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Mi pequeño socialista

por 26 septiembre, 2013

El colapso del Estado de bienestar (que es un concepto socialista), demuestra que las políticas públicas fracasan cuando pierden de vista la experiencia doméstica. Y la experiencia doméstica indica que la cultura del regalo no reporta buenos dividendos, para qué decir en aquellos países donde la cultura del trabajo es, como en Chile, deficiente.
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“Mamá, te cambio un billete de mil por una moneda de quinientos”, me dijo hace un par de días mi hijo Manuel. “Eso no te conviene” —le respondí— suponiendo que no sabía lo que pedía y asumiendo, con la misma ingenuidad, que su capital no podía corresponder a una cifra que existiera en formato de billete. “Me conviene —insistió— porque yo me quedo con los mil”.

Intentando educar a mi comerciante, traté de explicarle que lo que pedía era, en realidad, un regalo. A lo que respondió con absoluto desparpajo: “No es un regalo ¡Es un cambio!”. En ese mismo momento, comprendí que tenía en casa a un pequeño socialista; sí, a un socialista de 6 años y con ojos grandes.

Porque la propuesta de un cambio desigual es, de parte del favorecido por ese intercambio, un abuso; y la aceptación del que hace las veces de benefactor, un acto de mera liberalidad. Y si pedir regalos es de por sí un acto de mal gusto, exigirlos a título de derecho es completamente inaceptable. Eso, que Manuel todavía puede llegar a entender con los años, los socialistas no lo entendieron nunca…

El colapso del Estado de bienestar (que es un concepto socialista), demuestra que las políticas públicas fracasan cuando pierden de vista la experiencia doméstica. Y la experiencia doméstica indica que la cultura del regalo no reporta buenos dividendos, para qué decir en aquellos países donde la cultura del trabajo es, como en Chile, deficiente.

Porque lo que hace el socialista es situarse frente al Estado de la misma forma que Manuel ante mí: pidiéndo que le dé más de lo que él mismo es capaz de producir. Y aunque de vez en cuando algún abuelo pueda prestarse para trueques semejantes a los que propone mi hijo, no hay quien pueda hacer de esa forma incipiente de comercio, una institución; ni país que lo resista por más de dos generaciones.

El colapso del Estado de bienestar (que es un concepto socialista), demuestra que las políticas públicas fracasan cuando pierden de vista la experiencia doméstica. Y la experiencia doméstica indica que la cultura del regalo no reporta buenos dividendos, para qué decir en aquellos países donde la cultura del trabajo es, como en Chile, deficiente.

La suposición de que el Estado puede ofrecer a los ciudadanos más de lo que ellos mismos son capaces de obtener surge, por tanto, de una ingenuidad: la de pensar que la riqueza (sea ella familiar o nacional) no guarda relación alguna con la conducta de quienes son sus dueños o sus beneficiarios. La experiencia demuestra, en cambio, que las fortunas familiares no sobreviven demasiado tiempo a quienes las generaron y que las riquezas naturales no alcanzan para garantizar el bienestar de un país.

La idea de crecimiento, que el socialismo menosprecia en desmedro de la proliferación de políticas sociales, sólo recuerda lo que traté de explicar a mi hijo hace unos días: que la plata no crece de los árboles y que las políticas redistributivas no funcionan en el largo plazo.

Manuel todavía tiene tiempo para entender, pero a los socialistas, se les acaba.

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