la ética— puede orientarse según la ética de la responsabilidad o según la ética de la convicción. Esto no quiere decir que la ética de convicción es idéntica a la ausencia de responsabilidad y la ética de responsabilidad a la ausencia de convicción. No se trata, por supuesto, de eso”. Como se lee, el enunciado original asumía la complejidad del asunto de marras e invitaba, en el hacer, a preguntarse sobre el equilibrio entre ambas éticas.

Chile no ha sido ajeno a tal debate. Vale recuperar una cita de Gonzalo Martner del año 2009 polemizando con quienes en la Concertación escudaban su ausencia de voluntad democrática transformadora en una supuesta ética de la responsabilidad. El dirigente socialista escribía: “La ética de la convicción, que defendemos, no excluye la cautela que deben mantener los promotores del cambio social frente a los peligros de involución en la consecución de sus objetivos por conductas maximalistas irreflexivas. Pero la cautela y la flexibilidad en la defensa de una convicción son una cosa, otra muy distinta es no conducirse con arreglo a convicciones en nombre de la responsabilidad. La ética de responsabilidad opuesta a la de la convicción se parece mucho a la resignación de los que honesta o interesadamente consideran que poco puede hacerse para alterar “el curso natural de las cosas” o “la jerarquización natural de la sociedad”. Martner, en el mismo escrito, otorga a Weber tal resignación e interés conservador.

Concebir a la política como una actividad en la que es inexorable abandonar convicciones y transar principios, es una corta mirada. Nos quedamos con la intuición originaria de Weber respecto a que siendo un eventual dilema, es también posible lograr un equilibrio entre convicciones y responsabilidades. Dicho con Martner se trata de actuar con responsabilidad sobre la base de las convicciones. No es fácil, pero sabemos que históricamente todo proceso democrático revolucionario ha sido siempre conducido por aquellos que actúan orientados por ambas éticas. Por la convicción, que es la visión, el sueño, el principio y el fin. Por la responsabilidad, que es el camino pragmático y reflexivo guiado por las convicciones. No se trata de poner una por delante de la otra.

En teoría política, esta materia se relaciona con otros asuntos. Por ejemplo, con la relación entre táctica y estrategia. O con la tensión entre medios y fines. En cualquier caso, han primado dos tradiciones. Una, la de aquellos que saben de la implicación entre meta y camino y, en consecuencia, buscan la consistencia entre ambos dominios. Entienden que no es posible separar el fin del medio ni la táctica de la estrategia ni la convicción de la responsabilidad. Que si uso tal medio, en alguna medida impregnará al fin. Que si X es mi táctica, X marcará a la estrategia. Que si abandono la convicción, caigo en la acción irreflexiva, desnuda y escéptica (cínica, calza mejor), no responsable, en suma. Una segunda tradición ha sido la de aquellos que no observan la implicación entre ambos dominios y, en consecuencia, consideran que el fin justifica los medios o que cualquier táctica es valida para lograr la estrategia. En esta es fácil ya sea caer en el maximalismo y cinismo del fin, en el reino irreflexivo y amoral de la pura convicción, o bien, en su otra cara, en el pragmatismo chato de las “condiciones” que obligarían a  una “responsabilidad cínica” y al abandono de las convicciones.

Si RD quiere cumplir con su oferta de devolver la credibilidad a la política, en esta cuestión sí radica un dilema fundamental: ¿O participa de la tradición que aspira a la consistencia entre convicción y responsabilidad —que es un norte, no un absoluto— o lo hace en la tradición de la política cínica?

Tras el objetivo de un equilibrio implicado entre ética de la convicción y ética de la responsabilidad, hoy resultan claves el cómo hacer y la transparencia. Bien lo resumía una joven amiga: “A la hora de entregar mi confianza a un político, más que lo que dice, me importa el cómo ha hecho y hace política. Si es coherente con sus convicciones, si es responsable en sus acciones, si es transparente en su gestión”.

Para lograr una política consistente hay simples procedimientos. Detengámonos sólo en los dos actos que, según Charney, siempre conllevan transar convicciones: las negociaciones y el financiamiento. Ni uno y otro son inexorable. Si hago públicas mis fuentes de financiamiento y apunto a legislar en pos de fuentes reguladas, eso no es sinónimo de transar convicciones. Si en una negociación legítimamente debo llegar a acuerdos que no expresan al cien por cien mis convicciones, pero me acercan hacia ellas, y si explico con transparencia mis razones, así como los límites que en la negociación me impuso la contraparte, tampoco eso es sinónimo de transar convicciones. Y ambos gestos, son necesarios y posibles.

Nos consta que RD se organiza territorial y participativamente en Chile y el extranjero. El punto es que si aspira a entusiasmar a la ciudadanía con propuestas transformadoras, cosa de así enfocar su continuidad con vocación de gobierno, un desafío clave es debatir las preguntas y reflexiones en torno a estos profundos e históricos dilemas.

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