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La letra chica presidencial en la ONU

por 30 septiembre, 2013

Todo lo anterior significa que incluso antes de que el Presidente Piñera viajara a la ONU y, por cierto, antes de que se verifique la votación propiamente tal, la realidad es que Chile ya esta electo como miembro del Consejo. Lo que implica que pretender que el mandatario está haciendo campaña para obtener el puesto, como se nos quiso presentar, por ejemplo, a propósito de su encuentro con Nkosana Dlamini Zuma, representante de la Unión Africana, constituye una figura engañosa, innecesaria, manipuladora y cercana a la impostura. Propia de alguien que con las malas artes de la consabida letra chica, se apronta a presentar como un logro propio y personal, lo que en realidad es una conquista del país. Asociada por demás a un principio de rotación dentro de cada región y que convoca solo a los países interesados, que nunca son todos los que lo componen.
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Como parte de la delegación de Chile, me tocó participar una decena de veces en la Asamblea General de la ONU en Nueva York, así como en otros tantos eventos de sus organismos y agencias especializadas. En cada una de esas oportunidades, y de modo muy especial en el Plenario de la Asamblea General, el mismo que sesiona ahora en su 68 versión, pude comprobar de qué modo tan flagrante aquel evento, una y otra vez, transcurría como la expresión más fiel que se puede concebir de aquello que suele caracterizarse como un diálogo retórico entre sordos.

Por regla general, y salvo muy pocas excepciones, mientras los mandatarios o cancilleres hacen sus alocuciones de rigor, casi siempre calcadas las unas de las otras, las cámaras, de modo deliberado suelen estar enfocadas en los oradores. Si así no fuese, los televidentes podríamos ser testigos del cuadro desolador de un salón prácticamente vacío, semejante al triste panorama de un partido de fútbol sin público. Una sala escasamente poblada por algunos pocos delegados que por algún interés especial o por alguna clase de obligación o mandato expreso han optado por quedarse a escuchar y tomar notas. Los más y no concernidos, a duras penas logrando ocultar su fastidio, aburrimiento e indiferencia frente al hablante, por lo que se les podrá ver entretenidos en sus teléfonos y otros artilugios, hablando con sus vecinos de asiento sobre cualquier cosa y esperando la ocasión propicia para largarse a la cafetería o a cualquier otro menester.

Salvo, por supuesto, cuando corresponda discursear a los líderes que importan, que es precisamente cuando las cámaras suelen hacer paneos mas amplios sobre los delegados que abarrotan la sala, dándonos la falsa impresión de estar presenciando un auténtico diálogo entre iguales, un intercambio democrático y respetuoso de dimensiones globales.

Todo lo anterior significa que incluso antes de que el Presidente Piñera viajara a la ONU, y por cierto, antes de que se verifique la votación propiamente tal, la realidad es que Chile ya esta electo como miembro del Consejo. Lo que implica que pretender que el mandatario está haciendo campaña para obtener el puesto, como se nos quiso presentar, por ejemplo, a propósito de su encuentro con Nkosana Dlamini Zuma, representante de la Unión Africana, constituye una figura engañosa, innecesaria, manipuladora y cercana a la impostura. Propia de alguien que con las malas artes de la consabida letra chica, se apronta a presentar como un logro propio y personal, lo que en realidad es una conquista del país. Asociada por demás a un principio de rotación dentro de cada región y que convoca sólo a los países interesados, que nunca son todos los que lo componen.

De acuerdo con la Carta de la ONU la Asamblea General es el órgano representativo y democrático por excelencia de la entidad mundial. A esa instancia concurren los 192 países miembros en igualdad de trato y condiciones, aunque suele ocurrir a menudo que muchas delegaciones no llegan a participar, porque no tienen los medios para trasladar a sus Jefes de Estado y miembros. Allí pueden participar, hablar y votar los grandes y los pequeños, los ricos y los menesterosos, las potencias con capacidad nuclear y los indefensos, los dominantes y los dominados, los países centrales del orden internacional y los marginales y desamparados. De modo que cuando la Asamblea adopta sus resoluciones, cada voto emitido vale exactamente lo mismo que cualquier otro. Se trate de EE.UU, Rusia, Alemania, El Salvador, Samoa o Nicaragua. Pero ya se sabe, en ningún lugar como la ONU, sea en la Asamblea General o sus agencias, y de modo emblemático en su órgano ejecutivo, el Consejo de Seguridad, nunca fue tan cierto aquello de que “todos son iguales, aunque algunos son más iguales que los otros”.

La Asamblea General, con todo lo representativa que resulta ser, y por obra y gracia de quienes concibieron la Carta de la ONU, no posee sin embargo ninguna clase de facultades ejecutivas, por lo cual sus resoluciones, aunque sean adoptadas por mayorías abrumadoras, no son vinculantes o de cumplimiento obligatorio, por lo que de forma desafortunada tienen un carácter simbólico, lo que las convierte virtualmente en letra muerta al momento mismo de ser adoptadas. Tal y como ocurre año tras año, por ejemplo, con las resoluciones que la Asamblea adopta a favor del levantamiento del bloqueo contra Cuba, en relación al derecho a la autodeterminación de Palestina, y respecto a un numeroso grupo se asuntos sensibles de alcance particular, regional o global.

De modo que los mandatarios que concurren a la Asamblea General y hacen parte del muy mayoritario grupo de los “menos iguales”, a sabiendas de estas cosas y sin hacerse ninguna clase de ilusiones sobre el impacto de sus alocuciones en el curso de los acontecimientos mundiales, y mientras hablan prácticamente a sus propias delegaciones y algunas otras que se quedan, por si acaso, suelen optar razonablemente por utilizar la tribuna de la ONU y la cobertura mediática que ofrece para hablar a sus propios conciudadanos.

Los mandatarios hablan entonces para exhibir los logros reales o imaginarios de sus respectivas administraciones, hacerse autobombo o argumentar para la galería, urbi et orbi, sobre sus posiciones respecto controversias vecinales o de otra especie. Por supuesto, es también de rigor, aunque a nadie le importe demasiado, decir algunas palabras en tono de reclamo sobre un orden internacional más justo y equitativo, un comercio global más libre de restricciones arbitrarias y algunas cuestiones conexas. Tampoco han de faltar las admoniciones sobre la paz mundial, la necesaria preeminencia del derecho internacional en la solución de las controversias, la reivindicación de los derechos humanos, la preservación del medio ambiente y un largo etc. Cuestiones sobre las cuales todos parecen estar de acuerdo en no hacer prácticamente nada en concreto. Nada, aparte de discursear de forma entusiasta una vez cada año.

Tampoco quienes ocupen la alta tribuna de la ONU dejarán pasar la oportunidad para demandar en tono enérgico e imperativo un proceso rápido y profundo de reforma y modernización de la propia ONU y sus agencias, anclada como se sabe en la realidad mundial del año 1945 por culpa de las grandes potencias que se niegan a ceder poder y privilegios exclusivos. Tal como queda reflejado en el Consejo de Seguridad de la ONU, instancia donde reside el verdadero poder ejecutivo del organismo mundial y cuyas resoluciones, a diferencia de la Asamblea, sí poseen carácter vinculante y son, por lo mismo, de cumplimiento obligatorio. Salvo que el afectado decida exponerse a las penas del infierno, en la forma de sanciones o acciones militares punitivas nada de simbólicas.

El Consejo de Seguridad de la ONU está compuesto por 15 miembros, 5 permanentes y 10 no permanentes, y tiene como mandato cautelar la seguridad y la paz internacional. Del total de sus integrantes, los 5 miembros permanentes poseen el privilegio del derecho de veto sobre las resoluciones, lo que implica que si algunos de aquellos países privilegiados no están de acuerdo sobre algún asunto, aunque aquel tenga a la humanidad completa en vilo (China, EE.UU, Reino Unido, Francia y Rusia) y ante su imposición, el Consejo queda inhibido de pronunciarse y de actuaren cualquier sentido, las mas de las veces sobre asuntos urgentes y cruciales. Tal y como está ocurriendo precisamente ahora sobre Siria, conflicto en que Rusia y China por un lado y Francia, EE.UU y Reino Unido por el otro, no han podido alcanzar un consenso sobre cómo proceder y muy por sobre todo, sobre cómo arbitrar y cautelar sus propios intereses estratégicos involucrados en la refriega, los que por cierto,  poco o nada tienen que ver con el incierto destino de los ciudadanos sirios que están siendo masacrados en una guerra civil inclemente.

Los restantes 10 miembros no permanentes se rotan cada dos años, y son elegidos de acuerdo a un balance regional o geográfico, en el cual África aporta 3 integrantes, Asia, América Latina y Europa Occidental 2 y Europa Oriental 1 miembro. Cada año corresponde que se renueven 5 de los 10 integrantes no permanentes, los cuales tienen un mandato de dos años.

Como se sabe Chile está postulando a integrar el Consejo a partir de enero del 2014 y será aquella la quinta vez que lo integre. Las anteriores oportunidades fueron los periodos 1952-1953, 1961-1962, 1996-1997 y 2003-2004.

La elección propiamente tal tendrá lugar en la Asamblea General  el día 17 de octubre, Aunque es preciso aclarar que Chile no confronta ninguna clase de peligro de que su candidatura no se imponga, pues de acuerdo a los procedimientos y prácticas habituales, se estima que una vez que una candidatura ha recibido el endoso del grupo regional que representa, se considera que, en la práctica, el país postulante está ya electo. Y aquello ya ocurrió, pues el GRULAC ya endosó su apoyo y sus 33 votos a Chile, por lo cual lo que sigue en un mero trámite burocrático, de ningún modo una competencia propiamente tal como se nos trata de insinuar.

No existe precedente de que algo distinto haya ocurrido antes. Más todavía considerando que Chile es el único candidato regional, y no teniendo que confrontar adversario alguno, corriendo solo es imposible que los restantes grupos regionales dejen de brindarle su apoyo. Del mismo modo que el GRULAC procederá con las candidaturas de los otros grupos regionales, de modo que alcanzar los 2/3 de los 192 votos disponibles no requiere de gran esfuerzo.

Todo lo anterior significa que incluso antes de que el Presidente Piñera viajara a la ONU y, por cierto, antes de que se verifique la votación propiamente tal, la realidad es que Chile ya está electo como miembro del Consejo. Lo que implica que pretender que el mandatario está haciendo campaña para obtener el puesto, como se nos quiso presentar, por ejemplo, a propósito de su encuentro con Nkosana Dlamini Zuma, representante de la Unión Africana, constituye una figura engañosa, innecesaria, manipuladora y cercana a la impostura. Propia de alguien que con las malas artes de la consabida letra chica, se apronta a presentar como un logro propio y personal, lo que en realidad es una conquista del país. Asociada  por demás a un principio de rotación dentro de cada región y que convoca sólo a los países interesados, que nunca son todos los que lo componen.

No en vano, de los 192 miembros de la ONU hay 70 países que nunca han sido miembros del Consejo, entre otras razones porque nunca se han interesado en levantar sus candidaturas, sea porque prefieren evitar las complicaciones que aquello suele acarrear o porque no están en capacidad de solventar el esfuerzo institucional que como país impone tal desafío. Tal y como ocurrió, por ejemplo, con México, país que tuvo alguna vez y por largo tiempo como política nacional abstenerse de postular, esencialmente para evitar ponerse en la eventualidad de tener que confrontar con su poderosos vecinos, los EE.UU.

Chile ingresará al Consejo de Seguridad el 1 de enero del 2014. Para entonces ya se habrán celebrado las elecciones presidenciales y el gobierno de Sebastián Piñera se encontrará haciendo las maletas para emprender un largo viaje de muy improbable retorno.

Habrá que esperar que entre enero y marzo, la administración saliente no se vea tentada a cometer el despropósito de adoptar políticas o tomar acciones que puedan comprometer a la administración que habrá de sucederle. No al menos sin consultarle, pero ya está visto que no cabe hacerse demasiadas ilusiones.

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